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LUNES – SEMANA II DEL TIEMPO ORDINARIO


(1Sm 15, 16-23 / Sal 49 / Mc 2, 18-22)

Ayer domingo meditamos acerca de la necesidad que tenemos de ser conscientes de todo lo que implica estar bautizados, la firmeza que debe traer esto a nuestras vidas y el compromiso que esto implica, ya que “la Palabra de Dios es viva y eficaz y descubre los pensamientos e intenciones del corazón.”

¿Qué tan obediente soy a lo que él Señor me pide? ¿Soy dócil a su gracia o he caído ya en falsas autosuficiencias? Saúl se olvidó de lo que Dios había obrado en él, de la misericordia de Dios y comenzó a confiar más en su corona; por ello Samuel le reprocha: “¿Crees tú que al Señor le agradan más los holocaustos y los sacrificios que la obediencia a sus palabras? La obediencia vale más que el sacrificio, y la docilidad, más que la grasa de los carneros.”

Si en el Antiguo Testamento, Dios tomaba en cuenta la correspondencia a su amor, quienes se han encontrado con Jesucristo deben manifestar con su vida los frutos de la gracia, a saber: paz, tranquilidad, serenidad, libertad, novedad… “Quien las gracias me da, ése me honra y yo salvaré al que cumple mi voluntad.”

“Nadie le pone un parche de tela nueva a un vestido viejo, porque el remiendo encoge y rompe la tela vieja y se hace peor la rotura. Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino rompe los odres, se perdería el vino y se echarían a perder los odres. A vino nuevo, odres nuevos.” Pidámosle a Dios que, por la fuerza del Espíritu Santo, renueve nuestras vidas, que éstas sean iluminadas por su luz, para poder recibir el evangelio tranquilamente, confiados en Dios y en su infinita misericordia. No en nuestras falsas coronas.

(P. JLSS)

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO


(Is 49, 3. 5-6) / Sal 39 / 1Cor 1, 1-3 / Jn 1, 29-34)

La semana pasada recordábamos la grandeza de nuestro bautismo, por medio de ese sacramento fuimos injertados en Cristo, podemos decir que las palabras de Juan: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo.” Hoy son un recordatorio para nosotros.

Por nuestro bautismo, cada uno de nosotros podemos acudir al Señor confiados, pues “aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros. A todos los que lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de Dios.” Lo cual quiere decir que se nos debe notar que somos sus hijos, que le pertenecemos.

En Jesús se cumplen las palabras de Isaías: “Es poco que seas mi siervo sólo para restablecer a las tribus de Jacob y reunir a los sobrevivientes de Israel; te voy a convertir en luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra.” ¿Qué tanto te dejas iluminar por él? ¿Buscas en él la claridad para todo lo que oscurece tu vida?

Pidámosle a Dios que se cumplan en nosotros los deseos de San Pablo: “les deseo la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Cristo Jesús, el Señor.” Muchos de nuestros problemas y situaciones difíciles terminarían si nos abandonáramos a su gracia y vendría su paz.

(P. JLSS)

SÁBADO – SEMANA I DEL TIEMPO ORDINARIO


(1Sm 1-4. 10. 17-19; 10, 1) / Sal 20 / Mc 2, 13-17)

Todos en algún momento de nuestra vida nos deberíamos preguntar frente a Dios: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? (Cf.Sal 8, 4), cuando vienen a mi mente interrogantes semejantes, la respuesta que más tranquiliza mi mente es «Porque se te dio la gana», y es que toda obra de amor primero se acepta, después se comprende.

¿Por qué eligió Dios a Saúl? Sólo él sabe, lo que si se sabe es que Saúl respondió a la misión que Dios le daba. ¿Tienes claro qué es lo que Dios te está pidiendo en estos momentos? ¿Estás dispuesto a responderle aunque eso implique soltar viejas seguridades?

Leví (Mateo) confió más en lo que Dios pensaba de él que en los prejuicios que pudieran haber de él, nos dice el Evangelio Al pasar, vio a Leví (Mateo), el hijo de Alfeo, sentado en el banco de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”. El se levantó y lo siguió.” Y lo recibió en su casa, le dejó involucrarse completamente.

Pidamos a Dios nuestro Padre, que nos dé la capacidad de aceptar su voluntad antes de querer comprenderle. Que él sea nuestra fortaleza, que nunca busquemos ponerla en algo antes que en él. Abandonémonos a la novedad de su amor.

(P. JLSS)

VIERNES – SEMANA I DEL TIEMPO ORDINARIO


(1Sm 8, 4-7. 10-22 / Sal 88 / Mc 2, 1-12)

Cada uno de nosotros estamos llamados a acercarnos a Jesús reconociendo su amor , su gracia, su autoridad y su poder, antes que cualquier otra cosa. Nosotros decimos que Jesucristo es nuestro Señor ¿Qué significa eso para ti? ¿le reconoces como propietario, maestro, tutor…?

