VIERNES – SEMANA XXV DEL TIEMPO ORDINARIO


(Ecl [Qo] 3, 1-11 / Sal 143 / Lc 9, 18-22)

Ayer escuchábamos en el Evangelio la inquietud que tenía Herodes de «ver a Jesús», le quería ver, no le interesaba tanto conocerle… hoy escuchamos a Jesús preguntar a sus discípulos, a quienes lo conocen, quién decía la gente que era el hijo del hombre y, lo más fuerte, quién decían que era Jesús ellos.

¿Quién es Jesús para ti? Quizá la mayoría de nosotros podría contestar con las palabras del salmo: “Él es mi amigo fiel, mi fortaleza, mi seguro escondite, escudo en que me amparo, el que los pueblos a mis plantas rinde.” Valdría la pena ahondar más en ello y reconocer si nuestra respuesta es meramente teórica o experiencial. Cuando vienen los momentos difíciles, tristes o incomprensibles ¿hacia dónde corres a buscar refugio? ¿Hacia Dios?

Jesús ordena a sus discípulos no revelar a los demás quién era Él, lo hace porque él quiere que nuestra fe dependa de nuestro encuentro personal con Él, que no sea algo teórico… cuando les dice a sus discípulos “es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”; indica cuál es el camino que debemos seguir los creyentes, obediencia al padre y abandono a su voluntad confiados.

Pidámosle a nuestro Señor, que «vino a servir y a dar su vida por la redención de todos.» que nos enseñe a reconocer la grandeza del servicio y que su entrega nos haga sentirnos servidos por Él, cuidados y amados hasta el extremo, que su amor nos libre de todo falso refugio o escondite, todo lo podemos unidos a Él.

(P. JLSS)

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