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DOMINGO V DE PASCUA


(Hch 14, 21-27 / Sal 144 / Ap 21, 1-5/ Jn 13, 31-33. 34-35)

Nuestro itinerario pascual comenzó con el domingo de Resurrección; al siguiente domingo se nos invitó a meditar sobre el misterio de la Misericordia Divina; después recordamos la vigilancia atenta que el Señor siempre tiene por su Iglesia; y hace una semana hablamos de Jesus nuestro Buen Pastor; hoy se nos recuerdan dos cosas: cuál es nuestra meta y el mandamiento del amor.

¿Cuál es nuestra meta? Lo escuchamos en la Segunda Lectura, el cielo nuevo y la tierra nueva, la Jerusalén celestial, “la morada de Dios con los hombres; vivirá con ellos como su Dios y ellos serán su pueblo. Dios les enjugará todas sus lágrimas y ya no habrá muerte ni duelo, ni penas ni llantos, porque ya todo lo antiguo terminó. Él hará nuevas todas las cosas.

Nuestro amor al prójimo debe brotar de nuestra propia experiencia del amor de Dios, de conocerle a Él que “es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. Bueno es el Señor para con todos y su amor se extiende a todas sus creaturas”. Nuestro Señor sabe muy bien todo el amor que nos ha dado, por ello no nos deja como recomendación el amar, sino como un mandamiento.

Si todos tenemos la misma meta, seguimos a nuestro Buen Pastor, contamos con todo lo necesario para alcanzar la meta de la vida eterna (gracia y amor de Dios) ¿qué esperamos para dejar que esto nos conduzca? Vamos a pedir en un momento de silencio a nuestro Padre, que el Espíritu Santo haga que experimentemos una vez más su inmenso amor, para que nuestra manera de amar a los demás manifieste que seguimos a su Hijo.

(P. JLSS)

SÁBADO – IV SEMANA DE PASCUA


(Hch 13, 44-52 / Sal 97 / Jn 14, 7-14)

Cuando la palabra de Dios te confronta ¿Cuál es tu reacción? ¿lo aceptas o lo rechazas? En la primera lectura escuchamos, como los judíos de Antioquía que rechazaban la predicación del Evangelio, se llenan de envidia y comienzan a contradecir a Pablo con palabras injuriosas… no hay peor ciego que aquel que no quiere ver ¿no es cierto?

En el Evangelio, escuchamos algo similar, en esta ocasión no es alguien ajeno a la fe, es un discípulo, Felipe. Pide algo más para poder creer: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”, a lo que Jesús responde “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?”

Unos rechazan el Evangelio por no querer soltar aquello a lo que están apegados, se cierran a la novedad; otros, no se abandonan a él por faltarles pruebas…; lo más triste es quienes les pasa como a los judíos, que por no considerarse dignos de la vida eterna, por puro complejo, se cierran a la gracia de Dios.

Vamos a pedirle a nuestro Padre tener la libertad de los ciudadanos de Antioquía, me refiero al hecho de que ellos no se pusieron a querer comprender la misericordia, sino que se regocijaban y glorificaban la palabra de Dios, y acudían a ella llenos de alegría y del Espíritu Santo. Acerquémonos al amor de Dios confiando en él, no tanto en nuestras limitaciones, ni que estuviéramos solos.

(P. JLSS)

VIERNES – IV SEMANA DE PASCUA


(Hch 13, 26-33 / Sal 2 / Jn 19, 1-6)

Los tiempos de Dios no son los nuestros, como dice el libro del Eclesiastés: Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo (Ecle 3, 1), nuestro Señor nos enseñó que ni una hoja se cae sin que se cumpla la voluntad de Dios. ¿Cómo está tu confianza en Dios?

San Pablo es capaz de reconocer esto cuando dice: “La promesa hecha a nuestros padres nos la ha cumplido Dios a nosotros, los hijos, resucitando a Jesús…”. Quizás no fue cuando alguien quería, sino cuando debería ser. Al igual que lo que puedas estar viviendo, pídele a Dios con plena confianza de que te responderá en el momento apropiado.

Ante cualquier duda, incertidumbre y/o necesidad, debemos recordar las palabras del Señor: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí”, ante cualquier duda, él es la verdad; ante el desánimo, él es la fuente de vida; y cómo debemos conducirnos, lo aprenderemos siguiendo sus huellas.

Pidámosle a Dios, nuestro Padre, la luz del Espíritu Santo para no desanimarnos en él perseverar por el camino de su Hijo, que nos animen sus palabras: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque ahora voy a prepararles un lugar”.

