DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO

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(Am 8, 4-7 / Sal 112 / Tim 2, 1-8 / Lc 16, 1-13)

La semana pasada reconocíamos la bondad de nuestro Padre Celestial que siempre nos espera y está dispuesto a recibirnos, basta que nos dejemos encontrar por Él. Esta semana nuestra meditación debe girar en qué tan valioso es para nosotros lo que Dios nos ofrece ¿qué te da más miedo perder la gracia o el dinero? ¿Cómo administras lo que Dios te da?

Es muy fácil distraerse cuando uno pierde de vista la misericordia y el amor de Dios, cuando esto sucede la persona tenderá a entretenerse en la crítica a lo malo de los demás o con la avaricia, ambos son intentos imaginarios de colmar vacíos. En lugar de reconocer lo que se debe cambiar, se crítico lo malo de aquel «que está peor que uno» como si eso restara responsabilidad; o bien, se viene la avaricia, como si la posesión de cosas materiales produjera paz.

Ante lo que no está a nuestro alcance cambiar, hay que orar. Ante la injusticia hay que actuar con responsabilidad. Ante lo que nos toca, hay que procurar hacerlo bien. ¿Que te ha confiado Dios? ¿Haces lo que te toca? ¿Disfrutas de la vida, de tu familia, de los pequeños detalles de la vida o has caído en el error de creer que de acuerdo a lo que produzcas es el valor que tienes?

Seamos claros, ninguna persona distraída dejar actuar a Dios con libertad en ella, pidamos a Dios que nos conceda «administrar» bien los dones que él nos ha dado y recuperar nuestra libertad frente a ellos. Jesús no hablaba en sentido figurado cuando dijo: “No hay criado que pueda servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro, o se apegará al primero y despreciará al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero.”

(P. JLSS)

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