MIÉRCOLES – SEMANA XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO

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(Ef 3, 2-12 / Is 12 / Lc 12, 38-48)

En Jesucristo hemos reconocido el cumplimiento de las palabras que hemos escuchado: “El Señor es mi Dios y salvador, con él estoy seguro y nada temo, el Señor es mi protección y mi fuerza y ha sido mi salvación…” ¿existe algo que te esté dificultando reconocer ese inmenso Dios?

Quizás lo que te hace falta es dejar que el Señor siga actuando en nosotros sin poner resistencia, basta ver este abandono en san Pablo para comprender este misterio: “Y yo he sido constituido servidor de este Evangelio por un don gratuito de Dios, que me ha sido concedido con toda la eficacia de su poder. A mí, el más insignificante de todos los fieles, se me ha dado la gracia de anunciar a los paganos la incalculable riqueza que hay en Cristo.” Tiene claro que Dios es el que ha querido concederle el Don.

No importa lo que tú pudieras pensar de ti mismo, lo importante es lo que Dios quiere obrar en ti, si se lo permites. El puede hacer por medio nuestro maravillas si le somos dóciles, se trata precisamente de no querer hacer tanto sino de dejarle hacer mucho en nosotros.

En el Evangelio, Jesús nos exhorta a vivir conforme al amor independientemente de las circunstancias, viviremos la libertad de la «santa indiferencia» frente a las cosas, de la que hablaba san Ignacio, «que el hombre tanto ha de usar de ellas, cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse de ellas, cuanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido…» para ser libres hemos sido liberados.

(P. JLSS)

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