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JUEVES – SEMANA II DE PASCUA


(Hch 5, 27-33 / Sal 33 / Jn 3, 31-36)

La certeza de la resurrección del Señor, dio a los apóstoles y discípulos del Señor un aplomo impresionante, pudieron pasar de estar escondidos temerosos a dar la cara y no temer amenaza alguna. Por eso hoy repito: “Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor.”

Ante la prohibición de predicar el Evangelio del Señor, dice la primera lectura que, “Pedro y los otros apóstoles replicaron: “Primero hay que obedecer a Dios y luego a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes dieron muerte colgándolo de la cruz…” la Cruz para ellos, ya no era un espanto, sino el medio por él que Dios les hizo contemplar su poder, su voluntad no puede ser frenada por el hombre.

Por ello, nuevamente te invito a analizar tu estado de ánimo, cómo estás viviendo estos momentos, ¿Crees en las palabras de Cristo? Hoy escuchamos en el Evangelio que “El Padre ama a su Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna.” No dejes que nada oscurezca tu fe, deja que la luz de Cristo ilumine todo tu ser, tu hogar, tu familia…

Pidamos al Espíritu Santo, que confirme con su presencia nuestra fe en el resucitado, que nos dé la luz para dejar de contemplar la amenaza como si ella tuviese la última palabra, que no se nos olvide que nada puede arrebatarnos de las manos del Padre. Que libres de todo miedo, podamos decir con plena confianza, como Pedro, “Nosotros somos testigos de todo esto y también lo es el Espíritu Santo, que Dios ha dado a los que lo obedecen”

(P. JLSS)

MIÉRCOLES – SEMANA II DE PASCUA


(Hch 5, 17-26 / Sal 33 / Jn 3, 16-21)

Quién no ha escuchado las palabras: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna…” son bellas, pero lo son más cuando escuchamos también el siguiente versículo: “Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él.” El amor que Cristo nos ha manifestado en la Cruz no es para generar culpa, sino libertad.

Los apóstoles estaban abandonados a la voluntad de Dios, le obedecían a él antes de a cualquier otra cosas siempre, aún estando presos obedecieron la orden de ir a predicar al templo, dando así testimonio con su vida. En este tiempo somos invitados, una vez más, a meditar sobre aquello a lo que le dimos toda nuestra atención.

En estos momentos ¿dejas que tanta información inverosímil te robe la paz? ¿Dejas que videos o audios con contenido incierto distraigan tu atención? “Junto a aquellos que temen al Señor el ángel del Señor acampa y los protege. Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor. Dichoso el hombre que se refugia en él.”

Vamos a pedirle a nuestro Señor Jesucristo que nos dé la paz y serenidad que necesitamos, que invada todo nuestro ser, que no permita que nada nos distraiga de nuestra fe, cuando sientas miedo, cierra tus ojos y repite: «tanto me ha amado Dios, que me envió a su Hijo, para que creyendo en Él no perezca sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenarme sino para que yo me salvara». Entrégate a su amor.

(P. JLSS)

MARTES – SEMANA II DE PASCUA


(Hch 4, 32-37 / Sal 92 / Jn 3, 7-15)

Valdría la pena que cada uno de nosotros nos fuéramos a nuestras Biblias y leyéramos el capítulo veintiuno del libro de los números, concretamente, del versículo cuatro al nueve y así sacarle más provecho a la frase que Jesús dice a Nicodemo: “Así como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.”

Los Hebreos, habían sido liberados de la esclavitud de Egipto, por medio de Moisés, él mismo los dirigían a la tierra prometida, sin embargo, tras caer en la rutina, se olvidan de lo que Dios había realizado por ellos y le reclaman a Moisés haberlos «sacado de Egipto para que murieran en el desierto», después de esto se da lo de las serpientes, y quienes fueran picados por ellas debían voltear a una serpiente que Moisés realizó por mandato de Dios y quienes eran mordidos se curaban al verla.

Las primeras comunidades estaban conscientes de la misericordia de Dios, ponían todo en común, nadie pasaba necesidad, todos tenían puesta su atención en la libertad que gozaban y en el remedio que tenían ante la caída: el amor y la gracia de nuestro Señor. Las primeras comunidades, confiaban en Dios, en su misericordia, por eso no podían caer en la rutina ni “acostumbrarse” a la presencia del Señor en medio de ellos.

