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LUNES DE LA II SEMANA DE ADVIENTO

(Is 35, 1-10 / Sal 84 / Lc 5, 17-26)

Todos nosotros sabemos que el camino que conduce a la vida eterna es Jesucristo, nuestro Señor, incluso en el Evangelio según san Juan él mismo le responde a Tomás esta interrogante: ¿Cómo podemos saber el camino?, lo hace afirmando: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Cf. Jn 14, 6) ahora nos toca a nosotros preguntarnos ¿Qué tanto nos conducimos por Él?

Nosotros reconocemos a Jesús como el «Camino Santo» que debemos transitar, en el cual sólo los necios no vagarán por ella, siendo dóciles a su amor y a su gracia es que andaremos por ella, pues “por ella caminarán los redimidos. Volverán a casa los rescatados por el Señor, vendrán a Sión con cánticos de júbilo, coronados de perpetua alegría”.

La liturgia de la Palabra nos invita en este día a reconocernos como el paralitico del Evangelio, a reconocer que ya podemos andar libremente porque el Señor nos ha perdonado nuestros pecados y nos ha hecho andar nuevamente erguidos que debemos gozar este don con libertad (libre de prejuicios personales y/o ajenos).

“Cuando el Señor nos muestre su bondad, nuestra tierra producirá su fruto. La justicia le abrirá camino al Señor e irá siguiendo sus pisadas.” Escuchemos a Jesús que particularmente nos dice a cada uno de nosotros: “Yo te lo mando: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”, con la tranquilidad de que antes ya nos perdonó nuestros pecados y correspondamos a este acto de generosidad.

(P. JLSS)

II DOMINGO DE ADVIENTO

(Is 40, 1-5. 9-11 / Sal 84 / 2 Pe 3. 8-14 / Mc 1, 1-8)

Cuando uno espera la llegada de alguien importante se prepara, incluso puede llegar hasta a romper costumbres, hace todo lo que está a su alcance para que aquel a quien espera lo encuentre totalmente bien. Este domingo, desde la oración colecta, se nos invita a evitar todo obstáculo existente para nuestro encuentro con Jesús.

En lo que Dios ha realizado a favor nuestro por medio de nuestro Señor Jesucristo descubrimos el cumplimiento de las palabras del Salmo: “La misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron, la fidelidad brotó en la tierra y la justicia vino del cielo”. Dios nos ha querido hacer comprender que su amor por nosotros con su encarnación supera todo razonamiento.

Para preparar nuestro ser a recibir su inmenso amor y su misericordia, necesitamos convertirnos, cambiar nuestra forma de pensar. Prepararle el camino a nuestro interior, una calzada, que nos haga comprender su amor y que “No es que el Señor se tarde, como algunos suponen, en cumplir su promesa, sino que les tiene a ustedes mucha paciencia, pues no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan”.

Pidámosle a Dios, docilidad a la acción del Espíritu Santo en nuestro interior para que por su luz y por la fuerza de su amor, evitemos que cualquier prejuicio personal, costumbre o vicio nos confunda sobre la universalidad de la salvación que Cristo nos ofrece, y que por andar ignorando la libertad que él da continuemos siendo esclavos de cosas, o situaciones que no tienen poder alguno sobre los que son de Cristo. ¿De qué cosas o situaciones te necesitas soltar?

(P. JLSS)

SÁBADO DE LA SEMANA I DE ADVIENTO

(Is 30, 19-21. 23-26 / Sal 146 / Mt 9, 35 – 10, 1. 6-8)

En el tiempo de Adviento la Iglesia nos invita a recordar que «la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros (Jn 1,14)», demostrando así que nuestro Señor es Juez (él sólo debe juzgar), legislador (de él emanan las normas) y rey (nos debe cuida, defiende y protege) ¿Qué tanto soy consciente de estas características de mi Señor?

A los apóstoles cuando los Jesús los envía a Evangelizar les habla de la pobreza que deben tener como muestra de la confianza en la providencia de Dios, “Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”, pero también a nosotros, este día nos invita a romper con nuestros miedos y a confiar completamente en su providencia.

Sólo nos pide, como escuchamos en la primera lectura, que sigamos su camino sin desviarnos, ni a la derecha, ni a la izquierda; él con su encarnación y redención ya nos ha demostrado como es su amor y como es su cuidado, únicamente necesitamos confiar más y no temer

Sólo abandonándonos al influjo del Espíritu Santo, es que seremos conscientes que aun cuando la vida trajera “el pan de las adversidades y el agua de la congoja”, sabemos que Dios quien nos instruye no se apartará y nuestros ojos lo verán, que lo único que nos de temor sea poner nuestra confianza en otras cosas más que en Dios.

