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VIERNES – SEMANA II DE ADVIENTO

(Is 48, 17-19 / Sal 1 / Mt 11, 16-19)

¿Qué tanta atención prestas a lo que el Señor te inspira? ¿Te das el tiempo de callar todos tus ruidos para reconocer lo que el Señor te pide? El silencio es algo muy importante para reconocer la voz de Dios y de nuestro interior.

Por parte de Dios, Él siempre «nos instruye en lo que es provechoso y nos guía por el camino que debemos seguir», nos recordaba Isaías ¿qué tanto confiamos en esto? Quien confía en el Señor “es como un árbol plantado junto al río, que da fruto a su tiempo y nunca se marchita. En todo tendrá éxito”.

Nosotros, debemos procurar no ser de aquel tipo de personas de las que habla nuestro Señor en el Evangelio, “semejantes a los niños que se sientan en las plazas y se vuelven a sus compañeros para gritarles: ‘tocamos la flauta y no han bailado; cantamos canciones tristes y no han llorado’”. Si queremos escuchar a Dios, debemos aceptar lo que nos pida, como lo pida.

Pidámosle a Dios la docilidad necesaria para dejar, lo más pronto posible, todo aquello que esté limitando nuestra libertad en el seguimiento, aferrémonos al Señor y su amor, no a otras cosas. Dejemos que el amor de Dios cambie nuestro corazón y nuestro modo de pensar.

(P. JLSS)

JUEVES – SEMANA II DE ADVIENTO

(Is 41, 13-20 / Sal 144 / Mt 11, 11-15)

¿Existe algo que te dé miedo soltar o que te cueste trabajo imaginarte sin ello? Nuestra conversión, la mayoría de las veces, se ve obstaculizada por el miedo. Fíjense qué fuerte, lo que más limita nuestra conversión es el miedo a no poder continuar con lo perseverando.

El miedo puede hacer que nos paralicemos y dejemos de lado que “bueno es el Señor para con todos”, nos puede hacer hasta olvidar que contamos con su gracia y poder del Espíritu Santo en nosotros para salir adelante.

En el Evangelio, se nos contó cuando Jesús asegura que “no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista”; pero añade que “el más pequeño en el reino de los cielos, es todavía más grande que él”. Cosa que exige un gran esfuerzo para no permitir que nada nos haga olvidar lo qué somos y con qué contamos.

Que el Espíritu Santo transforme nuestras mentes para vivir como lo que somos, hijos amados de Dios, y no dejar que nada nos atemorice. Que cada que el temor quiera surgir recordemos las palabras de Isaías: “Yo, el Señor, te tengo asido por la diestra y yo mismo soy el que te ayuda. No temas…”

(P. JLSS)

MIÉRCOLES- SEMANA II DE ADVIENTO

Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe
(Is 7, 10-14 / Sal 66 / Gal 4, 4-7 / Lc 1, 39-48)

¿Qué significa para ti el milagro guadalupano? Por más desacreditaciones o exageraciones que se pudieran hacer del milagro guadalupano, existe algo innegable, este suceso puso fin al conflicto entre los evangelizadores y los pueblos indígenas. La virgen no sólo se muestra cercana, sino que se muestra como uno de ellos.

Como pueblo deberíamos experimentar una emoción semejante a la que sintió Isabel cuando su prima le visitaba, “quedó llena del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme?»”

Pablo les decía a los Gálatas: “Hermanos: Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos”. Hoy celebramos a esa mujer, en la advocación de Guadalupe.

En Guadalupe se anuncian, de manera análoga, las palabras de Isaías, “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá el nombre de Emmanuel que quiere decir Dios-con-nosotros” eso es lo que les dijo a los pueblos indígenas y lo que nos repite a nosotros: Dios no es lejano, él no hace distinciones, todos somos igual de valiosos para él, todos valemos la vida de su Hijo. ¿Qué esperamos para dejarnos impresionar por tanto amor?

Santa María de Guadalupe, Reina de México, ¡Salva nuestra patria y conserva nuestra fe!

(P. JLSS)

MARTES – SEMANA II DEL TIEMPO ORDINARIO

(Is 40, 1-11 / Sal 95 / Mt 18, 12-14)

¿Qué mayor estímulo puede haber para que podamos vivir tranquilos que el saber que el Padre celestial no quiere que ninguno de nosotros nos perdamos? Reconocer que, en Cristo, Dios ha querido acercarse completamente a nosotros para señalarnos el camino que nos conducirá hacia Él.

Con su Encarnación, el Señor nos ha dejado en claro qué nos ama hasta el extremo, que para él, cada uno de nosotros vale la vida. Si esto no nos impresiona ¿qué lo hará? Para ser libres, hemos sido liberados (cf. Gálatas 5,1).

En esta experiencia de amor extremo, debemos reconocer que “una voz clama: ‘Preparen el camino del Señor en el desierto, construyan en el páramo una calzada para nuestro Dios…’” aún cuando pudiéramos sentirnos secos como el desierto, el Señor quiere renovarnos, dejémosle.

