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Homilia del II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

El día de hoy se nos presenta el milagro de las bodas en Caná de Galilea: de aquella fiesta en la que estaba Jesús de invitado y se acaba el vino… etc., de esta manera, dice el Evangelio, Jesús manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.

Nosotros hemos conocido el amor de Dios manifestado en Jesucristo, por eso podemos junto con el salmista “cantar la grandeza del Señor… proclamar su amor día tras día…” ¿o hay circunstancias que no nos permiten percibirlo? Muchas veces se nos olvida que con nosotros está Cristo, que el ha querido estar en nuestra fiesta, en nuestra vida.

¿Nos sentimos abandonados o desolados? ¡Revivamos el don del Espíritu Santo! Él está con nosotros desde el bautismo, Dios quiso permanecer así con nosotros, desposado casi, con cada uno de nosotros.

Que nuestra tristeza no venga de comparaciones vanales, porque: hay diferentes dones, pero el espíritu es el mismo. Diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Diferentes actividades, pero Dios que hace todo en todos es el mismo…

¿Cómo andan nuestras tinajas de vino? Nuestra alegría… ¿como anda?

Pidámosle a Dios reconocer su presencia en nuestras vidas y acerquemonos a Él, bajo la intercesión de la Virgen María, y reconozcamos que ya no tenemos vino, que nos sentimos desolados en algunos aspectos de nuestras vidas y el rellenará esas tinajas de un vino mejor y de mayor calidad que el que anhelamos.

(JLSS)

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