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JUEVES – SEMANA XIII DEL TIEMPO ORDINARIO


(Am 7, 10-17 / Sal 18 / Mt 9, 1-8)

El profeta Amos, anuncia la ruina de Israel y el fin de la dinastía del rey Jeroboam; por ello Amasías, sacerdote de Betel le envía este mensaje al rey: «Amós está conspirando contra ti en Israel y el país ya no puede soportar sus palabras, pues anda diciendo que Jeroboam morirá a espada e Israel saldrá de su país al destierro»; por otra parte va directamente con Amós para decirle que se vaya de la región…

Amasías, tiene al profeta que le dice lo que debe de cambiar, pero como no le gusta lo que oye, prefiere hacer uso de la profecía en contra del profeta y haciendo que el rey lo mire como una amenaza; después va con el profeta y le invita a retirarse. Todo un cabildero, azora a los destinatarios de la profecía, y trata de persuadir al profeta para que se aleje. Una vez que reconoces que Dios te dice algo ¿Aceptas su mensaje o buscas analizar el medio por el que te llega?

Muchos tenemos en nuestras mentes, frases como la de Salmo: “La voluntad de Dios es santa y para siempre estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.” Pero en el momento en que se nos presenta algo que no consideramos agradable, luego luego buscamos devaluar el medio por el cual nos llegó el mensaje ¿no es cierto? Es lo que le pasa a Jesús en el Evangelio, ante la novedad de sus palabras, algunos comienzan a considerarle un blasfemo, por ello les dice “¿Por qué piensan mal en sus corazones? ¿Qué es más fácil: decir ‘Se te perdonan tus pecados’, o decir ‘Levántate y anda’?” Y para comprobar su poder, cura al enfermo.

“Dios reconcilió al mundo consigo por medio de Cristo, y a nosotros nos confió el mensaje de la reconciliación.” Es decir, Dios ha querido salvarte gratuitamente, debes aceptar esto, no poner tanta atención en ti sino en Él y reconocer su inmensa misericordia. No corras ni trates de alejarte de su amor por miedo. Déjate amar.

(P. JLSS)

MIÉRCOLES – SEMANA XIII DEL TIEMPO ORDINARIO


(Am 5, 14-15. 21-24 / Sal 49 / Mt 8, 28-34)

Continuando con las interrogantes que ayer planteábamos sobre qué tanto nuestras acciones están construyendo el futuro que añoramos, ahora escuchamos en el Salmo: “¿Por qué citas mis preceptos y hablas a toda hora de mi pacto, tú, que detestas la obediencia y echas en saco roto mis mandatos?” Ahora la Palabra nos confronta acerca de la coherencia entre lo que hablamos y hacemos…

“Busquen el bien, no el mal, y vivirán, y así estará con ustedes. como ustedes mismos dicen, el Señor, Dios de los ejércitos.” Buscar el bien en todo lo que hagamos… una vez más se nos recuerda que no debemos preocuparnos tanto de no hacer “cosas malas”, sino de esforzarnos más por hacer el bien, esforzándonos por esto dejaremos aquello.

Detengámonos un momento a pensar, qué es aquello que consideramos «bueno», porque »donde está nuestro tesoro allí está nuestro corazón» (cf. Mt 6, 21) ¿es Dios tu mayor tesoro? En el pasaje del Evangelio, contemplamos cómo la gente prefirió salvar su ganado que reconocer la acción de Dios: “Entonces salió toda la gente de la ciudad al encuentro de Jesús, y al verlo, le suplicaron que se fuera de su territorio.”

Pidámosle a nuestro Padre Celestial que, por la fuerza del Espíritu Santo, nos dé la capacidad de aferrarnos a su amor y a su cuidado antes que a otras cosas, no vaya ser que por miedo terminemos rechazando, o ignorando, la presencia del Señor en nuestras vidas. Como ese pueblo que en lugar de gozar la acción de Jesús en sus hermanos, lamentan los cerdos perdidos…

(P. JLSS)

SEMANA XIII DEL TIEMPO ORDINARIO


Solemnidad de los santos Pedro y Pablo, apóstoles.
(Hch 12,1-11 / Sal 18 / 2Tim 4, 6-8. 17-18 / Mt 16, 13-19)

Este día celebramos a dos grandes apóstoles que con su labor hicieron vida las palabras del Salmo: “El mensaje del Señor resuena en toda la tierra.” Si me preguntarán cuál fue el secreto para que estos dos hombres fueran tan aguerridos, respondería sin dudar su docilidad al Espíritu Santo y su experiencia de la misericordia de Dios.