(P. JLSS)

VIERNES DE LA SEMANA I DE ADVIENTO

Solemnidad de La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María
(Gn 3, 9-15. 20 / Sal 97 / Ef 1, 3-6. 11-13 / Lc 1, 26-38)

El Beato Pío IX, en una bula llamada “Ineffabilis Deus” (el inefable Dios), proclamó este Dogma de fe, donde se afirma que: «… la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda la mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano (Cf. Ineffabilis Deus, 18).

El Pecado, como escuchamos en la Primera Lectura es consecuencia de nuestra desobediencia a Dios, para lograr salir del pecado se necesita reconocer con responsabilidad las consecuencias del mismo; además san Pablo nos enseña que Dios, “nos eligió en Cristo, antes de crear el mundo, para que fuéramos santos e irreprochables a sus ojos, por el amor” a todos, pero de modo particular, «por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida» (CCE 493) (desde su concepción hasta su muerte).

La Iglesia desde sus inicios ha reconocido que para ser la Madre del Salvador, María fue “dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante” (LG 56); bíblicamente quedó plasmado en el saludo que el ángel Gabriel le hace en el momento de la anunciación: “llena de gracia” (Lc 1, 28). Para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente conducida por la gracia de Dios. (Cf. CCE 490)

Hoy celebramos esta gracia particular que Dios quiso otorgarle a María, ¿Qué don te ha dado en especial Dios a ti? ¿Lo aprovechas? Pidámosle a Dios que, aprovechando los dones que nos ha dado, anunciemos con nuestra vida que Dios nos Salvó y “para que alabemos y glorifiquemos la gracia con que nos ha favorecido, por medio de su Hijo amado.”.

(P. JLSS)

JUEVES DE LA SEMANA I DE ADVIENTO

(Is 26, 1-6 / Sal 117 / Mt 7, 21. 24-27)

San Ignacio de Loyola solía decir: “el amor se ha de poner más en las obras que en las palabras”, esta frase me vino a la mente al escuchar en el Evangelio: “No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos”.

Hoy las lecturas nos invitan a poner nuestro esfuerzo en ser coherentes con nuestra fe, en demostrar que lo que hemos encontrado en Cristo es sublime, y tanto que nos da la seguridad de que “más vale refugiarse en el Señor, que poner en los hombres la confianza; más vale refugiarse en el Señor, que buscar con los fuertes una alianza.”

¿Si es Dios aquello en lo que buscas estar sostenido (a)? ¿A dónde recurres a buscar auxilio cuando lo necesitas? Estamos llamados a confiar en el Señor, en quien quiso venir al mundo para darnos vida en abundancia y ser nuestra fortaleza.

No nos dejemos doblar por nada, demostremos con nuestras obras nuestra fe; pidámosle al espíritu Santo que nos auxilie a permanecer firmes y a no olvidar que en Cristo, “tenemos una ciudad fuerte; ha puesto el Señor, para salvarla, murallas y baluartes”.

(P. JLSS)

MIÉRCOLES DE LA SEMANA I DE ADVIENTO

(Is 25, 6-10 / Sal 22 / Mt 15, 29-37)

En muchos lados hemos leído, dicho o escuchado la frase: “El Señor es mi Pastor, nada me falta…” pero lo importante sería que nos preguntáramos ¿Qué tanto nos consideramos sus ovejas, qué tanto nos dejamos ser pastoreados (conducidos) por su amor y por su gracia?

Después de nuestro encuentro personal con Jesucristo debemos estar convencidos de que Él, en el momento oportuno, nos rescatará de cualquier peligro y nos protegerá. Por ello el Adviento nos invita no olvidar que el Señor vendrá y son dichoso los que estén preparados para salir a su encuentro.

En el Evangelio escuchamos como Jesús no se desatiende de ninguna de nuestras necesidades, no sólo cumplirá una necesidad, sino que se interesa por toda nuestra persona; después de curar a muchos, se compadece del hambre de estas personas para que no se desmayen en su retorno a casa y alimenta a la multitud hasta saciarla con siete panes y unos cuantos pescados.

Pidámosle a nuestro Señor estar esperar anhelantes su venida, siendo conscientes de que él jamás se desatiende de nosotros, que el espíritu Santo afiance en nuestro interior nuestra esperanza en que: “Destruirá la muerte para siempre; el Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros y borrará de toda la tierra la afrenta de su pueblo”. Él nos recompensará hasta saciarnos.

