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VIERNES DE LA SEMANA XI DEL TIEMPO ORDINARIO

(2 R 11, 1-4. 9-18. 20 / Sal 131 / Mt 6, 19-23)

La Palabra el día de hoy nos invita nuevamente a reflexionar sobre nuestra confianza en Dios. ¿Pongo mi confianza totalmente en Dios? ¿Qué tanto poder le doy a las cosas materiales? Atalía, en la primera lectura, se pierde en la ambición y por no perder el poder terrenal que tenía, hace abominaciones.

Jesús nos pide ser pobres de espíritu, es decir, abandonarnos a la fidelidad de Dios, poner nuestra confianza en Dios solamente. Por eso nos dice que no busquemos tesoros perecederos y dejemos que entre su luz a nuestras vidas.

Nuestro tesoro es el amor de Dios que demostró Cristo en la Cruz, su sangre preciosa que nos purifica. Es Dios quien nos ha querido elegir como merecedores de su amor y redención, pidámosle a él no querer comprender sino dejarlo ser en nuestras vidas. Comparto unas palabras del padre Pedro Arrupe, que precisamente nos invitan a esto:

“¡Enamórate! Nada puede importar más que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse de Él de una manera definitiva y absoluta. Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación, y acaba por ir dejando su huella en todo.

Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama en la mañana, qué haces con tus atardeceres, en qué empleas tus fines de semana, lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón, y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud. ¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera.”

(P. JLSS)