Cuando uno se convierte a Dios y quiere seguirle fielmente, uno de los principales miedos que se le vienen a la cabeza, es el pasado, lo que uno ha vivido o hecho; lo que estos dos apóstoles nos enseñan con claridad es no desconfiar del poder de Dios en nosotros y a no desaprovechar el momento de misericordia.

Ambos tenían clara la misión que Dios les había dado (a Pedro, ser jefe del colegio apostólico y su vicario en la tierra, a Pablo, ser el apóstol de los “gentiles”), tenían claro también su pasado, como escuchamos en las lecturas; y ambos eran conscientes de que Dios les había perdonado, y le convirtieron en su mayor riqueza. No se quedaron aferrados al lugar de donde habían sido sacados, de aferraron a donde les habían invitado.

Así tu y yo, agradecidos por la labor de estos dos grandes apóstoles, pidamos por su intercesión, que Dios nos conceda aceptar la misión que él nos ha dado, alegrarnos por la confianza que nos ha tenido y abandonarnos a su amor y gracia. Que nuestro pasado no alimente culpas o etiquetas, sino que sirva sólo para reconocer de donde hemos sido sacados por puro amor y misericordia.

(P. JLSS)

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO


(2Re 4, 8-11. 14-16 / Sal 88 / Rm 6, 3-4. 8-11 / Mt 10, 37-42)

La semana pasada hablamos de no dejarnos distraer por ningún “cuchicheo” que nos quiera robar la paz que la presencia de Dios trae consigo. Hoy la palabra nos invita a estar a estar atentos para reconocer todo lo que Dios nos da a diario, valiéndose de diversos medios. «Quien no reconoce, no agradece…»

Pongamos un ejemplo, si nuestra vida de fe la contemplamos como una lucha contra el pecado, podrá volverse hasta angustiante; más si reconocemos el inmenso amor de Dios en toda su obra redentora y nuestro esfuerzo está en dejarnos amar cada vez más, la vida de fe se vuelve en algo siempre nuevo y liberador. Para lograrlo, sigamos el consejo de San Pablo: “considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.” Que lo que nos haga temer el pecado sea perder el amor recibido.

Vivir con apertura a Dios, hará que crezca cada vez más nuestra humildad y nos hará más agradecidos. La humildad, porque sabremos reconocer cuando algo nos llegue, que proviene en mucho, de la Divina Providencia y no sólo de nuestro esfuerzo; y esto nos hará ser cada vez más agradecidos por los dones recibidos y descubrir con mayor facilidad, en las necesidades del otro, una oportunidad para compartir lo que se me ha dado.

Elíseo, reconoció la ayuda que se le brindaba, quiso corresponder a ella… Cristo nos ha brindado su amor, su gracia y misericordia ¿qué tanto buscamos corresponder a ella? “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.” Quien pone toda su atención en aquello que ha dejado, comenzará a ignorar lo que ha encontrado… que nuestras mentes estén más en Dios.

(P. JLSS)

SÁBADO – SEMANA XII DEL TIEMPO ORDINARIO


(Lam 2, 2. 10-14 / Sal 73 / Mt 8, 5-17)

Permanecer fiel al Señor en momentos de dificultad o sufrimiento se vuelve muy difícil cuando uno se deja invadir por estos sentimientos, si los quiere evitar a toda costa puede caer en el error de buscar sólo que se le “endulce” el oído, que se le diga sólo lo que quiere escuchar.

Al pueblo de Israel, se le reprocha esto en la primera lectura: “¿Quién podrá curarte? Tus profetas te engañaron con sus visiones falsas e insensatas. No te hicieron ver tus pecados para evitarte así el cautiverio, y sólo te anunciaron falsedades e ilusiones.” Jesús en la Cruz, es un ejemplo de cómo se debe asumir el sufrimiento: abandonado en el amor de Dios, sufriendo con la dignidad que da el saberse amado y aceptando la voluntad de quien sabes que te ama.

¿Cómo te acercas a Dios en estos momentos: como alguien que en medio de la incomprensión se sabe amado o cómo quien, indignado, reclama sus derechos? El soldado del Evangelio se acerca a Jesús, sabiendo que tenía el poder de curar al criado, y aún sintiéndose indigno se acerca al Señor confiando más en su poder, que en lo indigno que pudiera considerarse.

Se trata entonces de dejarnos encontrar por Dios, dejarle que actúe con libertad en nuestro interior, que se acerque y sane todos nuestros miedos y sufrimientos, como la suegra de Pedro. Presentémosle todos nuestros miedos e inseguridades y dejémonos fortalecer por el Espíritu Santo sin pensar tanto en nuestras limitaciones, digámosle: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, con que digas una palabra sé que quedaré sanado(a)».

