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DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO


(Ez 18, 25-28 / Sal 24 / Flp 2, 1-11 / Mt 21, 28-32)

¿Te da tranquilidad pertenecerle a Dios o te da igual? “Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor; yo las conozco y ellas me siguen…” esto debería hacer que nos preguntemos qué tanto escuchamos a Dios, qué tanto somos conscientes de que Él nos conoce y qué tanto le seguimos.

Lo primero que debemos reconocer este día es que el Señor nos considera como suyos, alguien maduro nunca atentará contra su propiedad, sino que la cuidara, y protegerá todo el tiempo; por eso hoy que te decimos: “Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina. Tú eres nuestro Dios y salvador y tenemos en ti nuestra esperanza.” Porque se trata de comportarse como algo tuyo.

Tanto yo como mis prójimos le pertenecemos a Dios, de allí la necesidad de escuchar lo que el Señor nos dice, reconocer la grandeza de su obra salvadora, ya que aún cuando nos conoce, «no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo» y se aferró a nosotros. Quien está junto a nosotros deberíamos procurar que se encontrara con el Amor.

El tercer punto, el seguimiento de Jesús, es decir, tener sus mismos sentimientos. No debe inquietarte tanto si has renegado a lo que Dios te pide, como hizo el personaje del Evangelio, se trata de poner nuestro esfuerzo en vivir conforme a lo que creemos aún cuando de principio digamos no o reneguemos. ¡Dejémonos mover por el amor! “Nada hagan por espíritu de rivalidad ni presunción; antes bien, por humildad, cada uno considere a los demás como superiores a sí mismo y no busque su propio interés, sino el del prójimo.”

(P. JLSS)

VIERNES – SEMANA XXV DEL TIEMPO ORDINARIO


(Ecl [Qo] 3, 1-11 / Sal 143 / Lc 9, 18-22)

Ayer escuchábamos en el Evangelio la inquietud que tenía Herodes de «ver a Jesús», le quería ver, no le interesaba tanto conocerle… hoy escuchamos a Jesús preguntar a sus discípulos, a quienes lo conocen, quién decía la gente que era el hijo del hombre y, lo más fuerte, quién decían que era Jesús ellos.

¿Quién es Jesús para ti? Quizá la mayoría de nosotros podría contestar con las palabras del salmo: “Él es mi amigo fiel, mi fortaleza, mi seguro escondite, escudo en que me amparo, el que los pueblos a mis plantas rinde.” Valdría la pena ahondar más en ello y reconocer si nuestra respuesta es meramente teórica o experiencial. Cuando vienen los momentos difíciles, tristes o incomprensibles ¿hacia dónde corres a buscar refugio? ¿Hacia Dios?

Jesús ordena a sus discípulos no revelar a los demás quién era Él, lo hace porque él quiere que nuestra fe dependa de nuestro encuentro personal con Él, que no sea algo teórico… cuando les dice a sus discípulos “es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”; indica cuál es el camino que debemos seguir los creyentes, obediencia al padre y abandono a su voluntad confiados.

Pidámosle a nuestro Señor, que «vino a servir y a dar su vida por la redención de todos.» que nos enseñe a reconocer la grandeza del servicio y que su entrega nos haga sentirnos servidos por Él, cuidados y amados hasta el extremo, que su amor nos libre de todo falso refugio o escondite, todo lo podemos unidos a Él.

(P. JLSS)

JUEVES – SEMANA XXV DEL TIEMPO ORDINARIO


(Ecl [Qo] 1, 2-11 / Sal 89 / Lc 9, 7-9)

La escena del Evangelio que hemos escuchado, nos recuerda el momento en que Jesús les pregunta a sus discípulos quién decía la gente que era el hijo del hombre, Herodes «tenía curiosidad por ver a Jesús», pero no por algo piadoso o un interés genuino por su persona sino, sólo para quitarse el ruido de la mente…

¿Te interesa encontrarte personalmente con Jesús o sólo con aquello que te han contado que puede realizar? Él es el camino que conduce al Padre, la respuesta a nuestras incertidumbres y miedos, es quien puede hacernos vivir en abundancia ¿Estás dispuesto(a) a dejarle actuar con libertad en tu interior?

Cuando uno se encuentra con el Señor, como en toda relación amorosa, se interesará por estar cerca de Él, conocerle, querer estar a su lado más tiempo, descubrirá que “todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión”, que lo único estable y que perdura es su amor y gracia. Descubrirá lo mismo que San Agustín, que Dios «nos hizo para Él y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Él».