(P. JLSS)

JUEVES – IV SEMANA DE PASCUA


(Hch 13, 13-25 / Sal 88 / Jn 13, 16-20)

Al escuchar la predicación de San Pablo, el recorrido que hace desde el tiempo en que los israelitas fueron forasteros en Egipto, de los jueces, hasta el Rey David de cuyo linaje, “conforme a la promesa, Dios hizo nacer para Israel un Salvador, Jesús”, deberíamos llenarnos de gozo y regocijo por formar parte de esta historia de salvación.

Y no sólo por eso sino también por contar con el Señor Jesús, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, porque su amor por nosotros es tan grande, que quiso lavar nuestras culpas con su sangre. Hoy la palabra nos invita a reconocer, una vez más, la grandeza del amor que el Señor nos ha tenido.

El mismo Jesús inmediatamente después de lavar los pies a sus discípulos, les invita a reconocer esto: “Yo les aseguro: el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán dichosos”. Quien se sabe amado, lo transmite.

Si existe alguien con el que tengas un problema inmenso, difícil de perdonar, imagínate al Señor que te lava los pies y te dice la frase anterior para que poco a poco eso se haga más sencillo, entrega ese sentimiento que tengas, para que ese lugar sea colmado por el amor de Cristo.

(P. JLSS)

MIÉRCOLES – IV SEMANA DE PASCUA


(Hch 12, 24-13, 5 / Sal 66 / Jn 12, 44-50)

Ayer que celebramos al apóstol Matías recordábamos que el Señor nos ha destinado para dar fruto y que este fruto permanezca, hoy se nos invita a dar testimonio de que nos hemos encontrado con la luz del mundo, Jesucristo nuestro Señor.

“Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas. Si alguno oye mis palabras y no las pone en práctica, yo no lo voy a condenar; porque no he venido al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo”. Jesucristo nos ofrece todo lo que necesitamos para salvarnos, qué tanto aprovechemos esto dependerá de nosotros.

El señor es la luz del mundo, el que lo sigue tiene la luz de la vida. Es decir, a quien le tiene se le debe notar, cabría preguntarnos si nuestra presencia en los lugares en los que nos desenvolvemos marca una diferencia o si no ¿Transmito luz o tinieblas?

Vamos a pedirle a nuestro padre estar dispuestos siempre a marchar, como lo hizo Pablo y Bernabé, a la misión que Él tenga reservada para nosotros, confiando plenamente en que si la luz que necesitamos va con nosotros, no hay porque temer tiniebla alguna.

(P. JLSS)

MARTES – IV SEMANA DE PASCUA


Fiesta de San Matías, Apóstol
(Hch 1, 15-17. 20-26 / Sal 112 / Jn 15, 9-17)

Hoy celebramos al apóstol san Matías, él es quien ocupó el lugar de Judas Iscariote en el grupo de los doce, después de este último se quitara la vida se vio la necesidad de nombrar a otro testigo de la resurrección de Jesús para completar nuevamente el grupo de los doce. Se buscó que fuera de los que acompañaron al Señor, desde que Juan bautizaba hasta el día de la ascensión.

Matías perseveró a un lado de Jesús, no por un puesto o para obtener poder, le siguió y se convirtió en testigo de su resurrección; al igual que él, cada uno de nosotros debemos seguir a Jesús en libertad, seguros de que estando a su lado todo estará bien.

Vivamos tranquilos nuestro seguimiento de Jesús, siendo conscientes de que no somos nosotros los que le hemos elegido, es él quien nos ha elegido y nos ha destinado para que vayamos y demos fruto y nuestro fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidamos en su nombre. ¿Cómo lograremos esto? Amándonos los unos a los otros como hemos sido amados por el Señor.

Pidámosle a Dios Padre, por intercesión de san Matías, la fortaleza necesaria para perseverar en su camino siendo testigos de la resurrección de su Hijo, y que por acción del Espíritu Santo nuestro esfuerzo esté puesto en permanecer en su amor, que por nada nos alejemos de ese magnífico don.

(P. JLSS)

LUNES – IV SEMANA DE PASCUA


(Hch 11, 1-18 / Sal 41 / Jn 10, 1-10)

En la palabra de este día se nos invita a escuchar al Señor convencidos de que él es nuestro pastor, de que nos conoce y ha querido dar su vida por cada uno de nosotros por pura misericordia, porque nos conoce y sabe lo ir necesitábamos para ser mejores.

No podemos permitir que ningún complejo, ni prejuicio que tengamos hacia nosotros mismos haga que dudemos si nos podemos o no acercar a Dios; los circuncidados de Jerusalén tenían prejuicios contra los paganos, pero Dios le demostró a Pedro que él no hacía distinción, por medio de la visión y del Espíritu Santo.

