JUEVES – SEMANA XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO

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(Rm 6, 19-23 / Sal 1 / Lc 12, 49-53)

Cuando san Pablo declara: “Todo lo considero una pérdida y lo tengo por basura, para ganar a Cristo y vivir unido a él…” nos deja en claro la fuerza de su esperanza y el inmenso amor que se permitió experimentar por parte del Señor ¿es Dios nuestra mayor riqueza? ¿Qué tanto valor damos al amor de Dios en nuestro interior?

Que Dios sea nuestra riqueza implica aceptar con toda certeza las palabras del salmo y no permitir que nada nos distraiga o haga dudar, “Dichoso el hombre que confía en el Señor… Es como un árbol plantado junto al río, que da fruto a su tiempo y nunca se marchita. En todo tendrá éxito.” Quien cuenta con el Espíritu Santo no puede dejarse secar por nada.

Dejemos que el fuego que Cristo vino a traer a la tierra nos haga arder, es decir, que nos renueve, que nos haga experimentar el inmenso amor de Dios por nosotros y como vale la pena soltar todo para alcanzarle (cf. Mt 19, 16-30), que fortalezca nuestra esperanza para anhelar gozar eternamente de su compañía.

Espíritu Santo haz que valoremos tu presencia en nuestro interior de tal manera que nos entreguemos al servicio de Dios, no como mera obligación sino por correspondencia a tanto amor recibido. Recordando cuál es la balanza pecado y Jesucristo, “el pecado nos paga con la muerte; en cambio, Dios nos da gratuitamente la vida eterna, por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro.” ¿Cuál eliges?

(P. JLSS)

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