Después de la Epifanía
(1Jn 4, 19-5, 4 / Sal 71 / Mc 4, 14-22)
Jesús no se inmuta para presentarse en Nazaret como Aquel en quien se cumplen las palabras del Profeta Isaías: “ El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.” Él tenía bien claro cuál era su misión.
Es por esa seguridad por la que los demás le daban su aprobación y admiraban la sabiduría que salían de sus labios, reconocían en Él esa autoridad, la sabiduría que salían de sus labios, ese temple que proviene únicamente de la confianza en Dios y, en nadie más….” Es bien diferente la vida de quien se sabe amado de aquel que ignora esto.
La caridad va a provenir del amor que recibimos, no esto una doctrina o una mera práctica externa. “Amamos a Dios, porque Él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios» y aborrece a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.” Quien se sabe amado evita la guerra.
Se trata de no ser obstáculos para el amor de Dios al otro. No se trata de aferrarse a amar a quienes nos dañan, se trata de no odiar, ni responder al mal con mal. Quienes somos de Dios nos alejamos de lo que está lejos o pudiera alejarnos de él. Que Dios nos conceda la sabiduría para reconocer cuándo y de qué hay que alejarnos. Aferrados solo a Jesús.
(P. JLSS)
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