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Tiempo de cuaresma 2016

  • «’Misericordia quiero y no sacrificio’ (Mt 9,13).
    Las obras de misericordia en el camino jubilar»

    1. María, icono de una Iglesiaque evangeliza porque es evangelizada

    En la Bula de convocación del Jubileo invité a que «la Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios» (Misericordiae vultus, 17). Con la invitación a escuchar la Palabra de Dios y a participar en la iniciativa «24 horas para el Señor» quise hacer hincapié en la primacía de la escucha orante de la Palabra, especialmente de la palabra profética. La misericordia de Dios, en efecto, es un anuncio al mundo: pero cada cristiano está llamado a experimentar en primera persona ese anuncio. Por eso, en el tiempo de la Cuaresma enviaré a los Misioneros de la Misericordia, a fin de que sean para todos un signo concreto de la cercanía y del perdón de Dios.

    María, después de haber acogido la Buena Noticia que le dirige el arcángel Gabriel, María canta proféticamente en el Magnificat la misericordia con la que Dios la ha elegido. La Virgen de Nazaret, prometida con José, se convierte así en el icono perfecto de la Iglesia que evangeliza, porque fue y sigue siendo evangelizada por obra del Espíritu Santo, que hizo fecundo su vientre virginal. En la tradición profética, en su etimología, la misericordia está estrechamente vinculada, precisamente con las entrañas maternas (rahamim) y con una bondad generosa, fiel y compasiva (hesed) que se tiene en el seno de las relaciones conyugales y parentales.

    2. La alianza de Dios con los hombres: una historia de misericordia

    El misterio de la misericordia divina se revela a lo largo de la historia de la alianza entre Dios y su pueblo Israel. Dios, en efecto, se muestra siempre rico en misericordia, dispuesto a derramar en su pueblo, en cada circunstancia, una ternura y una compasión visceral, especialmente en los momentos más dramáticos, cuando la infidelidad rompe el vínculo del Pacto y es preciso ratificar la alianza de modo más estable en la justicia y la verdad. Aquí estamos frente a un auténtico drama de amor, en el cual Dios desempña el papel de padre y de marido traicionado, mientras que Israel el de hijo/hija y el de esposa infiel. Son justamente las imágenes familiares —como en el caso de Oseas (cf. Os 1-2)— las que expresan hasta qué punto Dios desea unirse a su pueblo.

    Este drama de amor alcanza su culmen en el Hijo hecho hombre. En él Dios derrama su ilimitada misericordia hasta tal punto que hace de él la «Misericordia encarnada» (Misericordiae vultus, 8). En efecto, como hombre, Jesús de Nazaret es hijo de Israel a todos los efectos. Y lo es hasta tal punto que encarna la escucha perfecta de Dios que el Shemà requiere a todo judío, y que todavía hoy es el corazón de la alianza de Dios con Israel: «Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,4-5). El Hijo de Dios es el Esposo que hace cualquier cosa por ganarse el amor de su Esposa, con quien está unido con un amor incondicional, que se hace visible en las nupcias eternas con ella.

    Es éste el corazón del kerygma apostólico, en el cual la misericordia divina ocupa un lugar central y fundamental. Es «la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado» (Exh. ap. Evangelii gaudium, 36), el primer anuncio que «siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis» (ibíd., 164). La Misericordia entonces «expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer» (Misericordiae vultus, 21), restableciendo de ese modo la relación con él. Y, en Jesús crucificado, Dios quiere alcanzar al pecador incluso en su lejanía más extrema, justamente allí donde se perdió y se alejó de Él. Y esto lo hace con la esperanza de poder así, finalmente, enternecer el corazón endurecido de su Esposa.

    3. Las obras de misericordia

    La misericordia de Dios transforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo. Por eso, expresé mi deseo de que «el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» (ibíd., 15). En el pobre, en efecto, la carne de Cristo «se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado» (ibíd.). Misterio inaudito y escandaloso la continuación en la historia del sufrimiento del Cordero Inocente, zarza ardiente de amor gratuito ante el cual, como Moisés, sólo podemos quitarnos las sandalias (cf. Ex 3,5); más aún cuando el pobre es el hermano o la hermana en Cristo que sufren a causa de su fe.

