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MIÉRCOLES – SEMANA XX DEL TIEMPO ORDINARIO


(Jue 9, 6-15 / Sal 20 / Mt 20, 1-16)

Aceptar que Dios ha sido misericordioso con cada uno de nosotros y que nos ha dado su amor y gracia gratuitamente, debería ser una razón más que suficiente para aceptar nuestra realidad; porque sabernos salvados por pura misericordia implica el reconocimiento de que él siempre está al pendiente de nosotros.

Cuando uno se desgasta queriendo que las cosas sucedan siempre como las desea, se ha comenzado a olvidar de la providencia, se podría decir que quiere que la voluntad de Dios se ajuste a la suya. Un Ejemplo claro lo podemos encontrar en Abimélek (y en todos aquellos que aspiran puestos de poder, sólo por poder) tarde que temprano terminarán perdidos.

Otro ejemplo, el de los jornaleros que piensan recibir más dinero por la jornada trabajada, pensaban que la recompensa era poca cuando se comenzaron a comparar con los demás ¿no es cierto? Cuando comenzaron a ver su trabajo en relación al de los otros. Lo importante es responder al llamado de Dios y acrecentar nuestra relación con él para anhelar estar a su lado.

Pidámosle a Dios que por la fuerza del Espíritu Santo acreciente en nosotros el deseo de recibir “su salario” (la vida eterna), que cada día crezca en nosotros el deseo de estar junto a él “Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?’”.

(P. JLSS)

MARTES – SEMANA XX DEL TIEMPO ORDINARIO


(Jue 6, 11-24 / Sal 84 / Mt 19, 23-30)

A cuántos de nosotros cuando las cosas no van como las imaginamos nos han pasado por la cabeza ideas y/o frases como las que escuchamos que Gedeón respondió al ángel: “Si el Señor está con nosotros, ¿por qué han caído sobre nosotros tantas desgracias? ¿Dónde están todos aquellos prodigios de los que nos hablaban nuestros padres…?”

Gedeón lanzó esta frase al no poder conjugar la presencia del Señor con la situación que estaba viviendo, pero aún así estaba atento a lo que el Señor le mandaba y le preguntaba directamente por aquellas limitaciones que él suponía para poder lograrlo, obteniendo como respuesta: “Yo estaré contigo y tú derrotarás a todos los madianitas como si fueran un solo hombre.”

Quien pone su confianza en Dios, quien le considera como lo más valioso, no teme pérdida alguna ni se tambalea tan fácilmente. “Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza.” Acercándose a nosotros para que nos apeguemos únicamente a él y a su amor.

Pidámosle a Dios, que por la fuerza del Espíritu Santo, nos haga libres de todo apego material desordenado, que nos libre de toda soberbia para abrirnos a los hermanos conscientes de que nuestra mayor riqueza es Dios. “No olvidemos que muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros.” Preferible ser, temporalmente, de los “últimos”, que serlo eternamente ¿no es cierto?

(P. JLSS)

LUNES – SEMANA XX DEL TIEMPO ORDINARIO


(Jue 2, 11-19 / Sal 105 / Mt 19, 16-22)

Para no perder la paz debemos estar atentos sólo a Dios y no dejarnos entretener por ningún distractor (entiéndase sufrimiento, situaciones difíciles o incomprensibles). Por ello es necesario tener claro a qué le damos mayor importancia, si es a Dios o a qué cosa.

Los israelitas se dejaban distraer muy fácilmente, siempre que se aproximaba alguna situación difícil o que no podían comprender preferían hacer las pases con cualquier cosa abandonada y dejar de lado a Dios, que había realizado tantos prodigios ya en medios de ellos.

Ante lo incomprensible ¿regresas a antiguas seguridades o permaneces fiel a Dios? El joven del Evangelio prefirió aferrarse a sus posesiones que arriesgarse a la novedad y a vivir a un lado de Jesús ¿Qué preferirías tú?

Pidámosle a Dios que acreciente en nuestro interior la experiencia de su amor, para valorar su amor y gracia cada vez más, sólo así ni las falsas seguridades ni el miedo harán que pase por nuestra cabeza abandonar nuestro perseverar al lado del Señor.

(P. JLSS)

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO


(Jer 38, 4-6. 8-10 / Sal 39 / Hb 12, 1-4 / Lc 12, 49-53)

La semana pasada se nos invitó en la palabra a purificar nuestra idea de Dios, a reconocer su amor y misericordia, a anhelar llegar con él, hacer su voluntad no por una obligación ciega sino en correspondencia a su amor. (Si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa).

Hoy se nos invita nuevamente “correr con perseverancia la carrera que tenemos por delante, fija la mirada en Jesús, autor y consumador de nuestra fe. Él, en vista del gozo que se le proponía, aceptó la cruz, sin temer su ignominia, y por eso está sentado a la derecha del trono de Dios”. No debemos entretenernos en las dificultades sino en nuestra esperanza.

