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MARTES – SEMANA XIII DEL TIEMPO ORDINARIO


(Gen 19, 15-29 / Sal 25 / Mt 8, 23-27)

Cuando uno persevera en el seguimiento del Señor, no puede ni debe olvidar cuál es la meta de todos sus esfuerzos; cuando uno emprende un viaje a donde sea, no descansa hasta que llega a la meta, toda su mente está en llegar a su destino… así nos debería pasar con Dios.

En la primera lectura escuchamos cuando se le pide a Lot huir de Sodoma y Gomorra, avanzar y no mirar atrás, cómo él cumple con este mandato y se salva. La clave está en confiar más en el Señor que en lo espectacular o en lo que atemoriza, obedecer más a Dios que al miedo.

Los apóstoles en el Evangelio, aún cuando iban en la misma barca que Jesús, prestan más atención en lo violento de la tempestad que en el poder de su acompañante. Por ello Jesús les reprende: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?”. Entonces se levantó, dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma.”

Pidámosle al Señor que perdone nuestras inseguridades y en lugar de pedir que remedie todo aquello que consideremos difícil, dejémosle que actúe allí para que el nos devuelva la paz y calme toda intranquilidad, que podamos decir también nosotros “¿Quién es éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?“

(P. JLSS)

LUNES – SEMANA XIII DEL TIEMPO ORDINARIO


(Gen 18, 16-33 / Sal 102 / Mt 8, 18-22)


Tomar la decisión de seguir al Señor no es tan difícil, perseverar en este propósito es lo complicado, por todo lo que implica, no es pura emoción placentera va implicar también aceptar y cargar la cruz de cada día. Por ello Jesús le advierte al que emocionado quería seguirle: “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en donde reclinar la cabeza.”

El seguimiento de Jesús es algo radical que debe brotar el reconocimiento de su elección, de su confianza, de su amor y de su gracia; sólo así le daremos el valor que le corresponde y no andaremos inseguros o queriendo recurrir al pasado para obtener falsas seguridades.

A cada caída o distracción que tengamos debemos mirarla como un recordatorio de nuestra necesidad de ir en busca de la gracia, no debemos rendirnos ante nada, “el Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. El Señor no estará siempre enojado, ni durará para siempre su rencor.”

Vamos a pedirle a Dios que, por la fuerza del Espíritu Santo, fortalezca en nuestro interior la certeza de que ningún pecado es mayor que el amor de Dios, si Él en la primera lectura, se contuvo de destruir la ciudad por un justo, ¿Que será capaz de hacer por quien ha sido justificado por su Hijo?

(P. JLSS)

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO


(1Re 19, 16. 19-21 / Sal 15 / Gal 5, 1. 13-18 / Lc 9, 51-62)

La semana pasada meditamos acerca de estar atentos a nuestra necesidad de Dios, a reconocer que muchos de nuestros momentos difíciles cambiarían si permitiéramos que Dios obrara allí, usábamos la imagen de la sed y la necesidad de agua. Hoy la palabra nos invita a reconocer que tan “hidratados” estamos…

Cuando uno se descubre elegido para algo, inmediatamente después de esto comienza a prepararse, ya sea renunciando a cosas o situaciones que no vayan conforme a la elección, o actuando de acuerdo a la misma. La pregunta es: ¿Te sientes elegido por Dios? ¿Experimentas en tu vida su fuerza? ¿Qué te mueve más, hacer tu voluntad o el Espíritu Santo?

Grabemos en nuestro interior las palabras que San Pablo dirige a los gálatas: “Cristo nos ha liberado para que seamos libres. Conserven, pues, la libertad y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud. Su vocación, hermanos, es la libertad.” La libertad que da el saberse amados infinitamente y saber que nuestro esfuerzo debe estar en corresponder al Amor.

Cuando olvidamos lo amados que somos o nos dejamos distraer por cualquier cosa, permitiremos que surjan miedos y/o antiguos demonios (sentimientos u obsesiones persistentes y torturadoras) cómo les pasó a Santiago y Juan; este es precisamente un indicador de cómo andamos en relación con Dios ¿me muevo por impulso o mantengo la calma? Recordemos: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios.”

(P. JLSS)

Sábado – SEMANA XII DEL TIEMPO ORDINARIO


Solemnidad de san Pedro y San Pablo, Apóstoles
(Hch 12, 1-11 / Sal 33 / 2 Tim 4, 6-8. 17-18 / Mt 16, 12-19)

Celebrar a san Pedro y San Pablo debe llenarnos de júbilo, primeramente por la importancia de estos dos personajes: Simón llamado Pedro, piedra sobre la cual el Señor edificaría su Iglesia, enviado también a confirmar a sus hermanos; y Saulo (Pablo), elegido por Dios para anunciar a los paganos el Evangelio.

Pero también, debemos estar jubilosos, porque ellos nos demuestran el interés que Dios tiene por todos nosotros y cómo siempre pone todos los medios necesarios para que nos acerquemos a él. Siendo nosotros mismos por lo general el más grande impedimento a su acción en nuestro interior.

