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DOMINGO DE PASCUA


(Hch 10, 34. 37-43 / Sal 177 / Col 3, 1-4 / Jn 20, 1-19)

Hoy celebramos Pascua, el paso de la muerte a la Vida de nuestro Señor Jesucristo, “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.” Aquel que por a nosotros sufrió y murió, ha vencido a la muerte, y ha sido constituido por Dios juez de vivos y muertos.

Pedro en la primera lectura, gozando de la gracia de nuestro Señor anuncia con valentía a Jesucristo, “ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él… A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día…” ¿Cómo recibes el gozo de la resurrección? ¿Eres valiente para anunciarlo?

En el Evangelio escuchamos cómo al escuchar Juan y Pedro, al escuchar de boca de María Magdalena que no estaba Jesús en el sepulcro, ambos salieron corriendo hacia el lugar para ver lo pasado, cada uno a su paso. Uno llegó muy pronto pero no entro, Pedro después pero entro inmediatamente a encontrarse ante el misterio de la resurrección.

Pidámosle a Dios que nos invada la fuerza de la resurrección para no temer ante nada, para siempre tener presente con quien contamos y seamos capaces de buscar siempre los bienes de arriba donde está Cristo sentado a la derecha de Dios, no a los de la tierra. No olvidemos que nuestra vida está escondida en Dios, nada nos puede vencer unidos al Resucitado.

(P. JLSS)

SÁBADO – DE LA VIGILIA PASCUAL


(Gn 1, 1-2, 2 / Sal 103 / Gn 22, 1-18 / Sal 15 / Ex 14, 15 – 15, 1 / Ex 15 / Is 54, 5-14 / Sal 29 / Is 55, 1-11 / Is 12 / Bar 3, 9-15. 32 – 4, 4 / Sal 18 / Ex 36, 16-28 / Sal 41 / Rom 6, 3-11 / Sal 117 / Lc 24, 1-12)

Esta noche hemos entrado en el templo con velas encendidas, llamas que simbolizan la luz de Cristo con la que cada uno de nosotros hemos sido iluminados desde nuestro bautizo, por medio del cual fuimos incorporados a Cristo y a su muerte, para resucitar con él también.

Por fe “Sabemos que nuestro viejo yo fue crucificado con Cristo, para que el cuerpo del pecado quedara destruido, a fin de que ya no sirvamos al pecado, pues el que ha muerto queda libre del pecado”, está es la libertad que celebramos, tener la plena convicción de considerarnos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Las mujeres que iban a preparar a Jesús cuando se encontraron frente al sepulcro vacío se desconcertaron, se les acercaron dos varones resplandecientes y, “como ellas se llenaron de miedo e inclinaron el rostro a tierra, los varones les dijeron: ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí; ha resucitado”. Y así también se nos responde hoy a nosotros

¿Existe alguna situación que se te esté haciendo difícil de sobrellevar? ¿Algo en tu vida es demasiado doloroso? La invitación es la misma, no buscar entre los muertos al vivo. Que Dios libre nuestras mentes y nuestras vidas de toda forma de pensar vieja y seamos personas siempre nuevas en la gracia del resucitado. Permanezcamos en él, no en la muerte.

(P. JLSS)

VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR


(Is 52, 13 – 53, 12 / Sal 30 / Hb 4, 14-16; 5, 7-9 / Jn 18, 1 – 19, 42)

“Salió, pues, Jesús, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo: «Aquí está el hombre»”, con estas palabras era entregado Jesús por parte de Poncio. Me gustaría que volteáramos a ver al crucificado y digamos hacia nuestro interior “Aquí está el hombre”, aquí está el que ha querido salvarme, aquel para quien valgo la vida, aquí está el hombre que me recuerda lo valioso que soy.

