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MIERCOLES DE LA III SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO.

(2 Sam 7, 4-17 / Sal 88 / Mc 4, 1-20)

En la Primera Lectura del día de hoy escuchamos como Natan va con David y le comunica las palabra que el Señor le manda a decir sobre su pensamiento de hacerle una casa.

A Dios no le molesta el plan de David de construir un Templo, más bien el Señor interroga sobre las intenciones que lo están llevando a querer construirlo. Los tiempos y formas de actuar de los hombres no son las de Dios, por eso le aclara quién construirá el templo y de dónde lo sacó a él.

Dios ha acompañado a su pueblo desde Egipto y así lo hará por siempre hasta la tierra prometida; a David, por otra parte lo hizo rey, algo fuera de toda espectativa de un pastor cuidador de ovejas.

El amor de Dios por nosotros supera toda espectativa personal, y su compañía es constante. No debemos pensar que Dios se limite con nuestras circunstancias y limitaciones humanas, el siempre nos dará más si lo dejamos.

Eso nos enseña Jesús con la parábola del sembrador ¿Qué nos debe interesar y quitar el sueño realmente? Sólo una cosa: abandonarnos y estar dispuestos a dejar actuar el amor y misericordia de Dios en nuestro ser. ¡Ser tierra buena donde actúe libremente la Palabra de Dios!

Que el encuentro con Cristo nos de la certeza diariamente de que nuestra vida nunca estará infecunda si dejamos que el sembrador, Cristo, arroje su semilla libremente.

“Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti” san Agustín.

(JLSS)

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