San Pablo nos enseña que aún cuando nos pudiéramos considerar muy lejanos de Dios, si le dejamos actuar en nuestro interior libremente, él nos puede convertir en bendición para muchos hermanos; Pedro, nos enseña el impulso que debemos agarrar una vez que el Señor nos levanta, él por miedo le negó pero acepto de nuevo la misericordia y se levantó siendo testimonio para todos.

Este día en que agradecemos a Dios por procurarnos siempre y por poner los medios necesarios para que nos acerquemos a él, este día en que el ejemplo de estos dos grandes apóstoles nos ilumina para no rendirnos, pidámosle a nuestro Padre celestial que por la fuerza del Espíritu Santo hagamos siempre lo que nos toca conforme a su voluntad. Que podamos decir, cómo San Pablo: “He luchado bien en el combate, he corrido hasta la meta, he perseverado en la fe. Ahora sólo espero la corona merecida…”

(P. JLSS)

VIERNES – SEMANA XII DEL TIEMPO ORDINARIO


Solemnidad del Sagrado Corazón
(Ez 34,11-16 / Sal 22 / Rom 5, 5-11 / Lc 15, 3-7)

Hoy celebramos la Solemnidad del Sagrado Corazón… dentro de las imágenes religiosas que más me impresionaban y cuestionaban de niño esta era una de ellas, no la entendía y creo que muchos aún adultos pueden estar así. ¿Que celebramos en este día? Obviamente no es a un órgano físico del Señor, celebramos lo que en él se representa. El amor, la entrega, su cuidado, celebramos ser amados con todo su corazón.

Desde los primeros tiempos de la Iglesia surgió en la iglesia venerar el misterio del amor de Dios, en la figura del corazón traspasado de Cristo y todo lo que éste representa, el cumplimiento de las palabras del profeta: “Yo mismo apacentaré a mis ovejas; yo mismo las haré reposar, dice el Señor Dios. Buscaré a la oveja perdida y haré volver a la descarriada; curaré a la herida, robusteceré a la débil, y a la que está gorda y fuerte, la cuidaré. Yo las apacentaré en la justicia.”

Hoy se nos hace la invitación a dejarnos amar completamente por Dios, a reconocer que este amor se nos ofrece a todos, a cada uno de nosotros, a animarnos a dejarnos amar confiando en su palabra, “Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentirse.”

El amor que Cristo nos tiene es inmenso, San Pablo lo explica de esta manera: “Difícilmente habrá alguien que quiera morir por un justo, aunque puede haber alguno que esté dispuesto a morir por una persona sumamente buena. Y la prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores.” Cuando hay un enamorado, lo único que puede limitar su amor es la aceptación o la cerrazón del otro. No nos cerremos, ¡dejemos que el amor nos invada!

(P. JLSS)

JUEVES – SEMANA XII DEL TIEMPO ORDINARIO


(Gn 16, 1-12. 15-16 / Sal 105 / Mt 7, 21-29)

¿En qué estamos cimentados? ¿En Cristo o en una supuesta autosuficiencia? Nuestra fe no es algo que se pueda quedar encerrado, necesariamente debe de ser compartida, porque un gozo tan grande no se puede contener; utilizando palabras de Jesús, nadie enciende una lámpara para luego esconderla debajo de algo.

Sabremos si nos cimentamos en Cristo si no dejamos que nada nos atemorice más de la cuenta, si no cesa nuestra alegría y parresía, si somos capaces de mantener nuestra confianza en Dios aún en medio de dificultades, siendo conscientes de que él estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Cuando nos descentramos y ponemos nuestra atención en otras cosas que no son la voluntad de Dios, podemos incluso hasta cometer errores o no saber cómo manejar la situación, tal como pasó a Abraham mientras esperaba el cumplimiento de la promesa de ser padre, que tomó a la esclava que Saray le entregó.

Pidámosle a Dios, ser siempre conscientes de su amor y obra en nuestras vidas, no perder de vista su providencia; también, pidamos la docilidad necesaria para siempre movernos bajo el impulso del Espíritu Santo y no el propio, recordando las palabras del Señor, “no todo el que me diga: `¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos”.

(P. JLSS)

MIÉRCOLES – SEMANA XII DEL TIEMPO ORDINARIO


(Gn 15, 1-12. 17-18 / Sal 104 / Mt 7,15-20)

El Señor es claro cuando dice: “Todo árbol bueno da frutos buenos y el árbol malo da frutos malos… por sus frutos los conocerán.”, lo cual nos debe llevar a cuestionarnos qué frutos hemos estado dando. Los que se encuentran con nosotros ¿se llevan algo positivo?

Cuando uno tiene presente al Señor da frutos buenos, y cuando no se olvida de sus obras, y providencia, no se desanima tan fácilmente, no se desespera. El mismo señor lo dice, “permanezcan en mí y yo en ustedes; el que permanece en mí da fruto abundante”.

Cuando una persona que sigue a Jesús, que cree en él y quiere dar testimonio con su vida de su fe, comienza a dar otros frutos con sus actos ha comenzado a olvidar las obras del Señor y sus promesas, ha dejado que se nuble su esperanza… ni aunque transcurran mil generaciones se olvidará el Señor de sus promesas.