¿Cómo estás viviendo este tiempo? ¿Has permitido que el miedo te ciegue? ¿Tienes miedo, intranquilidad o algo parecido? Vayamos hacia algún crucifijo que tengamos y reconozcamos a Aquel que ha querido ser levantado por cada uno de nosotros, pidámosle reconocer el inmenso amor que hay en su sacrificio. Que por la acción del Espíritu Santo podamos experimentar ese amor y reconocer que si el Señor no nos abandonó en el momento de la Cruz, menos lo hará ahora que está resucitado.

(P. JLSS)

DOMINGO II DE PASCUA – De la Divina Misericordia


(Hch 2, 42-47 / Sal 117 / 1Pe 1, 3-9 / Jn 20, 19-31)

“La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.” Así respondimos al Salmo, pero ¿qué es la misericordia? Según el diccionario es la «virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos.» el «atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pescados y miserias de sus criaturas.»

Hoy más que nunca estamos llamados a fortalecer en nuestro interior la certeza de este atributo divino para no vivir presos del pánico, escuchemos a Pedro que “bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, por su gran misericordia, porque al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, nos concedió renacer a la esperanza de una vida nueva, que no puede corromperse ni mancharse y que él nos tiene reservada como herencia en el cielo.” Sólo nuestra cerrazón o apegos desordenados, que por lo general son fruto del miedo, nos podrían privar de esta herencia.

No permitamos que el miedo nos cierre a dejar actuar la misericordia de Dios, él está dispuesto a amarnos y perdonarnos siempre, debemos dejarle. Tomás, uno de los doce, fue hasta grosero con Jesús al decir “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré…” sin embargo, cuando Jesús se vuelve aparecer, ocho días después, no le juzga duramente, pues comprende su miedo, solamente le dice: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree…”

¿Existe algún apego o miedo por el que te estés cerrando a la Misericordia de Dios? Deja que Jesucristo, la luz del mundo te encandile, no te distraigas con cualquier brillito, pon tu confianza sólo en Dios (como los miembros de las primeras comunidades) y reconoce este tiempo como una oportunidad para dejarte renovar por el amor de Dios. “Por esta razón, alégrense, aun cuando ahora tengan que sufrir un poco por adversidades de todas clases, a fin de que su fe, sometida a la prueba, sea hallada digna de alabanza, gloria y honor, el día de la manifestación de Cristo. Porque la fe de ustedes es más preciosa que el oro, y el oro se acrisola por el fuego.”


(P. JLSS)

VIERNES DE LA OCTAVA DE PASCUA


(Hch 4, 1-12 / Sal 117 / Jn 21, 1-14)

Todos los viernes debe recordarnos el día en que el Señor se ofreció por nosotros, el día en que se cumplieron las palabras del salmo: “la piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra de la mano del Señor, es un milagro patente.”

En la pasión y crucifixión del Señor ha quedado patente la magnitud del amor que nos tiene ¿dejas que ese amor te invada? En su sacrificio también se nos demuestra que la aceptación de la cruz es fuente de gracia sobre gracia… ¿ya le pediste a Dios que la fuerza de su amor y de su gracia te ayude a aceptar la situación que estamos viviendo?

Los apóstoles cuando dejaron que la fuerza del resucitado y del Espíritu Santo actuara en ellos fueron totalmente libres, encontraron impulso y nuevamente la alegría. En el Evangelio escuchamos que mientras los apóstoles se encontraban haciendo algo habitual fueron capaces de reconocer al Señor y tener un almuerzo de intimidad con él; en la primera lectura, Pedro y Juan no temieron confesar el Señorío de Jesucristo frente a aquellos a los que antes temían.

Pidámosle al Espíritu Santo que nos ayude a encontrar la serenidad en estos tiempos, la fuerza para poder aceptarlos como un momento de donde el Señor puede sacar muchos frutos. No perdamos de vista que de la cruz nos vino la resurrección; Uno se rinde cuando se desespera, pero cuando acepta, puede ceder ante lo difícil e incomprensible… busquemos en Dios nuestro consuelo.