Jeremías confiaba en Dios, era amado por Dios y no se sintió abandonado por él mientras lo bajaban al pozo; ante las dificultades debemos comportarnos como ovejas del Señor, no escuchar otras voces más que la de él, debemos comportarnos como enamorados, para quien se sabe amado no existe límite, hará lo posible por llegar a estar al lado de su amado…

Cristo vino al mundo a manifestar la inmensidad del amor de Dios, a demostrar que nada limita el amor que el Padre tiene por cada uno de nosotros, dejémonos encender por el fuego de su amor para no estar de temerosos, ni desanimarnos… ¡Que siempre nos impulse el Amor!

(P. JLSS)

SÁBADO – SEMANA XIX DEL TIEMPO ORDINARIO


(Jos 24, 14-29 / Sal 15 / Mt 19, 13-15)

Cuando leí por primera vez la dedicatoria del libro del Principito me llamó mucho la atención que el autor pedía perdón a los niños por dedicar su libro a un adulto, y que después de dar varias excusas, dijera: «todos los mayores han sido primero niños (pero pocos lo recuerdan)». Desde entonces cada que escucho este fragmento del Evangelio se viene a mi mente.

“Dejen a los niños y no les impidan que se acerquen a mí, porque de los que son como ellos es el Reino de los cielos.” Cuando uno conoce a Dios, cuando tiene su encuentro personal con Él se abandona y confía como un niño pequeño con su padre. Valdría la pena preguntarnos si se nos está olvidando ser así como niños con respecto a Dios.

Renovemos nuestra alianza con Dios, no permitamos que nada nos distraiga, recordemos al elección que hizo Dios con nosotros y volvamos a elegir serle fieles. Dejémonos impulsar por el Espíritu Santo, que sea él quien nos haga sencillos y nos revele los misterios del Reino. Los niños confían siempre y nunca son calculadores.

Traigamos a nuestra memoria los beneficios que El Señor ha obrado por nosotros, y volvamos a elegirle a él, digámosle con nuestras propias palabras, unas similares a las Que dijo el pueblo a Josué: “Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses, porque el Señor es .nuestro Dios; él fue quien nos sacó de la esclavitud de Egipto, el que hizo ante nosotros grandes prodigios, nos protegió por todo el camino que recorrimos, y en los pueblos por donde pasamos expulsó a todos los que habitaban el país al que llegamos. Así pues, también nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios.”

(P. JLSS)

VIERNES – SEMANA XIX DEL TIEMPO ORDINARIO


(Jos 24, 1-13 / Sal 135 / Mt 19, 3-12)

El último capítulo del libro de Josué abarca cuatro puntos concretos: la convocación de Israel en Siquem; las palabras en nombre del señor; el diálogo entre Josué y el pueblo; y por último, la renovación de la alianza. Hoy escuchamos las palabras que dirige en nombre de Dios, donde le recuerda todo lo que ha hecho por ellos.

El recorrido histórico que hace Josué parte del llamado de Abraham, al cual arrancó del politeísmo hasta ese momento en el que asegura “les he dado una tierra que no han cultivado; unas ciudades que no han construido y en las que, sin embargo, habitan; les he dado viñedos y olivares que no habían plantado y de los que ahora se alimentan.” En ocasiones hace falta recordar lo que se nos ha dado para valorar a quien tenemos al frente.

En el Evangelio los fariseos le preguntan a Jesús, para ponerle a prueba, si le está permitido al hombre divorciarse de su esposa por cualquier motivo, a lo que él responde también haciendo memoria, remontándose hasta el momento de la creación, recordando que los esposos “…ya no son dos, sino una sola carne. Así pues, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.” Como es necesario en el matrimonio el don de la memoria, para reconocer que el otro es un don que Dios envió y no querer rendirse por mera falta de comodidad.

Pidámosle a Dios que nos dé su luz que ilumine toda nuestra realidad, para interpretarla desde la luz de su amor. Que nos conceda el don de la menoría para nunca más reaccionar ni tomar decisiones aceleradas, las decisiones aceleradas por lo general vienen cargadas de arrepentimiento. Recordemos que el verdadero amor también tiene exigencias, asumámoslas responsablemente.

(P. JLSS)

JUEVES – SEMANA XIX DEL TIEMPO ORDINARIO


Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María
(Ap 11, 19; 12, 1-6. 10 / Sal 44 / 1 Cor 15, 20-27 / Lc 1, 39-56)

Son cuatro los Dogmas Marianos: la Perpetua Virginidad (virgen antes, durante y después del parto); la Maternidad Divina (madre del Verbo en cuanto la humanidad); la Inmaculada Concepción (fue preservada del pecado desde su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano); y el que celebramos hoy, la Asunción de María (terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo).

