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LUNES DE LA IV SEMANA DE PASCUA

(Hch 11, 1-8 / Sal 41 / Jn 10, 1-10)

¿Qué tanto conozco al Señor? ¿Qué tanto me interesa conocerle? Es la interrogante que nos debemos hacer, porque si confesamos que el Señor es nuestro Pastor no podemos dudar de su protección, su cuidado, su cercanía y conducción. Como él mismo lo ha dicho «ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia»

Es curioso como los “circuncidados” reprochan a Pedro el haber entrado a casa de incircuncisos y comido con ellos, como si éstos no se merecieran la gracia de Dios; ¿Alguna vez ha pasado por tu cabeza algo parecido, hacia ti mismo, como pensando que no te mereces el don de Dios? pues te respondo, valiéndome de la primera lectura: “No tengas tú por impuro lo que Dios ha hecho puro”.

Y así reconociendo la bondad que Dios ha tenido para contigo pídele desde el fondo de tu corazón: “Envíame, Señor, tu luz y tu verdad; que ellas se conviertan en mi guía y hasta tu monte santo me conduzcan, allí donde tú habitas”. Y dejándote conducir por Él, irás conociendo lo mucho que te ama.

Escuchemos al Señor que nos habla por nuestro nombre, a cada uno de nosotros, nos conduce fuera de todo peligro, de toda falsa seguridad, y una vez fuera no nos abandona, «camina delante de nosotros para que le sigamos, siendo fieles a su voz» permanezcamos en el sendero de nuestro buen pastor sin temor.

(P. JLSS)

SÁBADO DE LA III SEMANA DE PASCUA

(Hch 9, 31-42 / Sal 115 / Jn 6, 60-69)

Tanto en la paz como en la tribulación, Dios está con nosotros, su el amor y su gracia jamás nos abandonan. Este día somos invitados a analizar qué tanto confiamos en el Señor y en su poder y, por consiguiente, qué tanto le dejamos actuar y transformarnos.

En la primera lectura se nos narró como el Señor, por medio del apóstol san Pedro, curó a un paralitico diciéndole “Eneas, Jesucristo te da la salud. Levántate y tiende tu cama”; también a Tabitá, quien ya estaba muerta para todos le dice que se levante; al igual que a ellos, el Señor, todos los días nos da la oportunidad de levantarnos de donde estamos postrados, ¿Qué tanto le dejamos actuar?

No dejes que el pensar en tus pecados te haga dudar de la Misericordia divina, no seamos como los del Evangelio que por querer comprender el Misterio de Jesús le abandonan pensando “Este modo de hablar es intolerable ¿quién puede admitir eso?”.

La única pregunta válida que nos debemos hacer es ¿Cómo pagarle a Dios todo el bien que nos ha hecho? Dejémonos invadir por el Espíritu Santo, para nunca querer abandonar a Jesús, digámosle como Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”. Solamente a Jesucristo acudamos en busca de respuestas.

(P. JLSS)

VIERNES DE LA III SEMANA DE PASCUA

(Hch 9, 1-20 / Sal 116 / Jn 6, 52-59)

Dudar de Dios cuando ya hemos visto sus obras, cuando ya nos ha demostrado su inmenso amor por nosotros, hasta el extremo de dar su vida por nosotros habla de una falta de fe en su acción, cómo los personajes de Evangelio que después de la multiplicación de los panes y los milagros de Jesús, le preguntan “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”.

Jesús por su parte, no responde estas dudas sin fundamento, pero sí explica lo que ofrece “Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día”. Parece como si dijera, no trates de comprenderlo, acéptalo.

Mientras San Pablo intentó comprender la Iglesia y la fe cristiana, la rechazó y persiguió pero, cuando se encontró con Cristo y lo aceptó, los frutos del amor y de la gracia generaron en su interior una inmensa libertad, tal que dejando su pasado atrás: “se puso a predicar en las sinagogas, afirmando que Jesús era el Hijo de Dios”.

Ananías, mientras quería comprender la conversión de San Pablo y el bautismo ponía peros, necesitó que el Señor le dijera: “no importa. Tú ve allá, porque yo lo he escogido como instrumento…”, pidámosle al Señor tener la valentía de abandonarnos a su amor y a su gracia, querer comprenderlo menos y dejarlo actuar más. ¡Dejémonos amar por Él sin miedo!

(P. JLSS)

JUEVES DE LA III SEMANA DE PASCUA

(Hch 8, 26-40 / Sal 65 / Jn 6, 44-51)

Una de las historias de los hechos de los Apóstoles que más me gusta escuchar, es esta precisamente del funcionario de la reina de Etiopía, había subido a Jerusalén para adorar a Dios y se regresa en su carro leyendo Isaías… buscaba a Dios sinceramente y estaba atento para recibirle. Por ello exige responde a Felipe: “¿Cómo voy a entenderlo, si nadie me lo explica?”.