    Ante este amor fuerte como la muerte (cf. Ct 8,6), el pobre más miserable es quien no acepta reconocerse como tal. Cree que es rico, pero en realidad es el más pobre de los pobres. Esto es así porque es esclavo del pecado, que lo empuja a utilizar la riqueza y el poder no para servir a Dios y a los demás, sino parar sofocar dentro de sí la íntima convicción de que tampoco él es más que un pobre mendigo. Y cuanto mayor es el poder y la riqueza a su disposición, tanto mayor puede llegar a ser este engañoso ofuscamiento. Llega hasta tal punto que ni siquiera ve al pobre Lázaro, que mendiga a la puerta de su casa (cf. Lc 16,20-21), y que es figura de Cristo que en los pobres mendiga nuestra conversión. Lázaro es la posibilidad de conversión que Dios nos ofrece y que quizá no vemos. Y este ofuscamiento va acompañado de un soberbio delirio de omnipotencia, en el cual resuena siniestramente el demoníaco «seréis como Dios» (Gn 3,5) que es la raíz de todo pecado. Ese delirio también puede asumir formas sociales y políticas, como han mostrado los totalitarismos del siglo XX, y como muestran hoy las ideologías del pensamiento único y de la tecnociencia, que pretenden hacer que Dios sea irrelevante y que el hombre se reduzca a una masa para utilizar. Y actualmente también pueden mostrarlo las estructuras de pecado vinculadas a un modelo falso de desarrollo, basado en la idolatría del dinero, como consecuencia del cual las personas y las sociedades más ricas se vuelven indiferentes al destino de los pobres, a quienes cierran sus puertas, negándose incluso a mirarlos.

    La Cuaresma de este Año Jubilar, pues, es para todos un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia. Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar. Por tanto, nunca hay que separar las obras corporales de las espirituales. Precisamente tocando en el mísero la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo. A través de este camino también los «soberbios», los «poderosos» y los «ricos», de los que habla el Magnificat, tienen la posibilidad de darse cuenta de que son inmerecidamente amados por Cristo crucificado, muerto y resucitado por ellos. Sólo en este amor está la respuesta a la sed de felicidad y de amor infinitos que el hombre —engañándose— cree poder colmar con los ídolos del saber, del poder y del poseer. Sin embargo, siempre queda el peligro de que, a causa de un cerrarse cada vez más herméticamente a Cristo, que en el pobre sigue llamando a la puerta de su corazón, los soberbios, los ricos y los poderosos acaben por condenarse a sí mismos a caer en el eterno abismo de soledad que es el infierno. He aquí, pues, que resuenan de nuevo para ellos, al igual que para todos nosotros, las lacerantes palabras de Abrahán: «Tienen a Moisés y los Profetas; que los escuchen» (Lc 16,29). Esta escucha activa nos preparará del mejor modo posible para celebrar la victoria definitiva sobre el pecado y sobre la muerte del Esposo ya resucitado, que desea purificar a su Esposa prometida, a la espera de su venida.

    No perdamos este tiempo de Cuaresma favorable para la conversión. Lo pedimos por la intercesión materna de la Virgen María, que fue la primera que, frente a la grandeza de la misericordia divina que recibió gratuitamente, confesó su propia pequeñez (cf. Lc 1,48), reconociéndose como la humilde esclava del Señor (cf. Lc 1,38).

    Vaticano, 4 de octubre de 2015
    Fiesta de San Francisco de Assis

    FRANCISCUS

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    “TE ADORAMOS CRISTO Y TE BENDECIMOS PORQUE CON TU SANTA CRUZ REDIMISTE AL MUNDO Y A MÍ PECADOR”.

     RITOS INICIALES.

