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LUNES DE LA IV SEMANA DE PASCUA

(Hch 11, 1-8 / Sal 41 / Jn 10, 1-10)

¿Qué tanto conozco al Señor? ¿Qué tanto me interesa conocerle? Es la interrogante que nos debemos hacer, porque si confesamos que el Señor es nuestro Pastor no podemos dudar de su protección, su cuidado, su cercanía y conducción. Como él mismo lo ha dicho «ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia»

Es curioso como los “circuncidados” reprochan a Pedro el haber entrado a casa de incircuncisos y comido con ellos, como si éstos no se merecieran la gracia de Dios; ¿Alguna vez ha pasado por tu cabeza algo parecido, hacia ti mismo, como pensando que no te mereces el don de Dios? pues te respondo, valiéndome de la primera lectura: “No tengas tú por impuro lo que Dios ha hecho puro”.

Y así reconociendo la bondad que Dios ha tenido para contigo pídele desde el fondo de tu corazón: “Envíame, Señor, tu luz y tu verdad; que ellas se conviertan en mi guía y hasta tu monte santo me conduzcan, allí donde tú habitas”. Y dejándote conducir por Él, irás conociendo lo mucho que te ama.

Escuchemos al Señor que nos habla por nuestro nombre, a cada uno de nosotros, nos conduce fuera de todo peligro, de toda falsa seguridad, y una vez fuera no nos abandona, «camina delante de nosotros para que le sigamos, siendo fieles a su voz» permanezcamos en el sendero de nuestro buen pastor sin temor.

(P. JLSS)

DOMINGO IV DE PASCUA DOMINGO

(Hch 4, 8-12 / Sal 117 / 1 Jn 3, 1-1 / Jn 10, 11-18)

Hoy la liturgia de la palabra nos invita a meditar en la figura del Buen Pastor; si la labor cotidiana de un pastor consiste en reunir a las ovejas, cuidarlas, defenderlas, llevarlas al sitio que necesiten (ya sea para comer o descansar) ¿Cómo será entonces el Buen Pastor que el Padre Celestial ha querido darnos?

Él también nos reúne, nos cuida, nos defiende, nos conduce a donde debemos estar, además, como escuchamos en el Evangelio, da la vida por sus ovejas, las conoce y se deja conocer por ellas, esto último cómo se nos olvida: «él se deja conoce por nosotros» entonces se vuelve importante responder ¿Qué tanto a nosotros nos interesa conocerle bien?

“Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos”. Cómo cambiaría nuestra realidad si nos dedicáramos a escucharle sólo a Él, habría un solo rebaño (nos sabríamos acompañados por la Iglesia) y un solo pastor (que nos haría tener la tranquilidad de su protección).

¿Quién es nuestro buen Pastor? Jesucristo, nuestro único Señor. “Ningún otro puede salvarnos, pues en la tierra no existe ninguna otra persona a quien Dios haya constituido como salvador nuestro.” ¿Por qué tenemos miedo? ¡Dejémonos conducir!

(P. JLSS)

SÁBADO DE LA III SEMANA DE PASCUA

(Hch 9, 31-42 / Sal 115 / Jn 6, 60-69)

Tanto en la paz como en la tribulación, Dios está con nosotros, su el amor y su gracia jamás nos abandonan. Este día somos invitados a analizar qué tanto confiamos en el Señor y en su poder y, por consiguiente, qué tanto le dejamos actuar y transformarnos.

En la primera lectura se nos narró como el Señor, por medio del apóstol san Pedro, curó a un paralitico diciéndole “Eneas, Jesucristo te da la salud. Levántate y tiende tu cama”; también a Tabitá, quien ya estaba muerta para todos le dice que se levante; al igual que a ellos, el Señor, todos los días nos da la oportunidad de levantarnos de donde estamos postrados, ¿Qué tanto le dejamos actuar?

No dejes que el pensar en tus pecados te haga dudar de la Misericordia divina, no seamos como los del Evangelio que por querer comprender el Misterio de Jesús le abandonan pensando “Este modo de hablar es intolerable ¿quién puede admitir eso?”.

La única pregunta válida que nos debemos hacer es ¿Cómo pagarle a Dios todo el bien que nos ha hecho? Dejémonos invadir por el Espíritu Santo, para nunca querer abandonar a Jesús, digámosle como Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”. Solamente a Jesucristo acudamos en busca de respuestas.

(P. JLSS)

VIERNES DE LA III SEMANA DE PASCUA

(Hch 9, 1-20 / Sal 116 / Jn 6, 52-59)

Dudar de Dios cuando ya hemos visto sus obras, cuando ya nos ha demostrado su inmenso amor por nosotros, hasta el extremo de dar su vida por nosotros habla de una falta de fe en su acción, cómo los personajes de Evangelio que después de la multiplicación de los panes y los milagros de Jesús, le preguntan “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”.

