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DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO

(Is 8, 23 – 9, 3 / Sal 26 / 1 Co 1, 10-13 / Mt 4, 12-23)

Cómo le pido a Dios ser capaz en todo momento de llevar grabado en mi corazón el verso del Salmo que hemos escuchado este día: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar?” ¡Qué diferente sería nuestra realidad!

Todos nosotros, hemos reconocido que, después de ser un pueblo que caminaba en tinieblas vimos una gran luz (Jesucristo, nuestro Señor); sobre todos nosotros que vivíamos en tierra de sombras, una luz resplandeció. Y es que en Jesús siempre encontraremos las respuestas a todas nuestras interrogantes, la luz para iluminar nuestras dudas y disipar nuestras inquietudes.

Si uno está dispuesto y ya ha escuchado sobre su necesidad de conversión, sobre la cercanía del Reino de los cielos, es capaz de reconocer aun en medio de sus labores diarias el llamado de Jesús como Pedro y Andrés, mientras echaban las redes para pescar; o como Santiago y Juan los hijos de Zebedeo, que estaban remendando las redes; todos ellos al instante que Jesús les llama, dejan todas sus seguridades, por él.

Sería bueno que nos preguntáramos en qué o quién hemos puesto nuestra confianza, porque quien confía en Jesús no anda buscando comodidades o quedar bien con la gente, sino sólo con Dios Padre por eso Pablo pide hoy: “que todos vivan en concordia y no haya divisiones entre ustedes, a que estén perfectamente unidos en un mismo sentir y en un mismo pensar”.

Porque cuando una comunidad, familia o equipo empieza a hacer bandos (“Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Pedro, yo de Cristo”) comienza a olvidar que solo hay un bando, del cual formamos parte todos, el grupo de los redimidos gratuitamente y amados plenamente por Dios.

¡Que nuestro egoísmo no haga ineficaz, en nuestro interior, a la cruz de Cristo!

(P. JLSS)

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