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FIESTA DE JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE

 

(Hb 10, 12-23 / Sal 39 / Lc 22, 14-20)

“Ciertamente que un sumo sacerdote como éste era el que nos convenía: santo, inocente, inmaculado, separado de los pecadores y elevado por encima de los cielos; que no necesita, como los demás sacerdotes, ofrecer diariamente víctimas, primero por sus pecados y después por los del pueblo, porque esto lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.” (Hb 7, 26-27)

Hoy celebramos el acto de ofrecimiento por nuestros pecados realizado por Cristo, pero también celebramos la institución del Sacerdocio Ministerial, por medio del cual todos los fieles reciben con certeza, la gracia de Nuestro Señor.

Por medio de este ministerio los fieles: son injertados a la Iglesia, por el bautismo; celebran la Eucaristía (fracción del pan) diariamente; reciben la absolución de sus pecados; la bendición de su vida matrimonial, asistencia y acompañamiento en su enfermedad.

Pero algo que no podemos olvidar es que por el bautismo, todos hemos fuimos configurados con Cristo Profeta, Sacerdote y Rey. Es otras palabras, que toda nuestra vida es sacerdotal, en cuanto que unida a la de él, se convierte en una completa oblación al Padre.

Agradezcámosle a Dios Padre, por la redención que Cristo nos obtuvo. Pidamos la santificación de todos los Sacerdotes que a lo largo del mundo deben conducir hacia Dios a aquellos que no lo conocen. Y pidamos también, saber “completar en nuestra carne lo que falta a la Pasión de Cristo” (Cf. Col 1,24), mediante nuestro ofrecimiento diario.

(P. JLSS)

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