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SÁBADO DE LA SEMANA XII DEL TIEMPO ORDINARIO

(Lm 2, 2. 10-14. 18-19 / Sal 73 / Mt 8, 5-17)

Jesús en el Evangelio nos da unas sentencias muy fuertes: “Les aseguro que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos. En cambio, a los herederos del Reino los echarán fuera, a las tinieblas. Ahí será el llanto y la desesperación”.

¿Me estoy esforzando por sentarme en el Reino de los cielos? ¿Acepto la Voluntad de Dios o, por poner demasiada atención en las desgracias, llego a ignorar el mucho amor que Dios me tiene? ¿Cómo andamos respecto con nuestra confianza a Dios? Esforcémonos por ser como el oficial romano del evangelio…

Él reconoce que el poder para sanar a su criado está en Jesús, se acerca al Señor confiando en ese poder, reconoce su indignidad ante el poder de Jesús, pero su confianza siempre estuvo en Jesús y fue en aumento. Nunca se distrajo en otras cosas.

Solamente se nos exige una cosa, confiar… en la Primera Lectura escuchamos a un Pueblo poniendo atención en la desgracia y no en el poder de Dios, al igual que en el Salmo. El oficial romano, por su parte, pone mayor atención en el Poder de Jesús.

Pidámosle a Dios, docilidad para reconocerle poderoso, más poderoso que cualquier desgracia, su amor es más fuerte que cualquier prejuicio personal. Dejémosle que nos tome de la mano para que desaparezcan nuestros malestares y sirvamos a los demás confiados en su poder.

(P. JLSS)

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