(Hb 3, 7-14 / Sal 94 / Mc 1, 40-45)
¿Permites al Señor involucrarse en tu vida? ¿Qué tanto? De eso dependerá tu paz y tranquilidad. Quien conoce al Señor, es consciente de su misericordia y su poder, de su firme deseo de salvarnos, lo ha dejado patente en el misterio redentor.
No nos vaya a pasar como al pueblo de Israel, al que se le reclama en el Salmo y lo recuerda el autor de la carta a los Hebreos: “Hagámosle caso al Señor, que nos dice: «No endurezcan su corazón, como el día de la rebelión en el desierto, cuando sus padres dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.»”
Nosotros sabemos de lo que es capaz el Señor, acerquémonos a él con plena confianza y presentémosle todo aquello que nos está limitando para que nos libere de ello, no confiemos tanto en lo negativo y démosle el poder a quien realmente lo tiene que es Jesús.
Reconozcamos la necesidad que tenemos de su acción en nuestras vidas, dejémosle que “toque” todo aquello negativo y experimentemos su poder, él quiere nuestro bien y nos ama ¿por qué limitar su acción en nuestras vidas? Dejemos que nos transforme por la fuerza de su amor y de su gracia como este leproso que se acercó y pidió el milagro confiado. “Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: «¡Sí quiero: sana!» Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.”
(P. JLSS)
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