Que ninguna problema sirva de distracción, “como pastor apacentará a su rebaño; llevará en sus brazos a los corderitos recién nacidos y atenderá solícito a sus madres”, él lo dijo y lo cumplirá. No hay nada que temer, nada nos puede apartar de Él.

(P. JLSS)

LUNES – SEMANA II DE ADVIENTO

(Is 35, 1-10 / Sal 84 / Lc 5, 17-26)

Esta segunda semana del adviento se nos invita a la conversión, ya la anterior fue un contante llamado a la oración, hoy debemos dar un paso adelante y buscar la conversión. Cabría preguntarse hoy qué tan dóciles soy para dejarme acercar a Dios y qué tanto me dejó distraer por cualquier problema.

En el Evangelio de Jesús están quienes no dejan que nada les impida acercar a quien lo necesita a él, y quienes se entretienen con cualquier cosa que no comprendan completamente. Los amigos que no se rinden ante el tumulto y los que critican el perdón de los pecados en el enfermo…

Jesús a todos nos salvó, a todos nos ha liberado del poder del pecado y nos ha dado su gracia ¿Qué tan dócil soy a ella? Dejemos que el Espíritu Santo nos invada, para cambiar nuestra manera de reaccionar ante la vida, dejar de reaccionar como si estuviésemos abandonados y comenzar a hacerlo como rescatados.

Pidamos a nuestro Padre dejarnos vencer por su amor; al Hijo, que nos haga experimentar la misericordia; para que la acción del Espíritu Santo siempre nos impulse a no desfallecer. Que nos recuerde las palabras de Isaías, “¡Animo! No teman. He aquí que su Dios, vengador y justiciero, viene ya para salvarlos’”.

(P. JLSS)

DOMINGO II DE ADVIENTO

(Bar 5, 1-9 / Sal 125 / Flp 1, 4-6. 8-11 / Lc 3, 1-6)

Hemos escuchado el comienzo del ministerio de Juan Bautista en el Evangelio, se nos da hasta el contexto social (geográfico-cronológico) en el que éste se da, se nos cuenta hasta lo que predicaba “un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados”. Esta semana, la invitación que nos hará la palabra es a reconocer la necesidad de conversión que tenemos todos.

La reputación y autoridad del Bautista fueron creciendo tanto que incluso, se comenzaban a preguntar si sería él el mesías; pero él nunca perdió de vista cuál era su papel, era el de ser precursor y sólo eso. A él le tocaba preparar su llegada, aun hoy es un ejemplo para nosotros que nos confronta a ver qué tanto estamos correspondiendo al amor de Cristo.

Todo la historia de Jesucristo está impregnada de amor por nosotros, desde su encarnación hasta la resurrección y su ascensión. Pablo por ello comunica a los filipenses como oraba por ellos “ésta es mi oración por ustedes: Que su amor siga creciendo más y más y se traduzca en un mayor conocimiento y sensibilidad espiritual”.

Si permitimos que el Señor nazca en nuestro interior, que su amor nos invada y su gracia nos renueve todo estará nivelado… “Todo valle será rellenado, toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados y todos los hombres verán la salvación de Dios”. No habrá nada que podamos considerar obstáculo para nuestro perseverar. Dejemos que él nos transforme y volvamos a él de todo corazón.

(P. JLSS)

SÁBADO – SEMANA I DE ADVIENTO

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen Maria
(Gn 3, 9-15. 20 / Sal 97 / Ef 1, 3-6. 11-12 / Lc 1, 26-38)

El IV Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica se llevó a cabo en la ciudad de Calcedonia el año 451 d.C., con el fin de poner fin a las controversias que traían tanto el nestorianismo como el monofisismo, acerca de la persona de Cristo y sus dos naturalezas. Definiendo el Credo de Calcedonia, que reza como sigue:

“Siguiendo, pues, a los Santos Padres, todos a una voz enseñamos que ha de confesarse a uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en la divinidad y el mismo perfecto en la humanidad, Dios verdaderamente, y el mismo verdaderamente hombre de alma racional y de cuerpo, consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y el mismo consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad, semejante en todo a nosotros, menos en el pecado [Hebr. 4, 15]; engendrado del Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y el mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad; que se ha de reconocer a uno solo y el mismo Cristo Hijo Señor unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación, en modo alguno borrada la diferencia de naturalezas por causa de la unión, sino conservando, más bien, cada naturaleza su propiedad y concurriendo en una sola persona y en una sola hipóstasis, no partido o dividido en dos personas, sino uno solo y el mismo Hijo unigénito, Dios Verbo Señor Jesucristo, como de antiguo acerca de Él nos enseñaron los profetas, y el mismo Jesucristo, y nos lo ha trasmitido el Símbolo de los Padres”.