(P. JLSS)

JUEVES DE LA OCTAVA DE PASCUA


(Hch 3, 11-26 / Sal 8 / Lc 24, 35-48)

Hemos venido platicando durante lo que llevamos de la octava de Pascua acerca de lo importante que es el no dejar que nada nos distraiga del gozo del Pascual, ni la incertidumbre, ni la tristeza, ni al miedo… también, comentamos que debemos poner todo esto en las manos de Dios y pedirle que nos dé la serenidad y su paz.

La pascua es un momento en el que debemos dejar que su gracia nos renueve, soltar las culpas o aquellas cosas y prejuicios personales por los que no nos abandonamos a su amor; el inválido de la primera lectura no pensó tanto en las imposibilidades de curación que tenía, sino que creyó en el poder de Nuestro Señor ¿te dejas distraer fácilmente?

Escuchamos en el Salmo una frase que nos debería servir para experimentar la grandeza del amor que Dios nos tiene: “¡Qué admirable es, Señor y Dios nuestro, tu poder en toda la tierra! ¿Qué es el hombre, para que de él te acuerdes; ese pobre ser humano, para que de él te preocupes?”, esto es un misterio que debemos aceptar: somos algo que merece totalmente su amor y entrega.

Escuchemos la voz del Señor, hoy quiere venir a nuestras vidas y quitarnos el miedo, consolarnos y darnos paz… dejémosle actuar con libertad. Abandonémonos a su amor y escuchémosle decir a nuestros corazones: “No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse…” Él ha querido liberarnos para que seamos libres, no esclavos (cf. Gal 5, 1)

(P. JLSS)

MIÉRCOLES DE LA OCTAVA DE PASCUA


(Hch 3, 1-10 / Sal 104 / Lc 24, 13-35)

Hoy más que nunca debemos tener presente que “Ni aunque transcurran mil generaciones, se olvidará el Señor de sus promesas, de la alianza pactada con Abraham, del juramento a Isaac, que un día le hiciera.” Dios es fiel y nos ama infinitamente ¿lo tienes presente? ¿Te abandonas a su amor?

¿Que tanta apertura tienes para recibir lo que Dios te ofrece? Ante el miedo que pudiésemos estar viviendo en estos momentos, debemos pedirle la gracia al Espíritu Santo para no aferrarnos al miedo o tristeza, ya que muchas veces “por no sufrir tanto” justificamos nuestro sentir o lo aminoramos.

Los discípulos que iban hacia Emaús, iban juntos caminando, pero no se iban acompañando, se desaprovechaban por ir sumergidos en la tristeza… pero tras escuchar toda la explicación del Señor, entienden y se abren a los demás, ya no se sienten solos y saben decirle “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer.” En la primera lectura, el lisiado de nacimiento, si se hubiera aferrado a que necesitaba dinero, no se hubiese curado, Pedro es sincero: “No tengo ni oro ni plata, pero te voy a dar lo que tengo: En el nombre de Jesucristo nazareno, levántate y camina”. Y, tomándolo de la mano, lo incorporó.”

Esta semana hemos pedido saber escuchar a Dios, estar atentos para descubrir lo que él nos quiere decir a través de diferentes formas, hoy le pedimos saber soltar esas falsas seguridades y dejarnos «incorporar» por su amor y por su gracia; quiero que traigan todas sus inquietudes y miedos a su mente y les reconozcan como cosas que están opacando la luz de Cristo en su interior y le digan al Señor: «Quédate conmigo, te necesito porque está oscureciendo». Él es la luz del mundo.

(P. JLSS)

MARTES DE LA OCTAVA DE PASCUA


(Hch 2, 36-41 / Sal 32 / Jn 20, 11-18)

Hemos escuchado el relato de la Resurrección que da San Juan, en él nos dice que María Magdalena, al no entender lo que pasaba se había quedando fuera del sepulcro llorando cuando de repente se aparecen dos ángeles y le preguntan por qué estaba llorando… ¿tienes claro en estos momentos qué te está inquietando y robando la paz?

