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Homilia. DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO

(Jer 1, 4-5. 17-19 / Sal 70 / 1 Cor 12, 31-13, 13 / Lc 4, 21-30)

Jesús es nuestra esperanza, él es el amor de Dios que se nos ha manifestado. Para valorar más y más este don y esta muestra de amor, necesitamos hacer nuestras las palabras que Dios le dirige al profeta Jeremías, y recordar que incluso antes de formarnos en el seno materno de él ya nos conoce, y sin embargo nos ama.

Dios es amor y si seguimos las características que Pablo da de lo que es el amor, si somos conscientes de la presencia de Dios en nuestras vidas, nos sabremos: comprendidos, seremos serviciales y nunca envidiosos, no presumiríamos nada, no habría espacio para el rencor, nos gozaremos con la verdad.

Disculparíamos, confiaríamos, esperaríamos y soportaríamos sin limites. Cierto es que Dios nos da tres virtudes: fe, esperanza y caridad. Pero como dice pablo, la caridad (el amor) es la mayor de las tres.

¡Amemos a Dios y dejémonos amar por Dios! Eso les faltó a los del pueblo de Jesús, amar y dejarse ser amados por Dios, por eso pusieron atención en otras cosas y hasta querían deshacerse de Jesús, no dejemos que Jesús pase de largo entre nosotros, recibámoslo.

El amor mueve más que el temor, si nos falta el amor nada somos, dejemos a Dios ser Dios, todo será de otra manera.

(JLSS)

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