    SE INICIA DE RODILLAS: “Por la señal de la Santa Cruz, de nuestro enemigos, líbranos Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

    ACTO DE CONTRICIÓN:

    Señor mío Jesucristo Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido. Quiero y propongo firmemente enmendarme y confesarme a su tiempo .Ofrezco cuanto bueno hiciere en satisfacción de mis pecados. Confió en vuestra bondad y misericordia infinitas, que me perdonareis y me daréis gracia para nunca más pecar. AMEN

    OFRECIMIENTO

    ¡Dulcísimo Jesús mío, que por mi amor quisiste caminar fatigado y afligido con el pesado madero de la cruz! En memoria y reverencia de lo que por mí padeciste en aquél áspero camino, te ofrezco los pasos que ahora daré, unidos a tus infinitos merecimientos, con la atención de ganar todas las indulgencias que los Romanos Pontífices han concedido a los que hacen con devoción este santo ejercicio. Para este fin te suplico y ruego por el remedio de las graves necesidades encomendadas por los Sumos Pontífices y aplico cuantas indulgencias ganaré por las benditas almas del Purgatorio que fueren de tu agrado y de mi mayor obligación. Dame, Señor, tu divina gracia, para que cuanto en este santo ejercicio medite o rece, sea grato a tus divinos ojos. ASÍ SEA.

     

     

    PRIMERA ESTACIÓN 

    “JESÚS ES CONDENADO A MUERTE”


    “Señor, pequé, ten misericordia de mí”.

    Todos: “Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador”. Amén.

    “Pilato mandó sacar a Jesús y dijo a los judíos: ‘Aquí tenéis a vuestro rey’. Pero ellos le gritaban: ‘¡Fuera, fuera, crucifícalo!’ Pilato le dice: ¿Pero cómo he de crucificar a vuestro rey?’ respondieron los príncipes de los sacerdotes: ‘Nosotros no tenemos más rey que el César’. Entonces se los entregó para que fuera crucificado” (Jn 19, 14-16).

    Considera alma mía, cómo en la casa de Pilatos fue cruelmente azotado el redentor del mundo, coronado de espinas y sentenciado a muerte. Señor, que el recordar la condena injusta que tú sufriste, nos cuidemos de no condenar a los demás.

    Todos: ¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz!

    ASÍ, SEA.

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

     

    CORO

    Perdón, oh Dios mío, perdón e indulgencia,
    perdón y clemencia, perdón y piedad.

     

    PRIMERA ESTROFA
    Pequé, ya mi alma su culpa confiesa,
    Mil veces me pesa de tanta maldad.

     

    SEGUNDA ESTACIÓN 

    “JESÚS CON LA CRUZ A CUESTAS”

    “Señor, pequé, ten misericordia de mí”.

    Todos: “Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador”. Amén.

    “Los judíos tomaron a Jesús y cargándole la cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario” (Jn 19,17).

     

    Considera alma mía, cómo a nuestro amado Jesús le pusieron en sus lastimados hombros el gran peso de la cruz. Señor, concédenos, para hacernos dignos de ti, el saber aceptar nuestra cruz con amor.

    Todos: ¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz!

    ASÍ, SEA.

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria. .

    CORO

    Perdón, oh Dios mío, perdón e indulgencia,
    perdón y clemencia, perdón y piedad.

     

     

    SEGUNDA ESTROFA
    Mil veces me pesa de haber, obstinado,
    tu pecho rasgado, oh Sumo Bondad.

     

     

    TERCERA ESTACIÓN 

    “JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ”
    “Señor, pequé, ten misericordia de mí”.

    Todos: “Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador”. Amén.

     

    “Han ofrecido mi espalda a los que me golpeaban, y mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no aparté la cara ni de los ultrajes ni de las salivas que me echaban” (Is 50,6).

     

     

    Considera alma mía, como caminando el Señor con la cruz a cuestas, herido y desangrado, cayó en tierra debajo de la Santa Cruz. Señor, el que camina, alguna vez cae. Que sepamos levantarnos y ayudemos a los demás a seguir caminando.

     

    Todos: ¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz!

    ASÍ, SEA.

     

     

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

     

    CORO

    Perdón, oh Dios mío, perdón e indulgencia,
    perdón y clemencia, perdón y piedad.

     

     

    TERCERA ESTROFA
    Yo fui quien del duro madero inclemente,
    te puso pendiente, con vil impiedad.

     

     

     

     

    CUARTA ESTACIÓN

     

    “JESÚS ENCUENTRA A SU SANTA MADRE”
    “Señor, pequé, ten misericordia de mí”.

    Todos: “Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador”. Amén.

     

    “Una espada atravesará tu corazón” (Lc 2,35).

