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MIÉRCOLES DE LA SEMANA XI DEL TIEMPO ORDINARIO

(2 R 2, 1. 6-14 / Sal 30 / Mt 6, 1-6. 16-18)

Hoy en la Primera Lectura se nos narra la misteriosa transposición del profeta Elías que mientras se encontraba caminando y conversando con su discípulo Eliseo “un carro de fuego, con caballos de fuego, se interpuso entre ellos, y Elías subió al cielo en un remolino.”

Las Lecturas de este día nos deben llevar a cuestionarnos sobre mi fe, pues será esta la que fundamente mi esperanza e impulse mi caridad. Eliseo le pide a Elías ser heredero principal de su espíritu, Dios se lo concede no sin antes hacerlo reconocer que ninguna acción profética sucede por puros “actos externos” sino por acción divina.

Eliseo para ver si había o no obtenido el espíritu profético golpea también las aguas, y aunque ya tenía la facultad no sucede nada en el agua, esto lo lleva a dejar de ver el manto de Elías y volver la vista hacia el dador del poder: “¿Dónde está el Señor, el Dios de Elías?”

Jesús en el Evangelio nos exhorta a vivir esta experiencia, invitándonos a no practicar las obras de piedad para que nos vean: ni limosna, ni oración, ni ayuno. Teniendo la seguridad que nuestro Padre ve lo secreto y él nos lo recompensará. Pidamos a Dios la humildad de servirle fielmente en lo cotidiano de nuestras vidas, ser dóciles y poder reconocer que su acción y su poder nos sobre pasa.

Cuando se busca protagonismo, se ignora a Dios y se ven sólo los mantos que se nos han dado ¿Cuáles son los mantos en que confiamos? Entreguémoselo a Dios, para que sea él y no la gente quien nos de nuestra recompensa.

(P. JLSS)