¿Qué tanto confiamos en la palabra de Dios y que tanto permitimos que ésta nos transforme? Esto me surge después de escuchar las palabras del salmo: “En el Señor está nuestra esperanza, pues él es nuestra ayuda y nuestro amparo. Muéstrate bondadoso con nosotros, puesto que en ti, Señor, hemos confiado.”
En la primera lectura escuchamos cuando Dios le dice a Abram: “Deja tu país, a tu parentela y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré. Haré nacer de ti un gran pueblo y te bendeciré…” y él aún siendo un adulto mayor igual que su esposa, confía más en las palabras de Dios que en otras cosas, deja todo atrás y avanza hacia donde Dios le enviaba.
Cada uno de nosotros, por lo general, tiene muy claro lo que Dios le pide cambiar y qué es aquello que más limita su perseverar, debemos reconocer que es aquello y confiar en Dios. Jesús en el Evangelio nos invita a no fijarnos en las limitaciones ajenas si no estamos poniendo nada de nuestra parte por cambiar nosotros.
“La palabra de Dios es viva y eficaz, y descubre los pensamientos e intenciones del corazón.” Dejemos que nos transforme, no caigamos en el error de la mayoría que se pone a ver aquello en lo que el otro se equivoca para justificarse «por no estar tan mal», nuestra preocupación debe estar en amar “porque así como juzguen los juzgarán y con la medida que midan los medirán.”
(P. JLSS)
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