Este personaje tuvo la valentía de creerle a Dios, de reconocer que su salvación es para todos; al igual que él, todos nosotros deberíamos ser evangelizadores, por la pura alegría de haber sido salvados, diciéndoles a todos: “Cuantos temen a Dios, vengan y escuchen, y les diré lo que ha hecho por mí…” no lo que dice un manual, sino la acción que ha realizado en nuestras vidas.

No tengamos miedo de dejarnos amar por Dios, copiemos la valentía del Etiope, él no busco razones, se le presentó la oportunidad y no negó en tomarlo, se dejó atraer por el Padre; “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre, que me ha enviado; y a ése yo lo resucitaré el último día”.

No desperdiciemos lo que nos ofrece Dios, Jesucristo es el pan vivo bajado del cielo, alimentémonos sólo de lo que Él nos da. “El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados” (Gaudete et Exsultate, 1).

(P. JLSS)

MIÉRCOLES DE LA III SEMANA DE PASCUA

(Hch 8, 1-8 / Sal 65 / Jn 6, 35-40)

Después de la Pascua debería resonar, por todos lados, la frase del salmo «Que aclame al Señor toda la tierra. Celebremos su gloria y su poder, cantemos un himno de alabanza, digamos al Señor: “Tu obra es admirable”», no sólo envía a su Hijo para salvarnos, también hace todo porque seamos conscientes de esta realidad.

Con la muerte de Esteban y con una persecución contra la Iglesia se quiso frenar la difusión del Evangelio, sin embargo, aunque los discípulos tuviesen que dispersarse no pudieron callar la fuerza de la gracia y del Espíritu Santo que estaba en su interior ¿difundes el amor de Dios que habita en ti o cualquier cosa te acobarda?

“Todo aquel que me da el Padre viene hacia mí; y al que viene a mí yo no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. Qué bello es descubrir que Jesús a nadie rechaza, a todo el que se le acerca lo considera enviados por el padre hacia él…

Comencemos el día pidiéndole a Dios, ser capaces de experimentar la seguridad de saber que por parte de Jesús no queda nuestra Salvación, “la voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día”… confiemos en Jesús, dejemos que nos proteja y ame, todo será diferente… a Él nada puede frenarle.

(P. JLSS)

MARTES DE LA III SEMANA DE PASCUA

(Hch 7, 51 – 8, 1 / Sal 30 / Jn 6, 30-35)

Ayer en la palabra escuchamos como el Señor nos exhorta: “No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna”. Hoy la liturgia nos hace una invitación a luchar por reconocer con claridad en nuestras vidas cuál es ese alimento que el Señor nos está ofreciendo hoy, tanto personal como comunitariamente.

La gente que está con Jesús le pregunta “¿Qué señal vas a realizar tú, para que la veamos y podamos creerte? ¿Cuáles son tus obras?”; nosotros ahorita en Pascua no podemos preguntar eso pues hemos sido testigos de lo que hizo, de que él es el verdadero pan que baja del cielo. De él debemos saciarnos.

Para reconocer a Dios y lo que nos ofrece necesitamos disponernos totalmente a la acción del Espíritu Santo, estar dispuestos a que nos renueve. Fuerte es lo que Esteban refuta a quienes le juzgaban, calificándolos “de cabeza dura, cerrados de corazón y de oídos”. Por ello no aceptaban a Jesús. Esteban por su parte, es capaz de pedir a Dios: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado.”

Pidámosle a Dios que nos conceda recurrir a Jesús siempre que lo necesitemos, que no busquemos refugio ni fortaleza en nada más. Dejémonos convencer por el Amor y digámosle “En ti, Señor, deposito mi confianza y tu misericordia me llenará de alegría” aun cuando pareciera que todo estar perdido, a tu lado todo lo puedo.

(P. JLSS)

LUNES DE LA III SEMANA DE PASCUA

(Hch 6, 8-15 / Sal 118 / Jn 6, 22-29)

Muchos de nosotros en más de una ocasión nos hemos preguntado qué debemos hacer frente a algún acontecimiento, para ser más fieles a nuestras responsabilidades y frente a Dios. Así también, los personajes del Evangelio se preguntan “¿Qué necesitamos para llevar a cabo las obras de Dios?”. La respuesta de Jesús es clara y concisa: “La obra de Dios consiste en que crean en aquel a quien él ha enviado”.

En otras palabras, se nos recuerda que nuestra principal preocupación debe estar en la creerle a Jesús, creer lo que él ha realizado, dejarle ser en nosotros y, ya después, preocuparnos por hacer… nuestra fe no puede ser pasiva, debemos dejar que siga su proceso: conozco, creo, experimento la acción de Dios en mi vida y me dejo mover por él.

Esteban, porque estaba lleno de gracia y poder, “realizaba grandes prodigios y señales entre la gente” y no se dejaba intimidar, nadie le podía refutar la sabiduría que Dios le dio, y aunque veía amenazada claramente su integridad no perdió la paz, incluso se nos cuenta que “su rostro les pareció tan imponente como el de un ángel”.

Abandonémonos al empuje del amor de Dios, para no ser como aquellos que buscaban a Jesús sólo porque quita el hambre, sino por todo lo que él significa en nuestra existencia. Hagámosle caso al Señor que nos dice: “No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna”.