Abraham siempre creyó en el Señor, no desconfió de Dios ni por lo “ilógico” que pudiera parecer su promesa (hacerle padre de una descendencia numerosa en su ancianidad), pidámosle a Dios que aumente nuestra fe para mantenernos firmes en nuestras convicciones y no permitir que cualquier cosa nos haga dudar. Él siempre cumple sus promesas.

(P. JLSS)

MARTES – SEMANA XII DEL TIEMPO ORDINARIO


(Gn 13, 2. 5-18 / Sal 14 / Mt 7, 6. 12-14)

Quien sigue a Jesús debe irradiar su luz de la vida, y no dejarse confundir por nada, anteponer la voluntad de Dios a sus criterios, puesto que se ha dejado tocar por Dios, para él todo es nuevo y se debe esforzar por entrar la puerta estrecha que conduce a la vida eterna.

El Señor en el Evangelio nos invitaba a tratar a los demás como queramos que ellos nos traten a nosotros. Porque en en esto se resumen la ley y los profetas. ¿Cómo es la forma de comportarte con los que te rodean? ¿Manifiestas tu encuentro con Cristo en tu trato?

Las características que da el salmo de una persona grata a los ojos de Dios son interesantes: “…procede honradamente y obra con justicia; el que es sincero en todas sus palabras y con su lengua a nadie desprestigia”; no hace mal, no difama, presta sin usura… etc. En pocas palabras, trata al otro cómo le gustaría ser tratado.

Esto es precisamente lo que hoy le pediremos al Espíritu Santo, que nos dé la fortaleza para buscar siempre darle su lugar al otro, no conformarnos sólo con no hacer lo que no nos gustaría que nos hicieran, sino tratarle así como prójimo nuestro.

(P. JLSS)

LUNES – SEMANA XII DEL TIEMPO ORDINARIO


Solemnidad de la natividad de Juan Bautista
(Is 49, 1-6 / Sal 138 / Hch 13, 22-26 / Lc 1, 57-66. 80)

Seis meses antes de navidad celebramos el nacimiento de Juan el Bautista, aquel del que se dijo: “Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus camino”, agradecemos la llegada al mundo de su precursor. A Juan le recordamos por haber hecho lo que el Señor le pedía ¿qué tanto cumples lo que el Señor te pide?

Todos nosotros, estamos llamados a hacer aquello que el Señor nos pide, en el lugar donde nos ha colocado él y nuestras decisiones. Agradezcámosle por nuestras vidas digámosle: “Tú formaste mis entrañas, me tejiste en el seno materno te doy gracias por tan grandes maravillas; soy un prodigio y tus obras son prodigiosas”.

Reconocemos este día, que recordamos el nacimientos de Juan Bautista, que Dios nos ha dado la vida, que nos ha salvado capacitándonos para vivir en la libertad de ser sus hijos y que, haciendo uso de ésta y siendo auténticos podremos dejar huella en el mundo manifestando la luz de Cristo irradiada en nuestras vidas.

Pidámosle a Dios que nos dé docilidad a su espíritu para serle fieles en todo aquello que nos ha confiado, sin perderle de vista, como Juan supo decir: “Yo no soy el que ustedes piensan. Después de mí viene uno a quien no merezco desatarle las sandalias”, que nosotros también sepamos darle siempre a nuestro Padre celestial el primer lugar.

(P. JLSS)

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO


(Zac 12, 10-11; 13, 1 / Sal 62 / Gal 3, 26-29 / Lc 9, 18-24)

La sed es el mecanismo por el cual, el hipotálamo, envía la señal al cuerpo de que necesita ingerir agua por exceso de sales o porque la sangre o demás líquidos orgánicos tienen una densidad excesiva. El cuerpo reconoce que necesita agua. Por eso me llama la atención la frase: “Señor, mi alma tiene sed de ti” ¿reconocemos los síntomas por los que se intuye la necesidad de Dios?

¿Qué tanto podrías hacer tuyas las palabras del salmo: “Señor, tú eres mi Dios, a ti te busco; de ti sedienta está mi alma. Señor, todo mi ser te añora como el suelo reseco añora el agua”? Para lograrlo necesitamos tener mucha claridad en quién es Jesús para los demás y quién para uno mismo. Eso les pregunta a los discípulos en el Evangelio de este día.

Todos nosotros por el bautismo hemos sido incorporados a Cristo, nos hemos revestido de Cristo. Vivimos en el tiempo del que habla Zacarías: “En aquel día brotará una fuente para la casa de David y los habitantes de Jerusalén, que los purificará de sus pecados e inmundicias.” ¿Reconocemos que tenemos necesidad de acercarnos a la fuente?

Jesús nos ha dicho en el Evangelio: “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga.” Quien se empeña en cumplir la voluntad de Dios tiene que asumir responsablemente las consecuencias que esto implica, pero no debe olvidar que cuenta con una fuente inagotable para calmar su sed y descansar: el Espíritu Santo, el amor y la gracia de Dios. Que Dios nos conceda la sensibilidad para reconocernos necesitados de su presencia siempre.

(P. JLSS)

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