Cerremos nuestros ojos, guardemos un momento de silencio, respiremos tranquilamente, sintámonos hijos de Dios, pidámosle a nuestro Padre que nos invada el Espíritu Santo, que nos haga experimentarnos hijos muy amados y nos haga enamorarnos más de nuestro Señor Jesucristo. “Llénanos de tu amor por la mañana y júbilo será la vida toda. Que el Señor bondadoso nos ayude y dé prosperidad a nuestras obras.”

(P. JLSS)

MIÉRCOLES – SEMANA XXV DEL TIEMPO ORDINARIO


(Prov 30, 5-9 / Sal 118 / Lc 9, 1-6)

La Palabra de este día nos invita a abandonarnos en las manos del Señor, a reconocer nuevamente la fuerza, la protección y el impulso que Él nos da a cada uno de nosotros, si le dejamos… a volver a confiar, a dejar de prestar tanta atención en lo que podemos considerar amenaza y a ponerla en quien nos puede librar de ella.

Dios es omnipotente, si nos ha confiado algo es porque nos sabe capaces, nos conoce; cuando a sus apóstoles les da el poder y la autoridad para expulsar demonios y curar toda enfermedad, les pide confiar únicamente en su envío: “No lleven nada para el camino: ni bastón, ni morral, ni comida, ni dinero, ni dos túnicas. Quédense en la casa donde se alojen, hasta que se vayan de aquel sitio.” ¿Confías más en Dios que en tus propias fuerzas?

“Dios es un escudo para quienes en Él confían”, escuchamos en la lectura del libro de los proverbios, de allí que debería de surgir en nosotros el interés por hacer un alto y en un momento de silencio preguntarnos qué tanto ponemos nuestra confianza en Dios ¿le consideramos nuestro escudo?

Padre nos ponemos en tus manos, te abrimos nuestro corazón para que lo fortalezcas con tu presencia, te abrimos nuestras mentes para que las ilumines con tu luz, queremos actuar e interpretar la realidad conscientes de tu compañía y protección; contigo todo lo podemos. “Dos cosas te pido, Señor, antes de morir, no me las niegues: líbrame de la falsedad y la mentira; no me des pobreza ni riqueza, dame tan sólo lo necesario para vivir, no sea que la abundancia me aparte de ti y me haga olvidarte; no sea que la pobreza me obligue a robar y me lleve a ofenderte.”

(P. JLSS)

MARTES – SEMANA XXV DEL TIEMPO ORDINARIO


(Prov 21, 1-6. 10-13 / Sal 118 / Lc 8, 19-21)

Cuando Jesús dice a las personas que le comunican que su madre y parientes le buscaban: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”. No niega el afecto filiar ni familiar, sino que aprovecha para enseñar, que en la gran familia Cristiana lo que importa es lo sobrenatural. ¿Quieres estar más unido a Jesús? Hay que escuchar la palabra y ponerla en práctica…

Debemos ser conscientes de que Dios conoce nuestros corazones y de que no se deja apantallar por las apariencias; si nuestra manera de vivir nuestra fe se reduce solo prácticas religiosas externas, corremos el riesgo de creer que cumplimos con Dios, que basta únicamente con eso.

Nuestra relación con Dios debe fundamentarse en su amor, en disfrutar lo grandioso de su misericordia, en la alegría de saber que está de nuestro lado. Esto hará que nuestra manera de vivir e interpretar la realidad sea totalmente nueva, logrando que nuestras prácticas religiosas sean un complemento, una manera de corresponder al amor de Dios.

Padre, infunde en cada uno de nosotros al Espíritu Santo, para poder vivir como enamorados de Dios, cuando uno está enamorado opta por ser cada vez más digno del amor. Hacemos nuestras las palabras del salmo: “He escogido el camino de la lealtad a tu voluntad y a tus mandamientos. Enséñame a cumplir tu voluntad ya guardarla de todo corazón.”

(P. JLSS)

LUNES – SEMANA XXV DEL TIEMPO ORDINARIO


Fiesta de San Mateo, Apóstol y Evangelista
(Ef 4, 1-7. 11-13 / Sal 18 / Mt 9, 9-13)

Ayer la Palabra nos recordaba la eterna disposición de Dios para amarnos y nuestra necesidad de abandonarnos a su amor para lograr amar a los demás. El día de hoy, que celebramos la fiesta de san Mateo, nos servirá para agradecer nuevamente su amor, que nos da porque así lo ha querido, sin ningún mérito nuestro.