Jesús es entregado por alguien que aun sin descubrir algo malo en él, estando interesado por conocerle más y queriéndolo dejar en libertad; temió más a la turba y al qué dirán ¿te limita el qué dirán para aceptar el amor que el Señor te ha tenido? O peor aún ¿crees que tus limitaciones son tan grandes que no pueden ser transformadas por su gracia o que te rechazaría por ellas?

El Señor ha dado su vida por nosotros para que nosotros vivamos en la libertad de los hijos de Dios, “Mantengamos firme la profesión de nuestra fe. En efecto, no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado”. Él nos conoce y sabe todo lo que podemos lograr con la fuerza de su gracia.

“El soportó el castigo que nos trae la paz. Por sus llagas hemos sido curados…” de ti depende si este Viernes Santo recibes a Jesús como un espectador más, de manera indiferente o como alguien que es capaz de reconocer que todo ese sufrimiento que el Señor soportó debe valer la pena y ser aprovechado. “A pesar de que era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo, y llegado a su perfección, se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen”.

(P. JLSS)

JUEVES SANTO – DE LA CENA DEL SEÑOR


(Ex 2, 1-8, 11-14 / Sal 115 / 1 Cor 11, 23-26 / Jn 13, 1-15)

Escuchamos en la primera lectura, la institución de la cena de pascua para los israelitas, “ese día será para ustedes un memorial y lo celebrarán como fiesta en honor del Señor. De generación en generación celebrarán esta festividad…” es un recuerdo de lo que pasó en Egipto, que a todos aquellos que cumplieron lo que Dios les pidió, no les alcanzó ninguna plaga exterminadora.

Jesús en la última cena, le dio todo un nuevo sentido a la cena pascual cuando instituye la Eucaristía, cuando entrega su cuerpo y su sangre como alimento para nuestra fortaleza, del que afirma san Pablo “cada vez que ustedes comen de este pan y beben de este cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva”. La Eucaristía no es un premio para los buenos, es fortaleza para los débiles…

Los Israelitas bañaron los dinteles de sus casas con la sangre del animal inmolado para ser librados de la plaga; nosotros debemos reconocer que por el sacrificio de la cruz quedamos libres del poder del pecado; en la Eucaristía nos encontramos con la fuerza de este sacrificio para no sentirnos débiles ante nada. De nosotros dependerá si nos acercamos o no a este misterio…

Para aceptar la grandeza de este magnífico don no debemos poner nuestra atención en nosotros sino, en el amor de Jesucristo. Puede ser que estés poniendo demasiada atención en tu indignidad en lugar que en la grandeza del amor que se te ofrece, que al igual que Pedro cuando dijo al Señor: “¿me vas a lavar tú a mí los pies?… tú no me lavarás los pies jamás…”, la respuesta del Señor es la misma: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”, déjate amar.

(P. JLSS)

MIÉRCOLES SANTO


(Is 50,4-9 / Sal 68 / Mt 26,14-25)

El lunes, reflexionábamos sobre la importancia de no distraernos y estar atentos a Dios siempre; el martes, acerca de la necesidad que existe de ser pacientes; hoy, somos invitados a reconocer todo lo que Dios ha hecho por nosotros en los momentos difíciles. Quien poco reconoce, poco valora.

Mucha gente, al no reconocer las bendiciones de Dios, se sienten abandonados, triste y terminan buscando distractores que comúnmente, al terminar, les dejarán con sentimientos de vacío. Y se comenzará a creer merecedor de todo, menos del sufrimiento, todo lo que amanece su comodidad carecerá de valor y podrá ser descartado.

Para Judas, treinta monedas de plata valían más que Jesús, dejó de lado todo lo que había vivido a su lado, todos los milagros, las enseñanzas, todo eso valía treinta monedas… ¿Cuánto valor le das a lo que Jesús realizo por ti?

Jesucristo ilumina toda nuestra existencia, todos los aspectos de nuestra vida, busquemos en él todo lo que necesitemos o no entendamos y hagamos nuestras las palabras de Isaías: “cercano está de mí el que me hace justicia, ¿quién luchará contra mí? ¿Quién es mi adversario? ¿Quién me acusa? Que se me enfrente. El Señor es mi ayuda ¿quién se atreverá a condenarme?”, se trata de reconocer para valorar.