(P. JLSS)

VIERNES – SEMANA XII DEL TIEMPO ORDINARIO


(2Re 25, 1-12 / Sal 136 / Mt 8, 1-4)

Es difícil reconocer el poder de Dios cuando uno se encuentra en dificultades o en medio del sufrimiento, en esos momentos se puede llegar al extremo de experimentarle ausente. Cuando uno se achica frente el sufrimiento, terminará rindiéndose o huyendo.

El rey Sedecías, quizá por orgullo, quizá porque se había aferrado a su corona, no supo sobrellevar sus relaciones con Nabucodonosor, tras dos años de vivir en la ciudad sitiada, sale corriendo, huye y es aprehendido ¿Te experimentas “sitiado” por algo? ¿Por la amenaza de contagio? ¿Por el miedo? ¿Por la soledad? ¿Por la incomprensión? Admítelo frente a nuestro Señor.

Sedecías quizá nunca se quiso dar cuenta del agujero en el que estaba mientras la ciudad estaba sitiada, y por ello no acudió a ninguna parte en busca de ayuda; por su parte, el leproso del Evangelio, a pesar de todos los prejuicios que de los leprosos se decían, no les hizo caso, no se dejó sitiar por ellos y en cuanto supo que Jesús estaba cerca, acude a Él para ser sábado.

Acerquémonos a Jesús y pidámosle que, por la fuerza del Espíritu Santo, nos devuelva la libertad, la serenidad y la paz que en estos tiempos, nos hayan sido arrebatados por el miedo, reconozcamos cuáles son nuestras “lepras”, qué es lo que nos ha estado “sitiando” (cerrándonos a lo exterior) e imitemos al personaje del Evangelio: «De pronto se le acercó un leproso, se postró ante él y le dijo: “Señor, si quieres, puedes curarme”. Jesús extendió la mano y lo tocó, diciéndole: “Sí quiero, queda curado”. Inmediatamente quedó limpio de la lepra.»

(P. JLSS)

JUEVES – SEMANA XII DEL TIEMPO ORDINARIO


(2Re 24, 8-17 / Sal 78 / Mt 7, 21-29)

Las lecturas de este día han traído a mi memoria unas palabras que el Papa Francisco dirigió a unos jóvenes argentinos con los que se reunió en Río de Janeiro en 2013: «La fe en Jesucristo no es broma, es algo muy serio… La fe es entera, no se licúa. Es la fe en Jesús. Es la fe en el Hijo de Dios hecho hombre, que me amó y murió por mí.» Y otras de San Pablo a los corintios: «como a cristianos todavía niños, les dí leche y no alimento sólido, pues entonces no lo podían soportar…» (Cf. 1Cor 3, 1-2)

En la primera lectura escuchamos el breve reinado de Joaquín en Jerusalén, reino sólo tres meses ¿por qué? Porque ante la amenaza de invasión por parte de Nabucodonosor, prefirió rendirse que acudir al Señor, quizás sus razonamientos fueron válidos según la estrategia o la lógica humana, pero quien confía en Dios sabe que nada es imposible para él.

Cómo cristianos, hemos sido testigos de la respuesta de Dios a las peticiones del Salmo: “Para que sepan quién eres, socórrenos, Dios y salvador nuestro. Para que sepan quién eres, sálvanos y perdona nuestros pecados.” Todos y cada uno de nosotros somos conscientes del inmenso amor de Dios por nosotros, todos nosotros estamos viviendo momentos idóneos para madurar en nuestra fe, para dejar de disfrazar el miedo, bajo la apariencia de «precauciones exageradas».

No estoy diciendo que no nos cuidemos, les estoy invitando a recordar y reconocer que el control de todo lo tiene Dios; cuidémonos todo lo necesario pero cómo personas que saben que no están abandonadas, sino acompañadas por su Padre. Acrecienta nuestra fe Señor, para vivir cimentados en tu palabra y teniendo presente que «no todo el que te diga: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad del Padre, que está en los cielos.»

(P. JLSS)

MIÉRCOLES – SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA


(Is 49, 1-6 / Sal 138 / Hch 13, 22-26 / Lc 1, 57-66. 80)

Cuando se da el anuncio de la Encarnación a la Virgen María, el Ángel le anuncia además: «Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios…» (Lc 1, 36-37) por ello, seis meses antes de celebrar la navidad, la Iglesia celebra el nacimiento del Precursor.

El nacimiento de Juan el Bautista es una muestra del poder de Dios; sus padres eran un par de ancianos estériles, en el momento de la circuncisión (rito por el cual se da la incorporación a al pueblo de Israel y, en tiempos de Jesús, era el momento en que se le ponía el nombre también) sus padres obedientes a Dios le nombran Juan, no siguen la tradición de poner nombres de los abuelos u otros familiares y hacen lo que se les había dicho por medio del ángel.