“Cristo resucitó, y resucitó como la primicia de todos los muertos…” El catecismo de la Iglesia Católica nos dice: La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos (CCE 966).

En la celebración de la Asunción de María, hacemos nuestras las palabras de Isabel:”¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme?” Y reconocemos que es inconcebible que aquel vientre del cual salió Cristo, fuese dejado que experimentara la corrupción.

“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen.” Dejemos que el misterio de la Asunción acreciente nuestra esperanza y nuestra confianza en la gran intercesora con la que contamos en el cielo.

(P. JLSS)

MIÉRCOLES – SEMANA XIX DEL TIEMPO ORDINARIO


(Dt 34, 1-12 / Sal 65 / Mt 18, 15-20)

En el salmo se nos hace la siguiente invitación: “Admiremos las obras del Señor, los prodigios que ha hecho por los hombres. Naciones, bendigan a nuestro Dios, hagan resonar sus alabanzas.” ¿Qué tanta atención y cuánto valor le damos a los que Dios ha hecho por nosotros?

Cuando uno reconoce la obra del Señor y no se olvida de sus pecados y limitaciones, experimenta lo que es la misericordia, y cuando uno experimenta este misterio debe ser más paciente con los errores ajenos, debe ser paciente y jamás acelerarse en su juzgar ni actuar.

El Señor ha sido claro, “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad…” solo hasta entonces se dice que debemos alejarnos de quien no quiere cambiar. La corrupción es proselitista.

Quienes creemos en Jesús, estamos llamados a manifestar en el mundo la reconciliación que Dios nos ha dado por medio de Cristo. Por ello en la corrección fraterna se nos dice que hablemos primero con la persona involucrada, quien comienza al revés busca la divulgación, no la corrección.

(P. JLSS)

MARTES – SEMANA XIX DEL TIEMPO ORDINARIO


(Dt 31, 1-8 / Sal 32 / Mt 18, 1-5. 10. 12-14)

¿Reconoces todo lo que Dios te ha dado, todo lo que ha hecho por ti, todo los que te promete? Muchas veces podemos caer en el error o la desesperanza por no reconocer lo que ya se ha obrado en y por nosotros. Dios es amor, nos ha dado la vida, la salvación, su Espíritu Santo y todo lo que tenemos. Debemos tenerlo presente siempre.

Hoy escuchamos en el Evangelio que Jesús enseña la clave para ser grande en el reino de los cielos: “yo les aseguro a ustedes que si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos…” siempre me ha llamado la atención que cuando hay algún hecho peligros donde hay niños, mientras los adultos andan buscando para donde correr, los niños se aferran a sus padres.

Meditemos en un momento de silencio sobre el amor del Padre, cómo siempre ha revelado su deseo de estar con nosotros, de que reconozcamos lo inmensamente amados que somos por él, su protección y pidámosle que nos ilumine para tenerlo presente siempre y no dejarnos distraer por nada.

Recordemos las palabras que Moisés dirige al pueblo y a Josué cuando algo nos atemorice o angustie: “Sean fuertes y valientes, no teman, no se acobarden ante ellos, porque el Señor, su Dios, avanza con ustedes. Él no los dejará ni abandonará.” Jamás lo hará.

(P. JLSS)

LUNES – SEMANA XIX DEL TIEMPO ORDINARIO


(Dt 10, 12-22 / Sal 147 / Mt 17, 22-27)

Ayer escuchamos, en el libro de la sabiduría, que “los piadosos hijos de un pueblo justo celebraron la Pascua en sus casas, y de común acuerdo se impusieron esta ley sagrada, de que todos los santos participaran por igual de los bienes y de los peligros”, la diferencia entre los que no confían en Dios y los que sí estará en la fortaleza con la que le harán frente.

Por ejemplo, Jesús en el Evangelio les ha anunciado a sus discípulos “el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo van a matar, pero al tercer día va a resucitar”, lo hace con la serenidad de saber que cuenta con Dios y con plena confianza en la resurrección, los discípulos por su parte, se entristecen porque se dejan distraer por la incomprensión.

La providencia de Dios nunca nos abandonará, Jesús enseña a sus discípulos esto, cuando le preguntan si paga el impuesto manda a Pedro a sacar un pez y de su boca las monedas necesarias. Demostrando que nuestra máxima preocupación debe estar en esforzarnos por corresponder al amor que Dios ha demostrado tenernos.

Pidámosle al Espíritu Santo que nos haga experimentar el amor y la gracia divina, para sentir la fortaleza que nos da, hagamos nuestras las palabras del libro del Deuteronomio: “No cierren, pues, su corazón ni endurezcan su cabeza, porque el Señor, su Dios, es el Dios de los dioses y el Señor de los señores.” Confiemos, no estamos solos…

(P. JLSS)

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