(P. JLSS)

MARTES SANTO


(Is 49, 1-6 / Sal 70 / Jn 13, 21-33. 36-38)

Ayer pedíamos tener puesta nuestra atención siempre en Dios, antes de ponerla en cualquier otra cosa, siguiendo el ejemplo del Señor que siempre estuvo atento al amor del Padre y no dejó que nada lo distrajera. Hoy en la palabra se nos invita a dar un paso más, algo fundamental para no dejarnos vencer, la paciencia.

La paciencia, es la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarnos, ésta nos hace capaces de reconocerle siempre al Señor: “tú eres mi esperanza, que no quede yo jamás defraudado. Tú, que eres justo, ayúdame y defiéndeme; escucha mi oración y ponme a salvo.”

En la primera lectura escuchamos una frase fruto de la paciencia: “En vano me he cansado, inútilmente he gastado mis fuerzas; en realidad mi causa estaba en manos del Señor, mi recompensa la tenía mi Dios”. la recompensa nos la dará él no el mundo.

A quien se acelera le va por lo general como a Pedro que muy emocionado quiso demostrar muchas cosas y terminó reprendido… pidámosle a Dios el don de la paciencia para no querer apurar nada, sino que en la confianza de ser amados y de saber cuál es nuestra esperanza esperemos tranquilos el cumplimiento de todas sus promesas.

(P. JLSS)

LUNES SANTO


(Is 42, 1-7 / Sal 26 / Jn 12, 1-11)

¿En qué pones más tu atención, en Jesucristo o en tus pecados? Esta semana nos confrontamos con el inmenso amor de Cristo, que es superior a todas nuestras debilidades, quien se atreve a reconocer el valor que Dios le ha dado en la entrega del Señor, dejará de considerar valiosas cosas que no lo son.

En el Evangelio hemos escuchado cómo cuando uno tiene su corazón aun invadido de cosas viejas, va a poner más valor a ellas que a Cristo; para Judas un bote de perfume caro, valía más que Jesús. Se le hizo mucho para el señor… y como toda persona que se cree buena justificaba su desprecio con obras buenas «¿Por qué no se ha vendido y dado a los pobres?», “Esto lo dijo, no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa, robaba lo que echaban en ella”.

Nuestro Señor Jesucristo, por su parte, sabía que el Padre, «fiel a su designio de salvación, lo llamó, te tomó de la mano; lo formó y constituyó alianza de un pueblo, luz de las naciones, para que abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas…», por esta seguridad en el Padre, no dejó que nada opacara esto, ni en los momentos extremos de su Pasión.

¿Reconoces el valor que Dios te ha dado o te sigues dejando distraer por cualquier cosa? Hoy debemos pedirle al Señor, por la fuerza del Espíritu Santo, reconocer cada vez más el inmenso amor que Dios nos ha tenido, para lograr que antes de pensar si algo es bueno o malo para nosotros, la primer duda que brote en nuestro interior sea ¿esto se merece alguien tan valioso?

(P. JLSS)

DOMINGO DE RAMOS, “DE LA PASIÓN DEL SEÑOR”


(Is 50, 4-7 / Sal 21 / Flp 2, 6-11 / Lc 22, 14-23, 56)

Hoy comenzamos la Semana Santa, de nosotros dependerá qué tanto aprovechamos este misterio, fue por nosotros y por nuestra salvación que “Cristo, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó, asimismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres”.

“Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz”. Él se anonado, para que nadie que se sienta demasiado poco como para acercarse a él, para que a ninguno de nosotros le pase siquiera por la cabeza que queda fuera de la oportunidad de la Salvación.

