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MARTES – SEMANA XXV DEL TIEMPO ORDINARIO


(Esd 6, 7-8. 12. 14-20 / Sal 121 / Lc 8, 19-21)

¿Qué tanto te esfuerzas por cumplir la voluntad de Dios en tu vida? Cuando permitimos que se nos olvide que la voluntad de Dios es que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”, corremos el riesgo de mal interpretar nuestra realidad.

Si contemplamos detenidamente nuestra realidad, descubriremos cómo es que el pecado (sea ajeno o personal) y las malas decisiones, limitan el cumplimiento de la voluntad. Por ello Jesús llamaba ‘dichosos’ a los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica; los que hacen esto no andarán reaccionando por la vida, sino actuando en libertad.

Para lograr no desanimarnos en nuestro propósito de seguir al Señor, debemos tener presente su amor y misericordia en cada momento, los israelitas celebraban siempre el poder de de Dios; incluso, hemos escuchado en el Salmo: “¡Qué alegría sentí cuando me dijeron: ‘Vayamos a la casa del Señor’! Y hoy estamos aquí Jerusalén, jubilosos delante de tus puertas.” ¿Qué tanto te acuerdas de la acción de Dios en tu vida?

Jesús nos ha enseñado en el Evangelio que si uno quiere quedar bien con él, y acercársele cada vez más, no se debe más que procurar hacer y cumplir la voluntad de Dios, sólo así. “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica.”

(P. JLSS)

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO


(Am 8, 4-7 / Sal 112 / 1Tim 2, 1-8 / Lc 16, 1-13)

La semana pasada escuchamos la parábola del hijo pródigo, en ella se nos invitaba a reconocer la misericordia de Dios cómo actúa y nos ama. Hoy se nos invita a cuestionarnos sobre nuestra conciencia y sobre el valor que le damos a Dios. ¿Qué te preocupa más perder el dinero o la amistad con Dios?

Jesús era claro: “No hay criado que pueda servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro, o se apegará al primero y despreciará al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero”. Quien se preocupa solamente por el dinero, y no lo concibe como lo que es, un medio, permitirá lo que sea por obtenerlo, incluso las injusticias.

Quienes confían en Dios, no se dejan distraer por ninguna crisis ni por injusticia alguna, pues le tienen presente y saben que él nunca les olvidará; son conscientes de que “él quiere que todos los hombres se salven y todos lleguen al conocimiento de la verdad, porque no hay sino un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre él también, que se entregó como rescate por todos.”

Pidámosle a Dios que, por la fuerza del Espíritu Santo, nos devuelva la certeza de que él es nuestra mayor riqueza, y conscientes de esto actuar haciendo lo que nos toca. “El que es fiel en las cosas pequeñas, también es fiel en las grandes; y el que es infiel en las cosas pequeñas, también es infiel en las grandes.” ¿Te mueve el amor o la ambición?

(P. JLSS)

VIERNES – SEMANA XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO


(1 Tim 6, 2-12 / Sal 48 / Lc 8, 1-3)

Me gusta mucho este fragmento del Evangelio que acabamos de escuchar, se nos hace un listado de quienes seguían a Jesús, en ningún momento se no nos dice que fuera pura gente perfecta, se nos dice que “lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y curadas de varias enfermedades.”

La diferencia existente entre esas mujeres y nosotros, pudiera residir en que ellas miraban más a quien las había sacado de su mal, que el mal del que habían sido sacadas. Me explico, ellas no se consideraban tanto Pecado, sino profundamente amadas.

Quien pone atención en Jesucristo, que nos ha liberado del pecado y de la muerte, no le resta más que hacer suyas las palabras de Jesús, “Yo te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del Reino a la gente sencilla.” Y agradecerle por su infinito amor.

Una persona que se sabe amada nunca se moverá por el temor, se mueve por correspondencia. Sigamos los consejos que san Pablo da a Timoteo: “lleva una vida de rectitud, piedad, fe, amor, paciencia y mansedumbre. Lucha en el noble combate de la fe, conquista la vida eterna, a la que has sido llamado.” Movámonos por el amor, nunca por temor.

(P. JLSS)

JUEVES – SEMANA XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO


(1 Tim 4, 12-16 / Sal 110 / Lc 7, 36-50)

Hoy en la palabra se nos exhorta a obedecer al Señor que nos dice: “Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio.” ¿Te acercas a Dios confiado en su misericordia o qué cosas te limitan a hacerlo? Quien no aprende descansar en Dios, corre riesgo de terminar con puros distractores.

En el salmo escuchamos que el principio de la Sabiduría es el temor del Señor y que vivir de acuerdo con él nos hará sensatos. Pues, gloria del Señor perdura eternamente… ¿Temes fallarle a quien te ama tanto? ¿En tus decisiones y maneras de proceder tomas en cuenta a Dios? Sabiduría y sensatez.