     

    Considera alma mía, cómo el Señor con la Santa Cruz a cuestas encontró a su Santísima Madre triste y afligida. Señor, por el dolor que sufrió la Santísima Virgen María, te pedimos que bendigas a todas las madres que en este mundo sufren de alguna manera o por causa nuestra.

    Todos: ¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz!

    ASÍ, SEA.

     

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

     

    CORO
    Perdón, oh Dios mío, perdón e indulgencia,
    perdón y clemencia, perdón y piedad.

     

     

    CUARTA ESTROFA
    Por mí en el tormento tu sangre vertiste,
    y prenda me diste, de amor y humildad.

     

     

     

     

     

     

    QUINTA ESTACIÓN

     

    “EL CIRINEO AYUDA A JESÚS A LLEVAR LA CRUZ”

     

    “Señor, pequé, ten misericordia de mí”.

    Todos: “Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador”. Amén.

     

     

    “Cuando llevaban a Jesús al Calvario, detuvieron a un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para llevarla detrás de Jesús” (Lc 23,26).

     

     

    Considera alma mía, cómo los judíos contrataron a Simón Cirineo para que ayudara a llevar la cruz a nuestro Redentor, no movidos por la piedad, sino temiendo que se les muriese en el camino por el grande peso de la cruz. Señor, que sepamos dar un poco de nuestro tiempo y de nuestro amor a aquellos que lo necesitan.

     

    Todos: ¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz!

    ASÍ, SEA.

     

     

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

     

    CORO

    Perdón, oh Dios mío, perdón e indulgencia,
    perdón y clemencia, perdón y piedad.

     

    QUINTA ESTROFA
    Y yo en recompensa, pecado a pecado,
    la copa he llenado de iniquidad.

     

     

    SEXTA ESTACIÓN

     

    “LA VERÓNICA LIMPIA EL ROSTRO DE JESÚS”

     

    “Señor, pequé, ten misericordia de mí”.

    Todos: “Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador”. Amén.

     

     

    “Muchos se horrorizaban al verlo, tan desfigurado estaba su semblante que no tenía ya aspecto de hombre” (Is. 52, 14) .

     

     

    Considera alma mía, como la Verónica, viendo a Su Majestad fatigado, y su rostro oscurecido con el sudor, polvo, salivas y bofetadas, se llegó con toda reverencia a limpiárselo con un lienzo, en el cual quedó impreso el rostro divino del Salvador. Señor, ayúdanos a ser también como la Verónica, cristianos valerosos, para consolar a los que lloran y sufren por el camino.

    Todos: ¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz!

    ASÍ, SEA.

     

     

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

     

    CORO

    Perdón, oh Dios mío, perdón e indulgencia,
    perdón y clemencia, perdón y piedad.

     

    SEXTA ESTROFA
    Mas ya arrepentido, te busco lloroso,
    ¡oh Padre amoroso, oh Dios de bondad!

     

     

     

     

    SÉPTIMA ESTACIÓN

     

    “JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ”

    “Señor, pequé, ten misericordia de mí”.

    Todos: “Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador”. Amén.

     

     

    “Eran nuestros sufrimientos los que llevaba, nuestros dolores los que pesaban… Ha sido traspasado por nuestros pecados, desecho por nuestras iniquidades…” (Is 53, 4-5)

    Considera alma mía, cómo cayó el Señor por segunda vez en la puerta judiciaria. Señor, que no nos desalentemos frene a los fracasos o debilidades, sino que sepamos levantarnos y sigamos caminando.

     

     

    Todos: ¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz!

    ASÍ, SEA.

     

     

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

     

    CORO

    Perdón, oh Dios mío, perdón e indulgencia,
    perdón y clemencia, perdón y piedad.

     

    PRIMERA ESTROFA
    Pequé, ya mi alma su culpa confiesa,
    Mil veces me pesa de tanta maldad.

     

     

     

     

     

     

     

    OCTAVA ESTACIÓN

     

    “JESÚS CONSUELA A LAS PIADOSAS MUJERES”

     

    “Señor, pequé, ten misericordia de mí”.

    Todos: “Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador”. Amén.

