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SÁBADO – SEMANA XIV DEL TIEMPO ORDINARIO

(Is, 6, 1-8 / Sal 92/ Mt 26, 24-33)

“El discípulo no es más que el maestro, ni el criado más que su señor. Le basta al discípulo ser como su maestro y al criado ser como su señor”. ¿Qué tanto nos estamos esforzando por ser como nuestro Divino Maestro? Esto significa poner toda nuestra atención en el amor de Dios y no centrarnos en los problemas.

Isaías, en la visión que nos cuenta, nos describe a muy bien detalles secundarios, la orla del manto de Dios hasta el templo, los cánticos de los ángeles, sus alas, incluso comparte lo que pensaba: “¡Ay de mí!, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, porque he visto con mis ojos al rey y Señor de los ejércitos”. Su atención estaba centrada en él mismo.

Fue hasta que reconoció la acción de Dios en su vida (brasa con la que se le purifica) que fue capaz de reconocer la voz del Señor que le decía: “¿A quién enviaré? ¿Quién irá de parte mía?” Y de responderle: “Aquí estoy, Señor, envíame”. Ya no sé miraba tanto a él singularmente, era consciente de aquello con lo que contaba.

Reconozcamos la accion de Dios en nuestras vidas, no nos distraigamos, aceptemos su amor y misericordia, recordemos las palabras del Señor “En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo”. Si él nos protege ¿qué puede hacernos temblar?

(P. JLSS)

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