San Pablo le pide a Timoteo: procurar ser modelo para los fieles, no descuidar el don que posee y hacer lo que le toca de acuerdo a este don, “cuida de tu conducta y de tu enseñanza y sé perseverante, pues obrando así, te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen.”

Puede ser que por el pecado o las circunstancias de nuestras vidas, hayamos estado alejados de Dios y nos sintamos agotados, acerquémonos a él confiados como la mujer del Evangelio, ella no se limitó por su pecado sino que puso su atención en quien podía liberarla del mismo y encontró descanso y salvación. Acerquémonos a Jesús, dejemos que toque nuestras miserias y las transforme en pruebas de su misericordia y su perdón, conscientes de que “al que poco se le perdona, poco ama.” ¿Se te ha perdonado algo?

(P. JLSS)

MIÉRCOLES – SEMANA XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO


(1 Tim 3, 14-16 / Sal 110 / Lc 7, 31-35)

La aclamación que escuchamos este día, contiene la respuesta que Pedro da al Señor cuando, después del discurso del Pan de Vida (cf. Jn 6), les pregunta a sus apóstoles si ellos también le querían dejar por no comprenderle: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida. Tú tienes palabras de vida eterna”.

“¿A quién iremos? sólo tú tienes palabras de vida eterna.” ¿Podríamos responderle de manera semejante? Pedro estaba convencido de que en Jesús encontraría siempre palabras de vida eterna, independientemente de comprenderlas o no, era consciente de que “realmente es grande el misterio del amor de Dios, que se nos ha manifestado en Cristo, hecho hombre, santificado por el Espíritu, contemplado por los ángeles, anunciado a todas las naciones, aceptado en el mundo mediante la fe y elevado a la gloria.”

Pidámosle a Dios que nos dé la capacidad de reconocer que su misericordia rebasa por mucho nuestro entendimiento, hagamos nuestras las palabras del salmista “quiero alabar a Dios, de corazón, en las reuniones de los justos. Grandiosas son las obras del Señor y para todo fiel, dignas de estudio.”

Aceptemos el amor y la misericordia de Dios, dejémosle actuar libremente en nuestro interior, dejemos de lado todo prejuicio personal que podamos tenernos y aceptemos que él nos mira como hijo, si él no nos pone etiquetas no nos las pongamos nosotros. “Jesús dijo: “¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se parecen a esos niños que se sientan a jugar en la plaza y se gritan los unos a los otros: ‘Tocamos la flauta y no han bailado, cantamos canciones tristes y no han llorado’.”

(P. JLSS)

MARTES – SEMANA XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO


(1 Tim 3, 1-13 / Sal 100 / Lc 7, 11-17)

A quien se ha encontrado con Jesucristo y ha experimentado su misericordia se le debe de notar; no es posible que después de reconocerse frágil y amado completamente, uno siga criticando a los demás o poniendo su atención más en lo que hace el otro, que en el amor.

Esto lo podemos encontrar características necesarias que pide Pablo para los que quieran ejercer funciones en el servicio de la Iglesia, que bien pueden sintetizarse en madurez espiritual, afectiva y personal, así como también dominio de sí mismo. Para ser analizar esto en nosotros debemos respondernos qué tanto dejamos que el amor de Dios nos moldee.

Pongamos toda nuestra atención en el amor de Dios, no dejemos que nada nos haga dudar de la grandeza de su misericordia, quien deja que la gracia de Dios actúe libremente en su vida jamás se sentirá derrotado por nada ni nadie. Y estará preocupado por corresponder al amor, no tanto a la coacción.

Pongámonos en manos de Dios, dejemos de lado todas nuestras ideas negativas de nosotros mismos y reconozcamos su amor… aún cuando nosotros nos pudiésemos considerar indignos, él nos hace dignos de servirle en su presencia. Dejemos que se acerque y actúe en nuestras vidas, para experimentare en nuestro interior lo mismo que el joven del Evangelio, cuando le dijo: ‘Joven, yo te lo mando: Levántate’. “Inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar.”

(P. JLSS)

LUNES – SEMANA XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO


(1 Tim 2, 1-8 / Sal 27 / Lc 7, 1–10)

¿Qué tan grande es tu confianza en Dios, en su misericordia y su amor? ¿Dejas que el sentimiento de indignidad sea transformado, por el amor de Dios, en una experiencia de Misericordia? No existe pecado que sea más fuerte que la misericordia de Dios.

“Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él tenga vida eterna” porque Dios no envió a su hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por medio de él. Si sabemos cuál es la fuente de la salvación ¿porque no acercarnos a ella?

No podemos olvidar que Dios quiere que todos nosotros nos salvemos y lleguemos al conocimiento de la verdad “No hay sino un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre él también, que se entregó como rescate por todos.” ¿Aceptas la salvación o prefieres seguir aferrado(a) a una deuda ya saldada?

