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Meditación del Evangelio. III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.

(Neh 8, 2-4. 5-6. 8-10 / Sal 18 / 1 Cor 12, 12-30 / Lc 1, 1-4; 4, 14-21)

Jesús predicaba e iba enseñando en las sinagogas; todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región de Galilea; Esto nos cuenta Lucas en su evangelio.

Nosotros le creemos a sus palabras, nos reunimos domingo tras domingo para escucharle, porque reconocemos que Él es el ungido por Dios para llevar a todos la buena nueva, anunciarnos la liberación, para curar y darnos libertad. ¡En él se cumple toda la escritura!

¿Cómo está la fama de Jesús en nuestro interior? ¿creemos y confiamos plenamente en él? Él tiene palabras de vida eterna, eso lo reconocemos racionalmente, pero hoy se mos pide recordar algo: Él es la Cabeza de todo.

Su voluntad es firme y siempre estable. ¿por qué nos preocupamos por cosas secundarias? San pablo hoy hace la comparación del cuerpo, y entre los muchos ejemplos que da econtramos: “si el pie dijera: no soy mano, entonces no formo parte del cuerpo, ¿dejaría de ser parte del cuerpo?”

Dejemos de anhelar ser otra cosa y vivamos el presente en el lugar que estamos, quizá no seamos el “miembro del cuerpo” que soñamos, esa es Voluntad de Dios.

No porque no estamos donde soñamos o como soñamos, dejemos que la vida se nos vaya, no olvidemos que estamos seguros, porque nuestra Cabeza es Cristo, que su presencia y permanencia sea siempre la que nos impulse a vivir el momento presente, colmandolo de amor.

Así y sólo así estaremos seguros que el futuro será hermoso, ya que lo estaremos construyendo diariamente.

Somos el cuerpo de Cristo, disfrutemos ser el miembro que seamos, pues lo grandioso es formar parte de su cuerpo. Ya que cuando un cuerpo sufre, todos sufren con él, y cuando recibe honores, todos se alegran con él.

(JLSS)

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