Es necesario que prestemos mucha atención en las palabras de san Pedro, que nos recuerdan cómo ante lo incomprensible de la Cruz, la voluntad de Dios se cumplió: “sepa todo Israel, con absoluta certeza, que Dios ha constituido Señor y Mesías al mismo Jesús, a quien ustedes han crucificado…” de lo incomprensible Dios se vale para demostrarnos su amor.

“Sincera es la palabra del Señor y todas sus acciones son leales. Él ama la justicia y el derecho, la tierra llena está de sus bondades.” Nuevamente pregunto: ¿tienes claridad en qué es aquello que está distrayendo tu atención para no pensar en Dios? María Magdalena tenía claridad en qué la tenía triste: no sabía dónde estaba el cuerpo…

Muchos de nosotros quizá nos encontramos en circunstancias parecidas y la actual incertidumbre nos tiene tristes, pero basta prestar atención y escuchar a Jesús resucitado que nos pregunta: “¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?” Y le respondamos con toda sinceridad: que la fuerza de su resurrección arranque todo aquello que nos tenga confundidos y no permita que gocemos de la paz y serenidad que él nos quiere dar.

(P. JLSS)

LUNES DE LA OCTAVA DE PASCUA


(Hch 2, 14. 22-33 / Sal 15 / Mt 28, 8-15)

¡Cristo ha resucitado! Ante este anuncio, nos dice el evangelio que, “después de escuchar las palabras del ángel, las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, y llenas de temor y de gran alegría, corrieron a dar la noticia a los discípulos.” Notemos que las mujeres aunque temerosas, iban llenas de una «gran alegría».

Ante el temor causado por este virus, por los casos cercanos podamos estar viviendo, el bombardeo de información diferente, si hicieras una balanza ¿Qué tiene más peso, el temor o la alegría del Señor resucitado? Las mujeres se alejan del sepulcro a toda prisa, allí ya no había nada que hacer, estaba vencido.

En ese andar se les aparece Jesús y les dice: “No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán.” Dejemos que en este tiempo pascual las palabras del Señor penetren hasta lo más profundo de nuestra mente y corazón, él habiendo vencido a la muerte lo primero que les dice a estas mujeres (y a cada uno de nosotros) es «no tengan miedo».

Abramos nuestros oídos a Dios, hagamos nuestras las palabras del Salmo: “Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor y con él a mi lado, jamás tropezaré.” Contamos con el Señor, él se entregó por nosotros y aunque lo mataron para acabar con el, “Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte, ya que no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio.” Que hagan eco en ti las palabras del Señor: «no tengas miedo», que sólo te invada su alegría.

(P. JLSS)

DOMINGO DE RESURRECCIÓN


(Hch 10, 34. 37-43 / Sal 117 / 1Cor 5, 6-8 / Jn 20, 1-9)

Hoy celebramos la Pascua, el triunfo de Jesús sobre el pecado y la muerte, nuestro Señor quiso ofrecerse por los pecados de todos nosotros y su resurrección demuestra que a él, y a los que son de él, no les vence nada. “La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra de la mano del Señor, es un milagro patente.”

Es un día que nos hace recordar que nada nos puede alejar del poder que Jesús nos ha traído. Es un día para que voltees a ver algún crucifijo, pongas en él todos tus miedos, tus traumas, todo lo que hoy te esté atormentando, “¿No saben ustedes que un poco de levadura hace fermentar toda la masa? Tiren la antigua levadura, para que sean ustedes una masa nueva, ya que son pan sin levadura, pues Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado.”

¡Hoy es el día del triunfo del Señor! No se vale que vivamos asustados, no podemos olvidar las promesas del Señor, por más que se pongan las cosas extrañas, María Magdalena ante el sepulcro vacío dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto.” Pero una vez que el Señor le aclara la resurrección se vuelve testiga de la misma.

Hermanos, “el testimonio de los profetas es unánime: que cuantos creen en él reciben, por su medio, el perdón de los pecados…” no vivamos como si no tuviéramos esperanza, ¡nuestro Señor ha resucitado! Atrevámonos a entrar en el sepulcro de nuestro miedos y pánicos, reconozcamos que ya están vacíos pues su poder ha sido destrozado por el amor y la gracia que Dios nos tiene. ¡Felices Pascuas! Quien cree en Jesucristo sabe que ni la muerte puede vencerle…

(P. JLSS)

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