(P. JLSS)

SÁBADO DE LA II SEMANA DE PASCUA

(Hch 6, 1-7 / Sal 32 / Jn 6, 16-21)

En pascua celebramos que “cuida el Señor de aquellos que lo temen y en su bondad confían; los salva de la muerte y en épocas de hambre les da vida”, y con nuestra fe en ello nada debe (ni tiene el poder) para hacernos desfallecer. Todo lo podemos en aquel que nos fortalece (Flp 4,13).

Aceptar la voluntad de Dios y abandonarse a ella es algo que, conforme aceptamos la gracia de nuestro señor y nos abandonamos a su poder, se va haciendo cada vez más sencillo. Estamos acostumbrados a que para ganar algo debemos también realizar algo, pero en nuestra vida de fe es al revés, para ganar todo debemos recibirlo solamente.

En la escena del Evangelio se nos narró que los discípulos se embarcaron y empezaron a atravesar hacia Cafarnaúm; que el Señor no los había alcanzado; que soplaba un viento fuerte y las aguas se iban encrespando… y cuando se les va acercando Jesús, se asustan. ¿Estás abierto para reconocer la acción de Dios aun en medio de situaciones que te asustan? ¿Aceptas cuando no está a tu alcance realizar algo?

Los apóstoles, como escuchamos en la Lectura del libro de los Hechos tenían muy claro cuál era su misión y no se quisieron poner a hacer todo sino que siempre fueron incluyentes, la acción del Espíritu Santo siempre es incluyente. Pidámosle a Dios fortaleza para realizar siempre lo aquello que nos toca bien hecho, siendo conscientes de que nosotros no somos la Divina Providencia.

(P. JLSS)

VIERNES DE LA II SEMANA DE PASCUA

(Hch 5, 34-42 / Sal 26 / Jn 6, 1-15)

La voluntad de Dios se cumple siempre, aun cuando nuestras decisiones particulares parecieran retrasar su cumplimiento en nuestra vida y a nuestro alrededor. ¿Cuál es la voluntad de Dios? Que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1Tim 2,4).

En la Primera Lectura el fariseo Gamaliel, por puro sentido común, invita a los demás miembros de la asamblea a recordar los casos de Teudas y Judas el Galileo unos caudillos cuya lucha tras su muerte fracasó, por ello les dice que en el caso de Jesús hicieran lo mismo: “Porque si lo que se proponen y están haciendo es de origen humano, se acabará por sí mismo. Pero si es cosa de Dios, no podrán ustedes deshacerlo”.

En el Salmo recordamos: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar?”; frase que se nos debe grabar fuertemente en nuestros corazones, como a los apóstoles que estando firmes en el amor y la gracia de Dios “todos los días enseñaban sin cesar y anunciaban el Evangelio de Cristo Jesús, tanto en el templo como en las casas” aun en medio de amenazas.

Pidámosle a Dios que el Espíritu Santo invada nuestro ser para no permitir jamás que alguna preocupación o problema nos distraiga y haga que se nos olvide con quien contamos. Ante preguntas como la del Evangelio “¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?” que se nos vengan, confiemos en Jesús y presentémosle lo que tengamos aunque sean solo “cinco panes y dos peces”, él tiene el poder para lograr hacer con nuestras pequeñeces grandes prodigios. No nos expongamos a luchar contra él.

(P. JLSS)

JUEVES DE LA II SEMANA DE PASCUA

(Hch 5, 27-33 / Sal 33 / Jn 3, 31-36)

Los apóstoles se atrevieron a hacer la prueba, se acercaron a Dios y le dejaron ser parte de sus vidas, tenían claro que primero se obedece a Dios y luego a los hombres, por ello aunque el Sanedrín les prohibió enseñar en nombre de Jesús ellos no dejaron de hacerlo, de allí el reclamo: “han llenado a Jerusalén con sus enseñanzas y quieren hacernos responsables de la sangre de ese hombre”.

Al igual que ellos, cada uno de nosotros sabemos que “El Padre ama a su Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna”. Hemos aceptado el testimonio de amor que nos tuvo el Padre al enviar a Jesús y, por ende, certificamos que Dios es veraz. ¿Cómo reprimir el inmenso gozo recibido?

Somos llamados a dar testimonio de que sabemos que a Jesús “la mano de Dios lo exaltó y lo ha hecho jefe y salvador, para dar a Israel la gracia de la conversión y el perdón de los pecados”. Debemos pedirle a Dios experimentar más la acción renovadora que se llevó acabo en nuestra redención, para vivir libre de temores, no se trata de hacer mucho, sino de dejar que Dios haga en nuestro interior.

Es importante resaltar que la catequesis dada por Pedro (y los demás apóstoles) ante el Sanedrín culmina así: “nosotros somos testigos de todo esto y también lo es el Espíritu Santo, que Dios ha dado a los que lo obedecen.” Pidámosle a Dios tener la docilidad necesaria para lograr que se nos note que en nosotros ya habita el Espíritu Santo.

(P. JLSS)

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