El oficial Romano, del que habla hoy el Evangelio, no se detuvo ante su indignidad, en medio de ella se acercó a Jesús, confió más en el poder de Cristo que en su indignidad. Pidámosle a Dios que transforme nuestras vidas con su poder y repitamos llenos de confianza las palabras del oficial: “yo no soy digno de que tú entres en mi casa… Basta con que digas una sola palabra” y sanaré.

(P. JLSS)

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO


(Ex 32, 7-11. 13-14 / Sal 50 / 1 Tim 1, 12-17 / Lc 15, 1-32)

Hemos escuchado en la Primera Lectura, el pasaje en el que el pueblo de Israel manifiesta nuevamente su tendencia a la idolatría, aún después de haber sido liberados por Dios de la esclavitud de Egipto, de haber recibido la Ley y firmado la alianza, se hacen un becerro de oro. Se dejan distraer por cualquier cosa y se olvidan de Dios que los liberó.

Semejante a lo qué pasa con nosotros que aún cuando somos conscientes de que contamos con Dios, de que hemos sido salvados por Jesucristo, y de que contamos con el Espíritu Santo como fortaleza; cuando se presentan los problemas, las dificultades o simplemente cuando no comprendemos la realidad, nos alejamos de Dios en busca de nuestros “becerros de oro”.

En la primera lectura, Moisés intercede por el Pueblo para que no sea destruido; pero nosotros creemos en Jesucristo, por tanto, no podemos olvidar que “Dios reconcilió al mundo consigo por medio de Cristo, y a nosotros nos confió el mensaje de la reconciliación…” ¿Cuál es este? Que aún en medio de tus debilidades él te ha querido salvar, que en medio de tus pecados y miserias para él vales la vida. Debes de reconocer esta grandeza de su amor, como hemos escuchado a San Pablo en la segunda lectura.

No hay ningún pecado tan grande que pueda opacar la Misericordia de Dios, lo único que puede limitar la misericordia de Dios en tu vida es el orgullo o la falsa autosuficiencia, reconoce la necesidad que tienes de Dios, reconoce si has estado mal gastando la herencia del Padre y deja que, como al hijo pródigo, te abrace, te cubra de besos, te revista, te calce y entra a formar parte de la fiesta que te tiene preparada.

(P. JLSS)

SÁBADO – SEMANA XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO


(1Tim 1, 15-17 / Sal 112 / Lc 6, 43-49)

Quien pone su atención solamente en sus limitaciones y sus pecados corre el riesgo de caer en un sentimiento derrotista cerrado a la gracia; o también, y quizás más peligroso aún, puede llegar a acostumbrarse y llegar hasta a justificarlas como buenas. “No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos.”

Cada uno de nosotros somos llamados a poner toda nuestra atención en la misericordia de Dios, a dejarnos vencer por su amor para buscar su perdón, no por fallar a una serie de prohibiciones, sino por no corresponderle a quien tanto nos ama.

Esto mismo lo encontramos en las palabras de San Pablo: “…Cristo Jesús vino a este mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero Cristo Jesús me perdonó, para que fuera yo el primero en quien él manifestara toda su generosidad y sirviera yo de ejemplo a las que habrían de creer en él, para obtener la vida eterna.” Después de su encuentro con Jesús no dejó que nada lo distrajera de él, inclusive el pecado es utilizado como impulso…

Se trata de poner mayor atención en Cristo (que venció el pecado) y no en cualquier otra cosa que no tendría porque atemorizarnos, restarle atención al pecado (que está vencido) y preocuparnos por cumplir la palabra del Señor y dar fruto. ¡Cimentémonos en él!, nada nos podrá derribar así.

(P. JLSS)

VIERNES – SEMANA XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO


(1Tim 1, 1-2. 12-14 / Sal 15 / Lc 6, 39-42)

Muchas veces nos hemos preguntado, de una u otra manera, qué podemos hacer para que nuestro perseverar tenga mayor constancia ¿no es cierto? Algo constante en los santos es que nunca olvidaron que su vida estaba en las manos de Dios, en las manos de aquel que los había salvado por puro amor y misericordia; y de contar con su gracia.

Ejemplo claro de esto lo encontramos en Pablo, que da su testimonio a Timoteo reconociendo esto: “Dios tuvo misericordia de mí, porque en mi incredulidad obré por ignorancia, y la gracia de nuestro Señor se desbordó sobre mí, al darme la fe y el amor que provienen de Cristo Jesús.”

¿Qué tanto valoras y aprovechas la gracia que Dios te ha dado? Esa fuerza que emana de la redención del Señor, del reconocimiento de que su amor por nosotros no tiene límites. “Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor y con él a mi lado jamás tropezaré.”

Pidámosle a Dios que nos de la humildad y la capacidad de reconocer, por su amor, lo que debemos de cambiar nosotros, antes de querer cambiar al otro. Que busquemos dar testimonio antes de cátedras, buscar ser transformados antes de querer andar transformando… “¿Cómo te atreves a decirle a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, si no adviertes la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga que llevas en tu ojo y entonces podrás ver, para sacar la paja del ojo de tu hermano”.

(P. JLSS)

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