(P. JLSS)

MARTES DE LA SEMANA I DE ADVIENTO

(Is 11, 1-10 / Sal 71 / Lc 10, 21-24)

¿Qué tanto tienes presente el inmenso amor que Dios tiene por ti? Hemos pedido en la Oración Colecta que Dios nos ayude cuando estemos en aflicción con el auxilio de su amor, para que consolados por su presencia no dejemos que nos manche algún contagio del antiguo pecado.

La Gracia de nuestro Señor es la garantía más grande de amor que podremos vivir: reconocer que Dios me amó tanto que dio su vida por mi redención; que me ama tanto que nunca me abandona; y que me amará tanto que un día me encontraré con Él y disfrutare la plenitud, serenidad y paz. ¡Es gozar a nuestro rey de justicia y de Paz!

Si tenemos siempre presente el amor que Dios tiene por cada uno de nosotros, no pondremos tanta atención al pecado, ya que nuestras acciones y pensamientos estarán impregnadas por la seguridad que da el saber con quién contamos y a quién esperamos.

Unámonos a las palabras de Jesús: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien!” y pidámosle al Espíritu Santo que acreciente nuestra esperanza en nuestro Señor «el vástago del tronco de Jesé» con madurez y sencillez.

(P. JLSS)

LUNES DE LA I SEMANA DE ADVIENTO

(Is 2, 1-5 / Sal 121 / Mt 8, 5-11)

“¡Casa de Jacob, en marcha! Caminemos a la luz del Señor…” cuando dejamos que el Señor sea lo único que ilumine nuestras vidas, no andamos temiendo oscuridad alguna, porque nada puede opacar la luz que de él se emana.

Toda esta semana se nos invitara al reconocer el inmenso amor que Dios tuvo al enviar a su Hijo, a recordar que él nos prometió volver lleno de gloria y sabemos que nos lo cumplirá, por ello es que le esperamos anhelantes y deseamos que nos mire con ojos de bondad y estaremos a salvo.

Esperar su venida es reconocer que nos dice como al soldado del Evangelio «voy a curarte» por más que nos llegásemos a sentir indignos, él desea venir a nosotros y transformar nuestra existencia, sólo necesitamos dejarle reconociendo que tiene el poder de hacerlo.

Humildemente hagamos nuestras las palabras de este personaje del Evangelio, y digámosle: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; con que digas una sola palabra” yo quedaré completamente sano. Preparémonos para recibir en nuestro interior el nacimiento de nuestro Salvador.

(P. JLSS)

DOMINGO I DE ADVIENTO

(Is 63, 16-17. 19; 64,2-7 / Sal 79 / 1 Cor 1, 3-9 / Mc 13, 33-37)

El Adviento, es un tiempo en el que se nos invita a meditar en la venida del Señor, en sus tres dimensiones: histórica, la espera que durante todo el Antiguo Testamento vivió el pueblo, unirse al deseo de la llegada del mesías y a la liberación que él traería; espiritual, es la preparación que hacemos para aceptar todo el amor que existe en el misterio de la encarnación; y por último, la escatológica, es la preparación que debemos hacer para la segunda venida del Señor, conscientes de que cuando esto ocurra, será para la felicidad eterna del hombre que aceptó a Jesús como su salvador.

Este domingo, somos invitados a la vigilancia en espera de la venida del Señor siendo conscientes del amor que nos tiene, que nos demostró mediante su encarnación y redención y que nos abre un horizonte maravilloso impulsados por el Espíritu Santo, con su ayuda, nos “hará permanecer irreprochables hasta el fin, hasta el día de su advenimiento. Dios es quien los ha llamado a la unión con su Hijo Jesucristo, y Dios es fiel”.

Permanecer alertas como se nos invitó en el Evangelio significa que no debemos permitir que nada nos distraiga en nuestra esperanza, nos prometió que volvería y él es fiel; incluso aparte de que nos ha querido salvar nos ha dado todos los dones que necesitamos para aguardarle serenos (gracia y su Espíritu).

Pidámosle a Dios la humildad de reconocer como en la primera lectura: “Estabas airado porque nosotros pecábamos y te éramos siempre rebeldes… todos estábamos marchitos, como las hojas, y nuestras culpas nos arrebataban, como el viento”. Sabemos que somos barro y el alfarero que si le somos dóciles podemos recuperar todo aquello en lo que nos hemos deformado.

(P. JLSS)