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SÁBADO – SEMANA XV DEL TIEMPO ORDINARIO


(Ex 12, 37-42 / Sal 135 / Mt 12, 14-21)

Quien no es capaz de reconocer la misericordia que se le tiene, terminará cerrándose primero, en sí mismo, en una falsa autosuficiencia y tras esto la cerrazón será hasta para con Dios. Ese es el camino de la desconfianza, cerrazón a todo el mundo y después una experiencia de soledad y puede llevar hasta a la amargura.

En el Evangelio hemos escuchado que los fariseos, tras el reclamo que el Señor les hacía ayer de ser incapaces de ir más allá del estricto cumplimiento de la ley, en lugar de hacer introspección, confabulan para acabar con Él. Quien desconfía terminará por querer destruir todo aquello que no entienda.

Es interesante que Mateo después de estas incomprensiones y situaciones extrañas presente a Jesús cumpliendo las palabras del profeta Isaías: “Miren a mi siervo, a quien sostengo; a mi elegido, en quien tengo mis complacencias. En él he puesto mi Espíritu, para que haga brillar la justicia sobre las naciones. No gritará ni clamará, no hará oír su voz en las plazas, no romperá la caña resquebrajada, ni apagará la mecha que aún humea, hasta que haga triunfar la justicia sobre la tierra; y en él pondrán todas las naciones su esperanza”. Demostrando que la confianza del Señor no se fundamentaba en otra cosa que en el amor del Padre.

El Pueblo de Israel salió sin miedo de Egipto porque tenía toda su confianza puesta totalmente en Dios, es hasta que se dejan distraer por el miedo o por las dificultades temporales que reclamarán a Moisés, habían comenzado a cerrarse… ¿en qué tienes puesta tu confianza? Que el Espíritu Santo fortalezca nuestra confianza para ponerla sólo en Dios, en nada ni nadie más debemos fundamentarla.

(P. JLSS)

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