Jesús por su parte, no responde estas dudas sin fundamento, pero sí explica lo que ofrece “Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día”. Parece como si dijera, no trates de comprenderlo, acéptalo.

Mientras San Pablo intentó comprender la Iglesia y la fe cristiana, la rechazó y persiguió pero, cuando se encontró con Cristo y lo aceptó, los frutos del amor y de la gracia generaron en su interior una inmensa libertad, tal que dejando su pasado atrás: “se puso a predicar en las sinagogas, afirmando que Jesús era el Hijo de Dios”.

Ananías, mientras quería comprender la conversión de San Pablo y el bautismo ponía peros, necesitó que el Señor le dijera: “no importa. Tú ve allá, porque yo lo he escogido como instrumento…”, pidámosle al Señor tener la valentía de abandonarnos a su amor y a su gracia, querer comprenderlo menos y dejarlo actuar más. ¡Dejémonos amar por Él sin miedo!

(P. JLSS)

JUEVES DE LA III SEMANA DE PASCUA

(Hch 8, 26-40 / Sal 65 / Jn 6, 44-51)

Una de las historias de los hechos de los Apóstoles que más me gusta escuchar, es esta precisamente del funcionario de la reina de Etiopía, había subido a Jerusalén para adorar a Dios y se regresa en su carro leyendo Isaías… buscaba a Dios sinceramente y estaba atento para recibirle. Por ello exige responde a Felipe: “¿Cómo voy a entenderlo, si nadie me lo explica?”.

Este personaje tuvo la valentía de creerle a Dios, de reconocer que su salvación es para todos; al igual que él, todos nosotros deberíamos ser evangelizadores, por la pura alegría de haber sido salvados, diciéndoles a todos: “Cuantos temen a Dios, vengan y escuchen, y les diré lo que ha hecho por mí…” no lo que dice un manual, sino la acción que ha realizado en nuestras vidas.

No tengamos miedo de dejarnos amar por Dios, copiemos la valentía del Etiope, él no busco razones, se le presentó la oportunidad y no negó en tomarlo, se dejó atraer por el Padre; “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre, que me ha enviado; y a ése yo lo resucitaré el último día”.

No desperdiciemos lo que nos ofrece Dios, Jesucristo es el pan vivo bajado del cielo, alimentémonos sólo de lo que Él nos da. “El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados” (Gaudete et Exsultate, 1).

(P. JLSS)

MIÉRCOLES DE LA III SEMANA DE PASCUA

(Hch 8, 1-8 / Sal 65 / Jn 6, 35-40)

Después de la Pascua debería resonar, por todos lados, la frase del salmo «Que aclame al Señor toda la tierra. Celebremos su gloria y su poder, cantemos un himno de alabanza, digamos al Señor: “Tu obra es admirable”», no sólo envía a su Hijo para salvarnos, también hace todo porque seamos conscientes de esta realidad.

Con la muerte de Esteban y con una persecución contra la Iglesia se quiso frenar la difusión del Evangelio, sin embargo, aunque los discípulos tuviesen que dispersarse no pudieron callar la fuerza de la gracia y del Espíritu Santo que estaba en su interior ¿difundes el amor de Dios que habita en ti o cualquier cosa te acobarda?

“Todo aquel que me da el Padre viene hacia mí; y al que viene a mí yo no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. Qué bello es descubrir que Jesús a nadie rechaza, a todo el que se le acerca lo considera enviados por el padre hacia él…

Comencemos el día pidiéndole a Dios, ser capaces de experimentar la seguridad de saber que por parte de Jesús no queda nuestra Salvación, “la voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día”… confiemos en Jesús, dejemos que nos proteja y ame, todo será diferente… a Él nada puede frenarle.

(P. JLSS)

MARTES DE LA III SEMANA DE PASCUA

(Hch 7, 51 – 8, 1 / Sal 30 / Jn 6, 30-35)

Ayer en la palabra escuchamos como el Señor nos exhorta: “No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna”. Hoy la liturgia nos hace una invitación a luchar por reconocer con claridad en nuestras vidas cuál es ese alimento que el Señor nos está ofreciendo hoy, tanto personal como comunitariamente.

La gente que está con Jesús le pregunta “¿Qué señal vas a realizar tú, para que la veamos y podamos creerte? ¿Cuáles son tus obras?”; nosotros ahorita en Pascua no podemos preguntar eso pues hemos sido testigos de lo que hizo, de que él es el verdadero pan que baja del cielo. De él debemos saciarnos.

Para reconocer a Dios y lo que nos ofrece necesitamos disponernos totalmente a la acción del Espíritu Santo, estar dispuestos a que nos renueve. Fuerte es lo que Esteban refuta a quienes le juzgaban, calificándolos “de cabeza dura, cerrados de corazón y de oídos”. Por ello no aceptaban a Jesús. Esteban por su parte, es capaz de pedir a Dios: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado.”