     

     

    Seguían a Jesús una gran multitud del pueblo y de mujeres, que se golpeaban el pecho y lloraban por él, pero Jesús volviéndose a ellas, les dijo: ‘Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos'” (Lc 23, 27-28)

     

     

    Considera alma mía, cómo unas piadosas mujeres, viendo que llevaban a crucificar al Señor lloraron amargamente por verle tan injuriado. Señor, nos pides que lloremos por nosotros mismos por seguir en este mundo, pero ¿quién no se ha de compadecer de ti la mirarte así, Señor?

     

    Todos: ¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz!

    ASÍ, SEA.

     

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria. .

     

    CORO

    Perdón, oh Dios mío, perdón e indulgencia,
    perdón y clemencia, perdón y piedad.

     

    SEGUNDA ESTROFA
    Mil veces me pesa de haber, obstinado,
    tu pecho rasgado, oh Sumo Bondad.

     

     

     

    NOVENA ESTACIÓN

     

    “JESÚS CAE POR TERCERA VEZ”

     

    “Señor, pequé, ten misericordia de mí”.

    Todos: “Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador”. Amén.

     

     

    “Venid a mí todos los que estén cansados y oprimidos y yo los aliviaré. Carguen mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas” (Mt 11, 28-29)

     

    Considera alma mía, cómo cayó el Señor por tercera vez en tierra, hasta llegar con su santa boca al suelo; y queriéndose levantar, no pudo, antes volvió a caer de nuevo. Señor, que no seamos causa de tropiezo para los demás, sino una mano amigo que alivie y levante.

     

     

    Todos: ¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz!

    ASÍ, SEA.

     

     

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

     

    CORO

    Perdón, oh Dios mío, perdón e indulgencia,
    perdón y clemencia, perdón y piedad.

     

    TERCERA ESTROFA
    Yo fui quien del duro madero inclemente,
    te puso pendiente, con vil impiedad.

     

     

     

    DÉCIMA ESTACIÓN

     

    “JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS”

     

    “Señor, pequé, ten misericordia de mí”.

    Todos: “Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador”. Amén.

     

     

    “Llegados al lugar llamado Gólgota le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiel, pero él, habiéndolo gustado, no quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos a suerte” (Mt. 27,33).

    Considera alma mía, cómo habiendo llegado el Señor al Monte Calvario, los soldados sin piedad ninguna le despojaron de sus vestiduras. Señor, cuando el dolor nos toque y despoje de nuestro egoísmo y orgullo, que sepamos llenarnos de ti.

     

    Todos: ¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz!

    ASÍ, SEA.

     

     

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

     

    CORO
    Perdón, oh Dios mío, perdón e indulgencia,
    perdón y clemencia, perdón y piedad.

     

    CUARTA ESTROFA
    Por mí en el tormento tu sangre vertiste,
    y prenda me diste, de amor y humildad.

     

     

     

     

    DÉCIMA PRIMERA ESTACIÓN

     

    “JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ”

     

    “Señor, pequé, ten misericordia de mí”.

    Todos: “Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador”. Amén.

     

     

    “Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, crucificaron allí a Jesús y a los dos malhechores, uno a la derecha y el otro a la izquierda” (Lc 23,34)

     

     

    Considera alma mía, cómo fue clavado el Señor en el cruz; y oyendo su Santísima Madre el primer golpe de martillo, quedó transida de dolor. Señor, que tengamos el valor y la voluntad de perdonar a todos los que nos ofenden.

    Todos: ¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz!

    ASÍ, SEA.

     

     

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

     

    CORO

    Perdón, oh Dios mío, perdón e indulgencia,
    perdón y clemencia, perdón y piedad.

     

    QUINTA ESTROFA
    Y yo en recompensa, pecado a pecado,
    la copa he llenado de iniquidad.

     

     

     

     

     

     

    DÉCIMA SEGUNDA ESTACIÓN

     

    “JESÚS MUERE EN LA CRUZ”

     

    “Señor, pequé, ten misericordia de mí”.

    Todos: “Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador”. Amén.

     

     

    “Hacia la hora sexta, las tinieblas cubrieron la tierra hasta la hora nona. El sol se eclipsó y el velo del Templo se rasgó en medio. Y Jesús, con fuerte voz dijo: ‘Padre en tus manos encomiendo mi espíritu’. Y al decir esto, expiró” (Lc 23, 44-46)

     

    NOS ARRODILLAMOS Y PERMANECEMOS EN SILENCIO UN MOMENTO

     

    Considera alma mía, cómo crucificado ya el Señor, y cruelmente atormentado, exhaló por tu amor el último suspiro. Señor, ayúdanos a comprender que morir no es quedarnos muertos, sino nacer a una nueva vida.