En el relato de la Pasión, podemos reconocer claramente aspectos importantes del anonadamiento del Señor: su libertad y su firme convicción de dar su vida por nosotros, no exenta de momentos difíciles como los vividos en Getsemaní, la incomprensión de sus discípulos, las negaciones, las burlas, la condena injusta, el camino de la cruz, la crucifixión y muerte.

Ante tanta injusticia cabría preguntarnos por qué no se rindió el Señor, y la respuesta es porque nos ama profundamente y porque el amor que siente por cada uno de nosotros es mayor que nuestras propias fallas. Quien ama confía, no se vale que no nos permitamos experimentar el gozo de la salvación, por desconfiar en nosotros mismos. Vivamos esta semana reconociéndonos causa de este movimiento amoroso.

(P. JLSS)

SÁBADO – SEMANA V DE CUARESMA


(Ez 37, 21-28 / Sal 31 / Jn 11, 45-56)

Nuevamente en la palabra se nos invita a abrirnos a la novedad de Jesucristo, a dejar de lado acostumbramiento a la presencia, y a no cerrarnos a la acción de Jesucristo en nuestro interior. Quien se cierra a recibir algo, terminará después de rechazarlo mucho, con deseo hasta de que desaparezca.

Hemos escuchado en el Evangelio como los judíos, por estar bien cerrados a Jesús, dejan de lado todas las profecías mesiánicas, lo extraordinario de la resurrección de Lázaro y se preocupan sólo por salvaguardar sus seguridades “¿Qué será bueno hacer? Ese hombre está haciendo muchos prodigios. Si lo dejamos seguir así, todos van a creer en él, van a venir los romanos y destruirán nuestro templo y nuestra nación.”

Son capaces de inventar hasta consecuencias… ¿Qué tanto anteponemos nuestras seguridades a Jesucristo? En Él se han cumplido todas las profecías, como la que hemos escuchado en la primera lectura, “Voy a hacer con ellos una alianza eterna de paz. Los asentaré, los haré crecer y pondré mi santuario entre ellos para siempre. En medio de ellos estará mi templo: yo voy a ser su Dios y ellos van a ser mi pueblo”.

Pidámosles a Nuestro Padre que, por la acción del Espíritu Santo, nos purifique te todas nuestras iniquidades, renueve nuestro corazón y nuestro espíritu para poder vivir esta semana santa, que mañana iniciamos, la vivamos reconociéndonos protagonistas de este misterio de amor, fue por cada uno de nosotros…

(P. JLSS)

VIERNES – SEMANA V DE CUARESMA


(Jer 20,10-13 / Sal 17 / Jn 10, 31-42)

¿Qué tan presentes tienes las obras que Dios ha realizado en tu vida? ¿Ya te has acostumbrado tanto a contar con Dios? Las personas del Evangelio, aceptaban que Jesús hacía obras buenas, pero por no entender del todo al Señor eran capaces de querer eliminarlo.

Tanto amó Dios al mundo, que envió a su hijo para que todo el que crea en él tenga vida eterna… Lo que Jesús les dice a los judíos, quizás nos lo podría decir a nosotros, “si no hago las obras de mi Padre, no me crean. Pero si las hago, aunque no me crean a mí, crean a las obras, para que puedan comprender que el Padre está en mí y yo en el Padre”.

Debemos abandonarnos al amor de Dios, tener nuestra seguridad en él y en su poder, para lograr permanecer fieles como Jeremías, que a pesar de escuchar el cuchicheo, percibir terror por todas partes, contemplar la traición de quienes se decían sus amigos, etc. Fue capaz de estar más atento a Dios que a lo negativo.

Pidámosle al Espíritu Santo que nos dé la capacidad de no distraernos ante cualquier cosa, sino que seamos capaces de reconocer el amor de Dios que gravita sobre nosotros mucho más fuerte que cualquier circunstancia negativa. Digámosle al Padre “Tú eres mi refugio, mi salvación, mi escudo, mi castillo. Cuando invoqué al Señor de mi esperanza, al punto me libró de mi enemigo”.

(P. JLSS)

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