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XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO 

(Sb 11,22-12,2 / Sal 144 / 2 Ts 1, 11 – 2 ,2; / Lc 19, 1-10)

El domingo pasado recordamos al Publicano que se fue justificado y al fariseo interesado más en la vida de los demás que en su relación con Dios. Hoy el Evangelio de nuevo nos pone de ejemplo a un publicano.

Del de este día se nos da el nombre, Zaqueo, hasta se nos describe su estatura y su condición social (rico y jefe de publicanos)… pero se nos dice algo de mayor importancia y aunque: “trataba de conocer a Jesús; pero la gente se lo impedía”, el hace todo lo posible por lograrlo.

La primera lectura nos dice de una forma sencilla pero llena de lógica que somos amados, puesto nadie crearía algo que odiara. Bendigamos al Señor eternamente, porque es compasivo y misericordioso, siempre fiel a sus palabras… Él nos ha llamado a reconocer su amor en Jesucristo, pidámosle ser dóciles y dejar actuar su gracia en nuestro interior para sabernos plenamente amados.

Pensemos ¿Qué sería capaz de hacer para conocer a Jesús, a qué “árbol” necesito subirme para lograrlo? Sea cual sea ¡Vale la pena! Que Dios nos conceda escuchar su voz que nos dice: “bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”.

(P. JLSS)

SÁBADO DE LA SEMANA XXX DEL TIEMPO ORDINARIO

(Flp 1, 18-26 / Sal 41 / Lc 14,1.7-11)

¿Cuánto te preocupa realmente el anuncio de Jesucristo? Este sábado se nos invita en la Palabra a responder sinceramente esta pregunta, y es que la importancia que le demos en nuestro interior a nuestra Salvación va a depender la magnitud de interés que demos al anuncio de Jesucristo.

Todos tenemos un recuerdo de algún día en que nos dio un regalo (o varios) y que hasta la fecha no podemos recordar ese momento sin emocionarnos y recordar vivamente esa ocasión ¿Nos pasa así con Jesucristo nuestro Señor? Si te dijera: ¡Cristo nos salvó! ¿Te emocionaría o cómo responderías a esto?

Me impresiona mucho el celo apostólico de Pablo, más cuando uno descubre que este celo se basa en lo grandioso que fue su encuentro con Cristo, en este pasaje de su carta a los Filipenses hace una hermosa confesión: “para mí, la vida es Cristo; y la muerte, una ganancia. Pero si el continuar viviendo en este mundo me permite trabajar todavía con fruto, no sabría yo qué elegir”.

Siguiendo la parábola del Evangelio podríamos afirmar que san Pablo nunca se jactó de superioridad, sino que siempre reconoció su pequeñez y miseria ante Dios, no por sentimiento de culpa sino por asombro y gratitud ante la gracia y su poder que hace que cualquier yugo sea suave y ligero.

Busquemos a Dios y saciémonos de él reconociendo nuestras cualidades y limitaciones sin justificaciones baratas, y dejemos que nos invada la alegría de reconocer que, independientemente de nosotros, Dios ha querido llamarnos a estar junto a Él en su banquete eterno porque nos ama ¿No es buen motivo de alegría esto?

(P. JLSS)

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