Imaginemos que las palabras que Pedro escuchó en su visión, nos la dice hoy Dios a cada uno de nosotros: “No tengas tú por impuro lo que Dios ha hecho puro”. Cada que te surjan dudas acerca del amor que Dios te tiene, cada que tu pasado te quiera limitar, cada que surjan en tu interior pensamientos derrotistas, recuerda que él vino para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.

Consientes del inmenso amor que Dios nos ha tenido, de lo grandioso de contar con él y de ser sus ovejas, pidámosle al Espíritu Santo con confianza “Envíame, Señor, tu luz y tu verdad; que ellas se conviertan en mi guía y hasta tu monte santo me conduzcan, allí donde tú habitas”.

(P. JLSS)

IV DOMINGO DE PASCUA

(Hch 13, 14. 43-52 / Sal 99 / Ap 7, 9. 14-17 / Jn 10, 27-30)

La semana pasada se nos pidió reconocer que el Señor quiere que descansemos y recobremos fuerzas a su lado, como hizo con los discípulos que estaban muy cansados por sus intentos de pescar sin el maestro toda la noche, hoy se nos invita a cuestionarnos: ¿Cuánta atención le prestas a su voz?

Cuando Jesús dice en el Evangelio: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano”; siempre me pregunto qué tanto reconozco su voz, qué tanto me experimento salvado por él, qué tanto me aferro a su gracia…

Los problemas o cuestiones incomprensibles, pueden hacer que nos distraigamos de lo que debemos hacer para demostrar que Jesús es nuestro buen pastor: “permanecer fieles a la gracia de Dios”. ¿Qué significa esto? Reconocer el don de Dios que, por su libre benevolencia, ha querido protegernos, salvarnos y amarnos hasta el extremo. Él es el Buen Pastor, nunca nos dejará desamparados.

Se viene a mi mente aquella frase de San Agustín: Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti. Dios no te va a forzar para que aceptes la salvación que te ha dado, te va a poner todos los medios a tu alcance, pero dependerá de ti lo que aceptes de aceptes de esto. Tenemos al buen pastor, contamos con todo el poder y la libertad que nos ofrece, depende de nosotros qué tanto aceptaremos.

(P. JLSS)

SÁBADO – III SEMANA DE PASCUA


(Hch 9, 31-42 / Sal 115 / Jn 6, 60-69)

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Fue la pregunta con la que respondíamos a la Palabra de Dios en este día, pero a mi me gustaría que nos cuestionáramos acerca de qué es aquello que reconocemos que Dios ha obrado en nosotros. Porque si no reconocemos nada ¿De qué vamos a estar agradecidos?

En la primera lectura escuchamos dos milagros asombrosos de san Pedro, en el primero curó a Eneas, que llevaba 8 años enfermo; después, consiguió la resurrección de Tabitá por su intercesión. La respuesta que den a esto, al igual que nosotros, dependerá del reconocimiento y la gratitud que tengan por las obras de Dios.

Los personajes del Evangelio, ante la incomprensión de las palabras del Señor, en lugar de pedir aclaración, quieren abandonar al Señor. A ti y a mí el Señor nos diría lo mismo que a los Doce: “¿También ustedes quieren dejarme?”. Sabe lo que ha hecho por nosotros, sólo necesitamos reconocerlo.

Pidámosle a Dios la fuerza del Espíritu Santo, que nos fortalezca y nos ayude a reconocer su acción en nuestras vidas de manera que, aun en medio de la incertidumbre, perdamos decirle como Simón Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

(P. JLSS)

VIERNES – III SEMANA DE PASCUA


(Hch 9, 1-20 / Sal 116 / Jn 6, 52-59)

La vocación de San Pablo demuestra lo cierto de la frase “Donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6, 21), mientras él estuvo luchando aguerridamente en contra de la verdad aceptó hasta la violencia y muerte por aferrarse a aquello, cuando se abrió a ella se ha convertido en una bendición para el mundo entero.

¿Te aferras a lo que tú crees que es verdadero? ¿Escuchas a aquellos que pueden enseñarte cosas nuevas? ¿Estás abierto a cambiar algo en tu vida por el amor de Cristo? Para poder responder que sí a estas preguntas sin dudar, necesitas sólo una cosa: dejarte amar por él con libertad.

A uno se le nota de que es aquello de lo que se alimenta, hagámosle caso a las palabras de Jesús en el Evangelio de este día: “Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día”. Pablo se abandonó al misterio Jesús y de perseguidor pasó a ser apóstol.

Pidámosle a Dios estar atentos a su voz, así como también a los diversos medios por los cuales él se quiera comunicar con nosotros, dejémonos conducir el Amor antes que por el orgullo. Cómo decía san Agustín: los que no quieren ser vencidos por la verdad, terminaran vencidos por el error.

(P. JLSS)

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