Celebrar la Inmaculada Concepción de la virgen María, es reconocer que por una gracia particularísima, Dios Padre concedió a la Virgen que sería el medio para que su Hijo asumiera nuestra naturaleza, nacer libre de todo pecado. “La virgen se llamaba María. Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: ‘Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo’”.

Celebramos este día que el Padre “nos eligió en Cristo, antes de crear el mundo, para que fuéramos santos e irreprochables a sus ojos, por el amor…”, eso es lo que debemos procurar siempre, procurar ser santos no por el temor al castigo sino por correspondencia al inmenso amor. Confiemos en Dios y en su amor y digámosle “cúmplase en mí lo que me has dicho”.

(P. JLSS)

VIERNES – SEMANA I DE ADVIENTO

(Is 29,17-24 / Sal 26 / Mt 9, 27-31)

Todos cuando hemos tenido alguna necesidad le pedimos al Señor que nos auxilie y/o nos saque de ello, pero sería interesante que nos preguntáramos qué sucedería si Jesús nos preguntara cómo a estos dos ciegos del Evangelio: ¿crees que puedo hacerlo?.

La relevancia de esta interrogante radica en que quien se confiesa cristiano, acepta la verdad de la frase: “el Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar?” ¿Hay algo que te esté haciendo temblar?

La profecía de Isaías, ya se han cumplido en Cristo: “los sordos oirán; los ojos de los ciegos mirarán; los oprimidos se alegrarán; los pobres se gozarán en el Santo de israel… además, “los extraviados de espíritu entrarán en razón y los inconformes aceptarán la enseñanza” de que Dios nos ama tanto a cada uno de nosotros que no debemos temer nada.

Acerquémonos al Señor este día confiando en su amor y no poniendo tanta atención en nuestras limitaciones, eso es ceguera. Pidamos al Señor que aumente nuestra fe y nos dé la humildad necesaria para permitir que se acerque a nuestras vidas y las transforme: “Entonces les tocó los ojos, diciendo: ‘Que se haga en ustedes conforme a su fe’. Y se les abrieron los ojos”.

(P. JLSS)

JUEVES- SEMANA I DE ADVIENTO

(Is 26, 1-6 / Sal 117 / Mt 7, 21. 24-27)

Como escuchamos ayer el Señor no sólo nos da lo que necesitamos, sino que también nos capacita para lograr permanecer fieles, por medio del Espíritu Santo cada uno de nosotros podemos asegurar que “tenemos una ciudad fuerte; ha puesto el Señor, para salvarla, murallas y baluartes”.

Y si poseemos el Espíritu Santo en nuestro interior no debemos quedarnos como pasmados ante nada, antes bien, debemos seguir adelante siempre y no dejar que nada nos intimide. Con palabras de Isaías: “Confíen siempre en el Señor, porque el Señor es nuestra fortaleza para siempre; porque él doblegó a los que habitaban en la altura”.

Pongamos todo nuestro empeño en vivir de acuerdo a nuestra fe, para esperar en tranquilidad la llegada del Señor, que nos motive a poner el amor más en las obras que en las palabras, la sentencia del Señor: “No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos”.

Pidámosle al Espíritu Santo que renueve nuestro interior, nuestras mentes, nuestras motivaciones, nuestro corazón, etc…; que nos permita experimentar la seguridad de tenerle en nuestras vidas y así comprendamos que “más vale refugiarse en el Señor, que poner en los hombres la confianza; más vale refugiarse en el Señor, que buscar con los fuertes una alianza”.

(P. JLSS)

MIÉRCOLES- SEMANA I DE ADVIENTO

(Is 25, 6-10 / Sal 22 / Mt 15, 29-37)

¿Reconoces la providencia de Dios en tu vida? ¿Agradeces lo que tienes? Quien sólo se dedica a contemplar sus carencias no es capaz de reconocer las bendiciones en su vida. Tras la multiplicación de los panes el pueblo podía decir “Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara. Alegrémonos y gocemos con la salvación que nos trae, porque la mano del Señor reposará en este monte”.

La imagen del buen pastor que leímos en el salmo responsorial, se nos invita a reconocer quién es Aquel al que esperamos, es quien nos hace reposar en verdes praderas y hacia fuentes tranquilas nos conduce para reparar nuestras fuerzas; y si lo seguimos nos guiará hacia el camino recto.

Está semana se nos invita a intensificar nuestra oración para estar vigilantes esperando la llegada de nuestro Señor, hoy se nos invita a hacer esto reconociendo todo lo que Dios ha hecho y continúa haciendo en nosotros. Si nos acercamos a él confiados recibiremos todo en abundancia.

Las personas que se le acercaron a Jesús enfermas el día de la multiplicación de los panes, no sólo consiguieron la salud, el Señor no las despidió así, las alimentó a todos hasta quedar saciados y hasta sobró. Todo lo que toca el Señor, aún cuando parezca poco, se hace abundante. Dejemos todo en sus manos y esperémosle tranquilos.

(P. JLSS)

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