Lo que me lleva a cuestionar ¿qué tan atentos estamos a lo que Dios nos está pidiendo en estos momentos y qué tanto nos estamos aferrando a viejas costumbres por el miedo? Juan el Bautista, era consciente de cuál era su lugar y no se desesperaba ni distraía San Pablo nos lo contó, que hacía el final de su vida Juan decía: “Yo no soy el que ustedes piensan. Después de mí viene uno a quien no merezco desatarle las sandalias”. Ni la fama, ni el miedo, ni las amenazas le distrajeron…

Cada uno de nosotros, si reconociéramos frente Dios todo lo que nos ha dado, para empezar la vida “tú formaste mis entrañas, me tejiste en el seno materno te doy gracias por tan grandes maravillas; soy un prodigio y tus obras son prodigiosas.”; la redención; y, todas sus bendiciones con las que contamos, nos bastaría para tener la valentía y el coraje para no desanimarnos. Padre, te pedimos que nos des la fuerza para hacer lo que nos toca bien hecho y confiar lo demás a tu providencia, que no nos desgastemos en cosas que no está en nuestras manos cambiar. Hágase tu voluntad…

(P. JLSS)

MARTES – SEMANA XII DEL TIEMPO ORDINARIO


(2Re 19, 9-11. 14-21. 31-35. 36 / Sal 47 / Mt 7, 6. 12-14)

¿Invocas a Dios cada que te sientes desanimado(a), tienes miedo o te sientes cercana alguna amenaza? Esto lo pregunto porque al escuchar la primera lectura, deberíamos preguntarnos qué haríamos nosotros si nos encontráramos en la misma situación que el rey Ezequías ¿invocaríamos a Dios con confianza o nos rendiríamos pronto?

El rey Ezequías no puso su confianza en la amenaza, la puso en Dios, reconociendo su poder: “Acerca, Señor, tus oídos y escucha; abre, Señor, tus ojos y mira. Oye las palabras con que Senaquerib te ha insultado a ti, Dios vivo… pero tú, Señor, Dios nuestro, sálvanos de su mano para que sepan todas las naciones que sólo tú, Señor, eres Dios.” No busca sólo quitarse el problema, sino que también reconoce el poder de Dios y busca también que Él sea glorificado.

Así nosotros debemos de reconocer cómo está siendo nuestra oración, ¿buscamos la glorificación de Dios o sólo recurrimos a ella para quitarnos alguna dificultad? Quien no reconoce la autoridad de Dios terminará, confiando más en sí mismo (consciente o inconscientemente) y antepondrá sus intereses a todo, incluso al bien común.

Por ello Jesús nos dice: “traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. En esto se resumen la ley y los profetas.” El miedo nos encierra en nosotros mismos, se puede disfrazar de muchas maneras… Padre bueno ayúdanos a no estar encerrados en nosotros mismos, que siempre estemos abiertos a tu amor y a tu gracia, para que por tu fuerza estemos abiertos a nuestros prójimos.

(P. JLSS)

LUNES – SEMANA XII DEL TIEMPO ORDINARIO


(2Re 17, 5-8. 15-18 / Sal 59 / Mt 17, 1-5)

A frases como la que hemos escuchado hoy en la primera lectura: “Enderecen sus malos caminos y cumplan mis mandamientos y preceptos, conforme a la ley que impuse a sus padres y que les manifesté por medio de mis siervos, los profetas.” Siempre debemos prestarle atención y dejar que nos confronten.

Continuamente debemos preguntarnos eso, estar al pendiente de aquellas cosas o situaciones que nos distraen de la presencia de Dios, tanto externas como internas. Estar atentos de que no se pueda decir de nosotros: “Pero ellos no escucharon y endurecieron su corazón como lo habían hecho sus padres, que no quisieron obedecer al Señor, su Dios. Despreciaron sus decretos, la alianza que estableció con sus padres y las advertencias que les hizo.”

“La palabra de Dios es viva y eficaz, y descubre los pensamientos e intenciones del corazón.” Dejémonos interpelar por ella y en aquello que nos haga más ruido, pongamos más atención. Aceptémonos limitados, quien deja de estar al pendiente de lo que debe cambiar, terminará entreteniéndose sólo con la vida del otro.

Por ello, Jesús nos ha dicho que estemos al pendiente de lo que debemos cambiar en nosotros y no los otros “¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no te das cuenta de la viga que tienes en el tuyo?” Porque, por más pequeño que sea lo que tengamos dentro de nuestro ojo, eso incomodará nuestra vista, lo que tenga el otro en el suyo no. Padre, ilumínanos con tu espíritu para vivir nuestra fe con claridad.

(P. JLSS)

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