(Ap 20, 1-4. 11 – 21, 2 / Sal 83 / Lc 21, 29-33)
¿Hay algo en estos momentos de tu vida que esté limitando tu seguimiento del Señor? ¿Lo tienes claro? Cada uno de nosotros, tras el encuentro con Jesucristo deberíamos vivir con la actitud que escuchamos en el salmo: “Anhelando los atrios del Señor se consume mi alma. Todo mi ser de gozo se estremece y el Dios vivo es la causa.”
El estremecimiento ante Dios debe ser por reconocimiento de su grandeza frente a nuestra pequeñez y el inmenso amor que nos tiene, eso es misericordia. Nosotros conocemos el amor que Dios nos tiene y hemos creído en el amor quien se sabe amado no teme, vive confiado (cf. 1Jn 4, 16-18)).
Este fragmento del Apocalipsis nos habla del triunfo del Señor frente al “dragón”, del triunfo de la Iglesia sobre todos los males, esta Jerusalén celestial donde todo es nuevo, la tierra, el cielo, todo… porque todo se someterá al amor de Dios. Todo lo que se esfuerce por someterse a él aquí también.
Por eso la invitación del Señor es a revisarnos a nosotros mismos no a los demás, a ser como aquellos que saben que se acerca el verano porque miran a la higuera. Fijemos nuestra mirada en Dios y seamos dóciles a su amor. Él hará todo lo que nos hace falta y nos devolverá la libertad y serenidad cuando nos haga falta. Que en él esté nuestra confianza.
(P. JLSS)
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