Creer que Dios es nuestro rey, implica el reconocimiento de todo la obra que ha realizado entre nosotros, toda la historia de la Salvación, desde la creación, su revelación por medio de los profetas, el cumplimiento de todas las profecías en Jesucristo (su pasión, muerte y resurrección), con el envío del Espíritu Santo… etc. de allí, es más sencillo el reconocimiento de su autoridad.

Una vez reconocida la autoridad del Señor y la grandeza de todos sus dones, se le pedirá con confianza lo que se necesita. Si no se le conoce, pareciera que se le pide “como para ponerle a prueba”, dudando que lo pueda hacer, los personajes del Evangelio no dudaron para nada del Señor, fueron capaces hasta bajar al enfermo por el techo ¿cuando le pides algo a Dios, lo haces confiando plenamente en él?

Los israelitas tras la incomprensión de la realidad, o la falta de confianza en la providencia, le piden a Samuel un rey, pusieron su confianza más en las estructuras sociales que en el poder de Dios. Debemos tener cuidado de que no nos pase igual. Pidámosle al Señor que nos conceda mayor confianza en Él y su poder, que fortalezca nuestra fe, que procuremos cada día conocerle más para no terminar postrados ante nada insignificante por miedo.

(P. JLSS)

JUEVES – SEMANA I DEL TIEMPO ORDINARIO


(1Sm 4, 1-11 / Sal 43 / Mc 1, 40-45)

¿De qué manera te acercas al Señor, le consideras tu salvador y redentor o sólo te acercas a él como si fuese sólo un taumaturgo, un milagrero? Si bien es cierto que Jesús predicaba la buena nueva del reino y curaba a la gente de toda enfermedad, él no quería ser reconocido sólo por eso.

Quien se acerca a Dios, como si fuese un cofre de dónde puedo sacar todo lo que necesito únicamente, se está equivocando. ¿Cómo podría reconocer la obra de Dios quien ni siquiera se ha dado la tarea de conocerle? Quienes creemos en Jesucristo somos testigos de que el amor y la generosidad de Dios supera por mucho nuestras expectativas.

No podemos actuar como los israelitas en la primera lectura, que fueron casi ilógicos por su pensamiento triunfalista, ya habían sido derrotados en la batalla y cuando llega el arca confiaron en ella como si de algo mágico se tratara y como era de esperarse, fueron derrotados por los filisteos.

Debemos pedirle a Dios, nuestro Señor, que acreciente en nosotros el poder de su amor y de su gracia, que no sea para nosotros sólo algo a lo que podemos acudir cuando tenemos problemas, sino como quien es en realidad, alguien que se ha querido involucrar con nosotros hasta lo más intimo, sólo así, siendo conscientes de lo que somos para él, sabremos que es aquello que realmente necesitamos.

(P. JLSS)

MIÉRCOLES – SEMANA I DEL TIEMPO ORDINARIO


(1Sm 3, 1-10. 19-20 / Sal 39 / Mc 1, 29-39)

Siempre han llamado mucho mi atención las palabras del Señor: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen…” porque nos deben llevar a cuestionarnos acerca de qué tanto escuchamos la voz del Señor y qué tanto reconocemos que nos conoce totalmente.

Cuando el Señor nos llama para cualquier cosa en particular, cuando nos confía algo, es porque nos conoce y nos sabe capaces, jamás debemos olvidar eso. Incluso, hemos escuchado en el Evangelio que en su jornada, se daba tiempo para atender a todos y algo más: ir a la sinagoga, sanar a la suegra de Pedro, sanar enfermos hasta la noche, de madrugada irse a orar, deseando ir a otros pueblos a predicar…

¿Qué te ha confiado Dios? ¿Lo puedes reconocer? Haz silencio y pídele que te ilumine para descubrir su compañía y apoyo. Él siempre está contigo. Si lo que te está pidiendo aún es confuso, pídele claridad para reconocer su voluntad allí, aunque esto rebase tu lógica.

Acudamos a nuestro Padre y dispongámonos a que, por la acción del Espíritu Santo, nos dé luz en cualquier oscuridad que estemos pasando, digámosle cómo Samuel: “Habla, Señor; tu siervo te escucha” y aceptemos su respuesta.

(P. JLSS)

MARTES – SEMANA I DEL TIEMPO ORDINARIO


(1Sm 1, 9-20 / 1Sm 2 / Mc 1, 21-28)

Todos nosotros hemos sido salvados por Jesucristo, aceptamos su Señorío en nuestra vida y recibimos el Espíritu Santo, todo esto por puro amor del Padre, la interrogante que hoy nos da la palabra es: ¿te dejas impresionar por la acción de Dios en tu vida o ya te acostumbraste a ella?

En el Evangelio que nos narra el pasaje en el que, el Señor, libera a un atormentado en la sinagoga, y nos dice de quienes fueron testigos de esto, “Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: ¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen.” Se cuestionaban sobre el poder y la persona de Jesús.

