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DOMINGO – SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

(Nm 6, 22-27 / Sal 66 / Ga 4, 4-7 / Lc 2, 16-21)

Hoy celebramos una Solemnidad en la que proclamamos a María como madre de Dios, le reconocemos como madre de Cristo, del Mesías, nuestro Señor. Cuando te preguntan acerca de cómo puede una creatura dar a luz a su creador ¿Qué respondes tú?

La respuesta puede parecer sencilla pero incluye un misterio inmenso, sin temor a equivocarnos podemos responder: “María es madre de Dios en la segunda persona, en cuanto a la humanidad”. En otras palabras, María es a quien Dios Padre eligió (entre todas las mujeres) como medio por el cual, por la acción del Espíritu Santo, se encarnaría su Hijo. Esta elección por parte de Dios ¿no merece gran respeto?

Por otro lado, la bendición israelita que escuchamos “El Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor…”, esto se ha cumplido de forma maravillosa con la encarnación, la contemplación del rostro de Dios en la tradición bíblica indica intimidad con nuestro Dios, no se puede negar que con la encarnación Él quiso hacer más.

María sabe obedecer la voluntad de Dios, acepta ser madre de la humanidad restaurada en su Hijo, siempre se preocupa por sus hijos y es maestra de silencio. Pidámosle hoy que reconocemos lo que nos logró saber guardar cosas, ser prudentes y meditar siempre en nuestro corazón la voluntad de Dios.

Con la encarnación, la naturaleza humana fue restaurada, y con la resurrección de nuestro Señor redimida, sumándole que “Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama “¡Abbá!” no se te olvide nunca esto: “ya no eres siervo, sino hijo; y siendo hijo, eres también heredero por voluntad de Dios”. ¿Por qué seguirse creyendo ajeno o extraño a Dios?

(P. JLSS)

SÁBADO – DÍA VII DENTRO DE LA OCTAVA DE NAVIDAD

(1Jn 2, 18-21 / Sal 95 / Jn 1, 1-18)

Cada fin de año debería resonar en nuestro interior esta frase del Salmo Responsorial: “cantemos al Señor un nuevo canto, que le cante al Señor toda la tierra; cantemos al Señor y bendigámoslo, proclamemos su amor día tras día”… ¿Por qué?

En primer lugar, porque estar al final e inicio de un año civil más, nos recuerda la importancia que tiene el presente como realidad; el papel del pasado, como un lugar de aprendizaje; y el del futuro, como meta o aquello que se quiere construir. Me gusta decir aclarar y no llegar, pues pensar en llegar hace secundario el camino, y en las construcciones todo trabajo es importante para poder ver la meta terminada. ¿no es cierto?

También, porque un año más de vida siempre es motivo suficiente para agradecerle a Dios por el nuevo horizonte que se nos ofrece. «Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término» (Evangelium Vitae, 2)

Pero sobre todo es un buen momento para evaluar cómo ha sido nuestra relación con Cristo, cómo la hemos vivido y a qué nos ha faltado renunciar para ser realmente libres. Y no sólo quedarnos en esta evaluación sino lograr que de ella surja un compromiso real para con nuestro Señor. Pues tenemos la certeza, de haber recibido la unción del Espíritu Santo y de tener por esto el verdadero conocimiento, como leímos en la Primera Lectura.

Pidámosle a Dios nuestro Padre, por Jesucristo (Señor del Tiempo), este año ser más dóciles al Espíritu Santo para alumbrar con nuestro testimonio de vida todo nuestro entorno, siendo conscientes siempre de que nosotros no somos la luz, sino testigos de la luz.

No olvidemos: “De su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia”.

(P. JLSS)

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