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DOMINGO VI DE PASCUA

(Hch 15, 1-2. 22-29 / Sal 66 / Ap 21, 10-14. 22-23 / Jn 14, 23-29)

De la ciudad descrita en el libro del Apocalipsis formamos parte todos nosotros, todos los que nos sabemos redimidos por nuestro Señor Jesucristo. Los que nos sabemos cimentados en los apóstoles.

Todos los que amamos a Jesús y nos sentimos amados por él, sabemos que él ha querido hacer su morada en cada uno de nosotros, dándonos sólo una condición: cumplir sus palabras.

No nos impone más cargas que las estrictamente necesarias, es decir: vivir como personas que se saben amadas por Dios y demostrar con nuestras acciones diarias que creemos en Dios.

¿Qué tan fiel soy en lo cotidiano? ¿Soy consciente de que el Espíritu Santo está en mí y valoro su presencia? ¿Le pido su auxilio? Jesús nos dejó su paz, para que nunca nos acobardemos.

Nunca debemos permitirnos creer que estamos perdidos o en tinieblas, si es la Gloria de Dios la que nos ilumina y el Cordero nuestra lumbrera. Pidamos a Dios su Espíritu para aceptar su paz confiando en su constante compañía.

(P. JLSS)

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