San Pablo contemplaba el misterio de la Iglesia como cuerpo místico de Cristo, en el que cada órgano debe estar feliz, no por ser el mejor o peor órganos, sino por ser parte de este cuerpo. ¿Te alegra formar parte de la Iglesia, ser de aquellos que se saben y experimentan amados infinitamente por Dios?

Ser conscientes de formar parte del cuerpo místico de Cristo y de que “cada uno de nosotros ha recibido la gracia en la medida en que Cristo se la ha dado” debería bastarnos para perseverar tranquilos en nuestra vida Cristiana. Leví (Mateo) no dejó estéril en sí mismo el llamado del Señor, tras su «sígueme», dejó todo y le siguió, aun cuando se sabía pecador ponía mayor atención en Aquel que lo podía librar del pecado, y no tanto en el pecado mismo.”

“Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”, si nuestro Señor ha permitido que vivamos una situación concreta, seguramente nos sabe capaces de sobrellevarla y salir victoriosos de ella. ¿Qué está permitiendo el Señor que vivas en estos momentos? Dejemos de pensar tanto en nuestras debilidades y/o limitaciones, confiemos más en quien te ha llamado. Él es fiel. Padre concédenos, por la intercesión de San Mateo, que por la fuerza del Espíritu Santo, no temamos nada, aceptemos siempre tu voluntad y nos abramos completamente a amor.

(P. JLSS)

DOMINGO – XXV DEL TIEMPO ORDINARIO


(Is 55, 6-9 / Sal 144 / Flp 1, 20-24. 27 / Mt 20, 1-16)

La semana pasada decíamos que debemos reconocer la misericordia que Dios ha tenido con nosotros, si queremos queremos perdonar a nuestros hermanos de corazón; hoy se nos habla en la palabra de cómo procede Dios, Él que es amor, desea darnos su paz, la libertad y serenidad. ¿Estás dispuesto(a) a aceptarla?

Si bien es cierto que “el Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. Bueno es el Señor para con todos y su amor se extiende a todas sus creaturas”, también es cierto, que no violentará para nada nuestra libertad, podríamos decir que siempre aguardará a que le demos oportunidad de amarnos.

San Pablo, como buen enamorado de Dios y convencido de que Él nos ama a todos, se esforzaba por hacer lo que le tocaba y porque su labor evangelizadora lograra que muchos se abrieran al amor de Dios. Es muy interesante el conflicto de Pablo entre morirse y/o seguir evangelizando, “Me hacen fuerza ambas cosas: por una parte, el deseo de morir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; y por la otra, el de permanecer en vida, porque esto es necesario para el bien de ustedes.”

Al día de hoy ¿qué te hace fuerza a ti? ¿Qué te roba la paz? Quien tiene a Dios, la lleva de ganar, quien reconoce su amor se siente preparado para afrontar todo; si este día amaneciste es una nueva oportunidad que tienes para acercarte a Dios, no importa lo que tú te creas merecer, sino lo que él te ofrece: su amor y gracia. Quien a Dios tiene nada le falta. Por ello, te pedimos “abre, Señor, nuestros corazones, para que aceptemos las palabras de tu Hijo.”

(P. JLSS)

SÁBADO – XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO


(1Cor 15, 35-37. 42-49 / Sal 55 / Lc 8, 4-15)

¿Presto atención a lo que me dice la palabra de Dios? ¿Siento que el mensaje es dirigido a mí o me distraigo fácilmente? Escuchamos en la aclamación antes del Evangelio, “Dichosos los que cumplen la palabra del Señor con un corazón bueno y sincero, y perseveran hasta dar fruto.” Nos debe preocupar mucho más que cualquier otra cosa lo que el Señor quiere decirnos en su palabra.

Debemos procurar que la palabra de Dios penetre en nosotros, ser «tierra buena» para qué está «semilla» que es la palabra de Dios, procuremos que germine y nunca dejemos que nos domine el miedo, que podamos estar seguros en el Señor: “Yo sé bien que el Señor está conmigo; por eso en Dios, cuya promesa alabo, sin temor me confío. ¿Qué hombre ha de poder causarme daño?”