     

    Todos: ¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz!

    ASÍ, SEA.

     

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

     

    CORO

    Perdón, oh Dios mío, perdón e indulgencia,
    perdón y clemencia, perdón y piedad.

     

    SEXTA ESTROFA
    Mas ya arrepentido, te busco lloroso,
    ¡oh Padre amoroso, oh Dios de bondad!

     

     

     

    DÉCIMA TERCERA ESTACIÓN

    “JESÚS EN LOS BRAZOS DE MARÍA SANTÍSIMA”

     

    “Señor, pequé, ten misericordia de mí”.

    Todos: “Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador”. Amén.

     

     

    “Un hombre llamado José, el cual era del Consejo, hombre bueno y justo, de Arimatea, cuidad judía, quien esperaba también el reino de Dios, que no había estado de acuerdo en la resolución de ellos, en sus actos, fue a ver a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Después lo bajó y lo amortajó en una sábana” (Lc 23, 50-53)

     

     

    Contempla alma mía, cómo José y Nicodemo bajaron de la cruz el santo Cuerpo y le pusieron en los brazos de la Santísima Virgen. Señor, que el dolor por quienes amamos nos lleve a comprender tu pasión y tu sufrimiento por nosotros.

     

    Todos: ¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz!

    ASÍ, SEA.

     

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

     

    CORO

    Perdón, oh Dios mío, perdón e indulgencia,
    perdón y clemencia, perdón y piedad.

     

    PRIMERA ESTROFA
    Pequé, ya mi alma su culpa confiesa,
    Mil veces me pesa de tanta maldad.

     

     

     

    DÉCIMA CUARTA ESTACIÓN

     

    “JESÚS ES PUESTO EN EL SEPULCRO”

     

    “Señor, pequé, ten misericordia de mí”.

    Todos: “Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador”. Amén.

     

     

    “José tomó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, y lo depositó en su propio sepulcro nuevo, que había hecho cavar en la roca, hizo rodar una piedra grande a la puerta del sepulcro y se retiró”. (Mt 27, 59-60)

     

    Contempla alma mía, cómo la Virgen María, Señora nuestra, acompañó a colocar el Cuerpo de su querido Hijo en el Santo Sepulcro. Señor, que no tengamos miedo de morir, porque la muerte es un paso a la vida que eres tú.

     

    Todos: ¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz!

    ASÍ, SEA.

     

     

    Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

     

    CORO

    Perdón, oh Dios mío, perdón e indulgencia,
    perdón y clemencia, perdón y piedad.

     

    SEGUNDA ESTROFA
    Mil veces me pesa de haber, obstinado,
    tu pecho rasgado, oh Sumo Bondad.

     

     

     

     

     

     

    ORACIÓN FINAL
    Padre Nuestro, una Ave María y un Gloria

    Por las intenciones del Papa, luego se añade:
    Señor Jesús, hemos llegado al final de este camino doloroso que tú recorriste. Ahora levantamos nuestra vista y te vemos suspendido en la cruz, con las manos y los pies traspasados por los clavos y con la cabeza coronada de espinas. Sabemos Señor Jesús, que tu sufrimiento es el fruto de tu infinito amor por nosotros. Tú agonizas y mueres por nosotros. Haz que también nosotros te amemos mucho, para que vivamos fielmente a tu pasión y muerte y jamás nos separemos de ti por el pecado.
    Te lo pedimos por los dolores de tu madre la Virgen María. Amén.

     

    DESPEDIDA
    Recordemos las palabras del ángel: “No teman, sé que buscan al crucificado. No está aquí, ha resucitado como lo había dicho. Vayan aprisa a decir a sus discípulos: ¡ha resucitado!”

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

    TE INVITAMOS A ASISTIR Y PROMOVER LA HORA SANTA SEMANAL.

    EN CATEDRAL TODOS LOS JUEVES, SE EXPONE EL SANTISIMO Y SE DA LA BENDICION.

    TE ESPERAMOS ALAS 6:00 DE LA TARDE.

