MIÉRCOLES – SEMANA XXII DEL TIEMPO ORDINARIO

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(1Cor 3, 1-9 / Sal 32 / Lc 4, 38-44)

Que importante es reconoce la misión o propósito que Dios nos ha dado en la vida para esforzarnos por perseverar tenazmente. Jesús tenía claro cuál era el suyo: “El Señor me ha enviado para llevar a los pobres la buena nueva y anunciar la liberación a los cautivos…” razón por la cuál no se dejó impresionar ni frenar por nada.

Para quienes creemos en Jesús no vale poner como pretexto el desconocimiento para dejar de perseverar, porque en Cristo hemos descubierto que Dios quiere que todos nos salvemos y lleguemos al conocimiento de la verdad (cf. 1Tim 2, 4-6), en el descubrimos cuál es nuestro destino, la salvación (cf. Ef 1, 11).

Quien ha conocido a Jesucristo sabe de la primacía del amor, es consciente que no basta con evitar el mal, hay que hacer el bien. En eso sabemos que el Espíritu Santo está actuando en nosotros, por ello san Pablo ante la división que había en la comunidad de Corinto les dice: “Porque, mientras haya entre ustedes envidias y discordias, ¿no es cierto que siguen sujetos a sus pasiones y viviendo en un nivel exclusivamente humano?”

A quien debemos ser dóciles es a Dios, “esperanza, pues él es nuestra ayuda y nuestro amparo; en el Señor se alegra el corazón y en él hemos confiado” dejémonos mover por él y su amor, movidos por él iremos abandonando el mal, no por norma moral sino por estorbo. “De modo que ni el que planta ni el que riega tienen importancia, sino sólo Dios, que es quien hace crecer.”

(P. JLSS)

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