SÁBADO – SEMANA XVI DEL TIEMPO ORDINARIO

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(Jer 7, 1-11 / Sal 83 / Mt 13, 24-30)

En la parábola que hemos escuchado en el Evangelio se nos vuelve a hablar de la misericordia de Dios, su amor desinteresado y la confianza que tiene hacia nosotros… pero también, escuchamos una frase en la que será bueno detenernos: “Señor, ¿qué no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, salió esta cizaña?”

O dicho de otra manera, si Dios nos da lo que necesitamos ¿por qué los frutos de su Palabra no son conforme eso que recibimos? El conflicto no está en lo que se nos da, sino en cómo se recibe. Ya el apóstol Santiago decía en la aclamación: “Acepten dócilmente la palabra que ha sido sembrada en ustedes y es capaz de salvarlos.” Evitemos caer en la tentación de echarle la culpa a Dios por la cizaña que puede surgir en nuestras vidas.

El profeta Jeremías acusa al pueblo de usar la ley o el culto solamente como “algo más”, algo de mero cumplimiento, en lugar de ser contemplado como el punto de encuentro con Dios y la comunidad; debemos ser cuidadosos de no caer en el error de creer que a Dios se le cumple y ya. No basta con “cumplirle” sólo un día de culto sino que debemos hacerle parte de toda nuestra vida y así darle sentido al culto.

Hay que pedirle a nuestro Padre Celestial que acreciente nuestro amor y confianza en Él, que nunca olvidemos que su misericordia es más fuerte que nuestras limitaciones y que no podemos hablar de amor a Dios, lejos del amor a nosotros mismo y al prójimo (cf. Mt 22, 36-40). Espíritu Santo ayúdanos a poder manifestar lo inmensamente amados que somos, amando a los demás, que nuestra fe no se convierta en algo egoísta.

(P. JLSS)

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