     

     

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    POR FAVOR, NO LA MALTRATES.

     

    ARCHIVO DE HORAS SANTAS

    “ADOREMUS IN AETERNUM,”

    CATEDRAL.

     

  • Todos: Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos libranos Señor, Dios nuestro.

    Se inicia con la oraciones tradicionales.

    Cuaresma es un tiempo de especial gracia, es tiempo favorable para convertirnos. Nosotros como Iglesia nos preparamos para vivir y celebrar el Misterio de la Reconciliación, cada vez con un corazón más convertido. Este es el sentido: convertir nuestro corazón al Señor.

    Meditemos en este rosario en algunos medios que la Iglesia nos propone para poder prepararnos adecuadamente para la celebración de los misterios centrales de nuestra fe.

    PRIMERA MEDITACIÓN: La iniciativa siempre es de Dios

    Hay dos medios que nos propone la Iglesia para este tiempo litúrgico de la Cuaresma, que nos manifiestan claramente que la iniciativa parte de Dios-Amor. Por un lado, se nos propone tener una escucha atenta y reverente a la Palabra de Dios. Debemos tener durante esta Cuaresma un constante contacto con la Palabra Divina. Dios mismo sale a nuestro encuentro y nos invita a prepararnos nutriéndonos de su propia Palabra. Esta lectura de la Palabra de Dios, nos lleva a una oración más intensa, y éste es el segundo medio. Debemos nutrirnos de la oración durante esta Cuaresma, para no sucumbir y salir fortalecidos ante las tentaciones de Satanás. Esta oración debe mostrar nuestra reconciliación con Dios que nos invita al amor.

    Padre nuestro…

    SEGUNDA MEDITACIÓN: Cooperar con la gracia de Dios

    Otro de los medios que se nos propone durante la Cuaresma es acudir a los sacramentos de la reconciliación y de la Eucaristía. Es necesario acudir a la misericordia del Señor. Para convertirnos debemos dejar todo pecado. Pero solos no podemos. Confiemos en el perdón que nos ofrece el Señor. No hay pecado que Él no pueda perdonarnos. Y acudamos también al encuentro con el Hijo de Santa María, realmente presente en la Eucaristís. Él mismo se ofrece por nosotros y se entrega en el altar de la reconciliación.

    Padre nuestro…

    TERCERA MEDITACIÓN: El ayuno y la abstinencia

    Dos medios que nos ayudan a ir preparando mejor nuestro corazón. Debemos tomar conciencia de la bendición que nos da el Señor. Muchos no se percatan de la importancia de esto. Cuántos de nosotros sabemos del ayuno y abstinencia de todos los viernes de Cuaresma, como preparación. ¿Y cuántos de nosotros realmente lo vivimos?

    Muy importante es también la mortificación y la renuncia en algunas circunstancias ordinarias de nuestra vida, ocasiones para acercarnos a la luz del Señor y conformarnos con Él, purificando nuestros corazones.

    En esta meditación vamos a cantar el primer Ave María.

    Padre nuestro…

    CUARTA MEDITACION: Llamado a la conversión

    El Señor nos invita a convertirnos a Él. Debemos llegar hasta el fondo de nosotros mismos, pues se trata de morir a todo lo que es muerte para resucitar a una vida nueva en el Señor.

    Confiemos en la misericordia de Dios. Escuchemos lo que Él mismo nos dice en la Escritura: (hacer una pausa)

    «Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne»

    Padre nuestro…

    QUINTA MEDITACION: En compañía de María

    Y todo este camino que hemos emprendido, lo hacemos en la compañía tierna y amorosa de nuestra Santa Madre. Ella es guía segura en nuestro peregrinar hacia la plena configuración con su Hijo, el Señor Jesús. Es Ella quien con su intercesión nos ayuda a cambiar nuestro corazón de piedra en un corazón de carne.

    Acojámonos a su intercesión y confiémosle nuestros esfuerzos para vivir intensamente este tiempo de conversión.

    Padre nuestro…

    Convirtamos nuestro corazón, trabajemos por nuestra propia reconciliación personal, siempre guiados de la mano amorosa de nuestra Madre.

    Terminemos nuestra oración cantando LA SALVE.

    En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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