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DOMINGO IV DE ADVIENTO

(2 Sam 7, 1-5. 8-12. 14. 16 / Sal 88 / Rom 16, 25-27 / Lc 1, 26-38)

María, la esclava del Señor, este domingo se nos propone como modelo de espera confiada en Dios; su espera estuvo llena de esperanza y fe, no era ingenua: ante el anuncio del ángel se cuestiona qué significaban sus palabras, y ante la maternidad se cuestiona cómo podría ser eso si ella es virgen. Se cuestiona y cree en las respuestas que se le dan.

¿Qué tanta fe tienes en que Dios puede y quiere formar parte de tu vida? ¿Le dejas? David reconoce la bonanza que le estaba tocando vivir y quiere construir una casa “digna” para Dios, se estaba distrayendo por ello Dios le reprende: “¡Piensas que vas a ser tú el que me construya una casa, para que yo habite en ella? Yo te saqué de los apriscos y de andar tras las ovejas, para que fueras el jefe de mi pueblo, Israel.”

La razón de que Dios reprenda a David no es por su idea buena de construirle una casa, le está llevando a que reconozca la misericordia que ha tenido al protegerle, que reconozca que su acción en su vida ha sido demasiado cercana, no se le puede pagar su bondad con casitas o monedas, se puede corresponder a su amor amando a los demás.

En Cristo, Dios nos ha mostrado que su amor por nosotros es para siempre y su lealtad más firme que los cielos, con ello nos invita a proclamar sin cesar su misericordia y a dar a conocer a todos que su misericordia es eterna; dejémonos vencer por su amor, y digámosle como María: «soy tu esclavo(a), que se cumpla en mi todo lo que has dicho», te creo.

(P. JLSS)

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