Pidámosle a Dios que nos conceda recurrir a Jesús siempre que lo necesitemos, que no busquemos refugio ni fortaleza en nada más. Dejémonos convencer por el Amor y digámosle “En ti, Señor, deposito mi confianza y tu misericordia me llenará de alegría” aun cuando pareciera que todo estar perdido, a tu lado todo lo puedo.

(P. JLSS)

LUNES DE LA III SEMANA DE PASCUA

(Hch 6, 8-15 / Sal 118 / Jn 6, 22-29)

Muchos de nosotros en más de una ocasión nos hemos preguntado qué debemos hacer frente a algún acontecimiento, para ser más fieles a nuestras responsabilidades y frente a Dios. Así también, los personajes del Evangelio se preguntan “¿Qué necesitamos para llevar a cabo las obras de Dios?”. La respuesta de Jesús es clara y concisa: “La obra de Dios consiste en que crean en aquel a quien él ha enviado”.

En otras palabras, se nos recuerda que nuestra principal preocupación debe estar en la creerle a Jesús, creer lo que él ha realizado, dejarle ser en nosotros y, ya después, preocuparnos por hacer… nuestra fe no puede ser pasiva, debemos dejar que siga su proceso: conozco, creo, experimento la acción de Dios en mi vida y me dejo mover por él.

Esteban, porque estaba lleno de gracia y poder, “realizaba grandes prodigios y señales entre la gente” y no se dejaba intimidar, nadie le podía refutar la sabiduría que Dios le dio, y aunque veía amenazada claramente su integridad no perdió la paz, incluso se nos cuenta que “su rostro les pareció tan imponente como el de un ángel”.

Abandonémonos al empuje del amor de Dios, para no ser como aquellos que buscaban a Jesús sólo porque quita el hambre, sino por todo lo que él significa en nuestra existencia. Hagámosle caso al Señor que nos dice: “No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna”.

(P. JLSS)

III DOMINGO DE PASCUA

(Hch 3, 13-15. 17-19 / Sal 4 / 1 Jn 2, 1-5 / Lc 24, 35-48)

Hoy se nos invita en la liturgia de la palabra a grabar en nuestras mentes y corazones que “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones…, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados” ¿Qué se nos pide que hagamos nosotros? Sólo una cosa, volver a Dios.

Como hemos escuchado, Dios reconoce cuando nuestras acciones las hemos realizado por ignorancia, incluso cuando el afectado haya sido su hijo: “rechazaron al santo, al justo, y pidieron el indulto de un asesino”. Pero nos pide reconocer lo fuerte de su amor, que ha querido demostrarnos en su sacrificio.

Lo que no debemos permitirnos jamás es acostumbrarnos al sacrificio redentor de Jesús, recordar siempre que no es un hecho aislado sino que es un hecho que nos involucra totalmente. Cada que pudiera estar naciendo en nosotros la costumbre, recordemos sus palabras: “No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona.”

Allí está nuestra esperanza, en que podemos vivir confiados porque sabemos que “tenemos como intercesor ante el Padre, a Jesucristo, el justo. Que se ofreció como víctima de expiación por nuestros pecados”, solo allí encontraremos el fundamento para poder dar testimonio con nuestras obras, en la aceptación del amor que se haya en el misterio de nuestra redención. “Quien dice: “Yo lo conozco”, pero no cumple sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él”.

(P. JLSS)

SÁBADO DE LA II SEMANA DE PASCUA

(Hch 6, 1-7 / Sal 32 / Jn 6, 16-21)

En pascua celebramos que “cuida el Señor de aquellos que lo temen y en su bondad confían; los salva de la muerte y en épocas de hambre les da vida”, y con nuestra fe en ello nada debe (ni tiene el poder) para hacernos desfallecer. Todo lo podemos en aquel que nos fortalece (Flp 4,13).

Aceptar la voluntad de Dios y abandonarse a ella es algo que, conforme aceptamos la gracia de nuestro señor y nos abandonamos a su poder, se va haciendo cada vez más sencillo. Estamos acostumbrados a que para ganar algo debemos también realizar algo, pero en nuestra vida de fe es al revés, para ganar todo debemos recibirlo solamente.

En la escena del Evangelio se nos narró que los discípulos se embarcaron y empezaron a atravesar hacia Cafarnaúm; que el Señor no los había alcanzado; que soplaba un viento fuerte y las aguas se iban encrespando… y cuando se les va acercando Jesús, se asustan. ¿Estás abierto para reconocer la acción de Dios aun en medio de situaciones que te asustan? ¿Aceptas cuando no está a tu alcance realizar algo?

Los apóstoles, como escuchamos en la Lectura del libro de los Hechos tenían muy claro cuál era su misión y no se quisieron poner a hacer todo sino que siempre fueron incluyentes, la acción del Espíritu Santo siempre es incluyente. Pidámosle a Dios fortaleza para realizar siempre lo aquello que nos toca bien hecho, siendo conscientes de que nosotros no somos la Divina Providencia.

(P. JLSS)

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