San Pablo, continuando con el tema de la esperanza en la vida eterna, hoy les pide a los corintios no preocuparse tanto por detalles, en lugar de agradecer la posibilidad de la vida eterna, por seguir con su afán de ser “muy sabios” estaban entretenidos en los “cómos” de la misma. Por ello les aclara “Es que no se han puesto a pensar que el grano que se siembra tiene que morir, para que nazca la planta. Lo que se siembra no es la planta que va a brotar, sino solamente la semilla.”

También nosotros podemos caer en el mismo error respecto al amor de Dios, distraernos con nuestros detalles y la incompatibilidad con el mismo, en lugar de procurar ser cada vez más mejores y más dóciles para la acción de su gracia. Padre envía tu espíritu a nuestros corazones e ilumina nuestra mente para aceptar que tu amor nos supera y abandonarnos a él.

(P. JLSS)

VIERNES – XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO


(1Cor 15, 12-20 / Sal 16 / Lc 8, 1-3)

En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado hoy podemos reconocer la acción de la gracia, se dice que al Señor “lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y curadas de varias enfermedades.” Jesús después de haber aceptado por la fe, su amor y gracia, jamás nos reprochará lo hecho ante de conocerle. Nos exigirá dar fruto.

Las mujeres de las que habla el Evangelio, tras encontrarse con Jesús, procuraron conocerle más a él y no se entretuvieron tanto con su pasado. Cuando uno ama, decide el bien de quien ama y procurarle todo lo necesario para que lo alcance, eso hace Dios con nosotros. Esto sólo entenderá la gente sencilla, aquella que confía más en Dios que en su lógica.

Una de las principales limitaciones para lograr dar frutos, puede ser nuestra lógica y memoria si no dejamos que Dios las invada, y según la importancia que demos a la distracción que los momentos difíciles, las incertidumbres y el dolor pueden ocasionar en ellas, si ignoramos la omnipotencia Divina.

Si estamos atravesando un momento difícil, pidámosle a Dios que podamos poner nuestra atención sólo en Él, en su amor y su gracia. Escuchemos a San Pablo que nos recuerda: “Si nuestra esperanza en Cristo se redujera tan sólo a las cosas de esta vida, seríamos los más infelices de todos los hombres. Pero no es así, porque Cristo resucitó, y resucitó como la primicia de todos los muertos.” Unidos a Cristo, ni la muerte nos vence.

(P. JLSS)

JUEVES – XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO


(1Cor 15, 1-11 / Sal 117 / Lc 7, 36-50)

“Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio, dice el Señor.” ¿Qué tanto caso le hacemos a estas palabras? ¿Acudes al Señor cuando algo te ofusca o a qué acudes? Cada uno de nosotros confesamos que «la misericordia de Dios es eterna», por lo tanto, no debemos permitir que nuestros pecados nos alejen de él, no debemos hacerle caso al falso sentimiento de derrota que el pecado crea en nuestro interior, porque éste es el derrotado, no nosotros.

El pensar sólo en nuestros pecados, producirá miedo y estancamiento; pensar en la misericordia de Dios y permitirle que la experiencia de la misma los arrincone, nos impulsará a querer ser mejores. “Cristo murió por nuestros pecados, como dicen las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según estaba escrito…” ¿Por qué dejarnos distraer por cosas ya vencidas?

En el Evangelio, escuchamos un ejemplo de esto, en la comida en casa de Simón, un fariseo que en lugar de aprovechar la cercanía de Jesús se entretiene en juzgar la vida de la mujer «pecadora» que estuvo «humillándose» ante el Señor, mientras que él por creerse bueno, pareciera que ignoraba su presencia..

Por otro lado en la primera lectura, escuchamos a San Pablo decir: “yo perseguí a la Iglesia de Dios y por eso soy el último de los apóstoles e indigno de llamarme apóstol. Sin embargo, por la gracia de Dios, soy lo que soy, y su gracia no ha sido estéril en mí.” Tenía presente su pasado, como un recordatorio de hasta dónde había llegado por ignorancia, no se torturaba con ello, sino que le impulsaba a no querer volver a atrás y a reconocer el inmenso amor de Dios. Padre te pedimos que nos des la fuerza para ser más dóciles a tu gracia, que podamos reconocer que tras el encuentro con tu Hijo, todo es nuevo. Continúa renovando nuestras mentes y corazones.

(P. JLSS)

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