En la primera lectura, seguimos escuchamos el nacimiento de Samuel (“al Señor se lo pedí), notemos que después de recibir la bendición anhelada sabe reconocer la proveniencia del mismo, muchas veces cuando el Señor realiza algo en nuestras vidas nos entusiasmamos al momento pero pronto pareciera que se nos olvida.

Pidámosle a Dios, ser capaces de reconocer siempre su acción en nuestras vidas; agradezcamos todo lo que nos ha dado, sólo quien es agradecido valora lo que recibe. Padre bueno, gracias por todo lo que nos has dado, no permitas que nos acostumbremos a tus obras… “Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros.” (1Tes 5, 16-18)

(P. JLSS)

LUNES – SEMANA I DEL TIEMPO ORDINARIO


(1Sm 1, 1-8 / Sal 115 / Mc 1, 14-20)

Después de celebrar el bautismo del Señor, recordar nuestro bautismo y toda las gracias y bendiciones que éste implica, no nos queda más que repetir con el Salmista: “¿Cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Levantaré el cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor.”

Esa alegría debe tener en cuenta las palabras de Jesús: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio”, ¿de qué manera he preparado el camino del Señor? ¿Le doy oportunidad de acercarse? ¿Que tanta tranquilidad me da el saber que cuento con Dios?

En la primera lectura vemos a dos mujeres Ana y Peninná; la primera, aún en su necesidad permanecía fiel a Dios; la segunda, en lugar de poner atención en las bendiciones que Dios le hacía, estaba de envidiosa de la otra, no disfrutaba de lo que Dios le daba por envidia… ¿a qué le prestas más atención tú, a las bendiciones o al otro?

Pidámosle a Dios que invada completamente nuestro corazón, para ser cada día más agradecidos, que abra nuestros ojos para reconocer su acción en nuestras vidas y no estarnos lamentando como si estuviéramos abandonados, contamos con Él y quien a Dios tiene, nada le falta.

(P. JLSS)

DOMINGO – FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR


(Is 42, 1-4. 6-7 / Sal 28 / Hch 10, 34-38 / Mt 3, 13-17)

Hoy celebramos el bautismo del Señor, su vida publica comienza con este gesto de anonadamiento, voluntariamente se dirige al bautismo de Juan destinado a los pecadores; el Espíritu Santo que se cernía sobre las aguas de la primera creación, desciende como preludio de la nueva creación y el Padre presenta a Jesús como su Hijo amado.

El Bautismo, decía San Gregorio Nacianceno (329-389 d. de C.), «es el más bello y magnífico de los dones de Dios […] lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios». (Cf. CCE 1216)

Hoy se nos invita a reconocer por un lado, el llamado que desde el bautismo tenemos de escuchar al Hijo muy amado del Padre; por otro a reconocer lo que este Misterio realiza en nosotros, ya no somos siervos sino hijos y si hijos también herederos por medio de Dios (Cf. Gal 4, 7). “…Dios no hace distinción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que fuere. Él envió su palabra a los hijos de Israel, para anunciarles la paz por medio de Jesucristo, Señor de todos.”

Cada uno de nosotros, desde nuestro bautismo, somos algo más que simples creaturas, somos hijos de Dios, por Jesucristo. Que el Espíritu Santo nos de la fortaleza para vivir desacuerdo a esa nueva dignidad que se nos ha dado de hijos de Dios, no permitamos que nada ni nadie nos distraiga de este magnifico don. Ser bautizados es ser salvados, ¿Qué tanta alegría te da tu bautismo?

(P. JLSS)

SÁBADO – DENTRO DEL TIEMPO DE NAVIDAD


(1Jn 5, 14-21 / Sal 149 / Jn 3, 22-30)

La frase del Salmo que hemos escuchado, “El Señor es amigo de su pueblo y otorga la victoria a los humildes…” nos invita a cuestionarnos acerca de qué tanto aceptamos la voluntad de Dios en nuestras vidas y, también, qué tanto nos desesperamos cuando su voluntad no embona con nuestros deseos.

Nuestro Padre Celestial ha sido generoso en abundancia, nos ha dado a su Hijo para que tengamos vida eterna, por eso tenemos plena certeza de que está al tanto de nosotros, pues “la confianza que tenemos en Dios consiste en que, si le pedimos algo conforme a su voluntad, él nos escucha. Si estamos seguros de que escucha nuestras peticiones, también lo estamos de poseer ya lo que le pedimos.”

Juan el Bautista, tenía claro cuál era su misión, cuando ésta había llegado al fin supo reconocerlo, con sus palabras, “así también yo me lleno ahora de alegría. Es necesario que él crezca y que yo venga a menos”, demuestra su total abandono a la voluntad de Dios.

Para que cada uno de nosotros logremos abandonarnos, como Juan, a la Voluntad de Dios, necesitamos hacer silencio para escucharle, abandonarnos a su amor y al poder del Espíritu Santo, para que todas nuestras acciones sean impulsadas por su inspiraciones y mociones.

(P. JLSS)

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