SÁBADO II DEL TIEMPO DE NAVIDAD

(1Jn 5, 14-21 / Sal 149 / Jn 2, 1-11)

“El Señor es amigo de su pueblo y otorga la victoria a los humildes”… qué hermosa realidad es esta que el Salmo nos recuerda, ¿Cómo nos ha demostrado Jesucristo esa amistad? Dando su vida por nosotros, a quienes él no considera siervos sino sus amigos (Cfr. Jn 15, 13-15).

Es de la conciencia que cada uno de nosotros debemos tener de esta amistad y amor de Dios que debe brotar nuestra tranquilidad y nuestra confianza en él, ésta “consiste en que si le pedimos algo conforme a su voluntad, Él nos escucha”. Tras tu conocimiento de Jesús ¿Aun crees que Dios te considera un simple siervo más?

Juan es claro, en la primera lectura, cuando nos recuerda que nuestra fidelidad con el único verdadero y porque permanecemos en su Hijo, sabemos a nuestro alcance la vida eterna. Pues, “todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que el Hijo de Dios lo protege, y no lo toca el demonio”. Nos pide también orar por el hermano que vemos pecar, para obtenerle la vida y nos recuerda que toda mala acción es pecado.

En el Evangelio se nos narra la escena de la boda de Caná, en el que encontramos el grande ejemplo de María, ella siempre será maestra de oración e intercesión, se preocupa por la falta de vino en la boda (haciendo caso al Talmud: “Donde no hay vino, no hay alegría.”), el festejo de esta alianza nueva no podía quedarse sin alegría, menos con Jesús y sus discípulos presentes.

Seamos conscientes del amor que Cristo nos demuestra con su cercanía, también de la grandeza que hay en el que él nos considere sus amigos y con toda confianza pidámosle al Señor que las tinajas de agua que hemos cargado para lavarnos de nuestras fallas, se transformen en la alegría que proviene de su presencia y acción en nuestro interior.

(P. JLSS)

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