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JUEVES – XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO


(1Cor 15, 1-11 / Sal 117 / Lc 7, 36-50)

“Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio, dice el Señor.” ¿Qué tanto caso le hacemos a estas palabras? ¿Acudes al Señor cuando algo te ofusca o a qué acudes? Cada uno de nosotros confesamos que «la misericordia de Dios es eterna», por lo tanto, no debemos permitir que nuestros pecados nos alejen de él, no debemos hacerle caso al falso sentimiento de derrota que el pecado crea en nuestro interior, porque éste es el derrotado, no nosotros.

El pensar sólo en nuestros pecados, producirá miedo y estancamiento; pensar en la misericordia de Dios y permitirle que la experiencia de la misma los arrincone, nos impulsará a querer ser mejores. “Cristo murió por nuestros pecados, como dicen las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según estaba escrito…” ¿Por qué dejarnos distraer por cosas ya vencidas?

En el Evangelio, escuchamos un ejemplo de esto, en la comida en casa de Simón, un fariseo que en lugar de aprovechar la cercanía de Jesús se entretiene en juzgar la vida de la mujer «pecadora» que estuvo «humillándose» ante el Señor, mientras que él por creerse bueno, pareciera que ignoraba su presencia..

Por otro lado en la primera lectura, escuchamos a San Pablo decir: “yo perseguí a la Iglesia de Dios y por eso soy el último de los apóstoles e indigno de llamarme apóstol. Sin embargo, por la gracia de Dios, soy lo que soy, y su gracia no ha sido estéril en mí.” Tenía presente su pasado, como un recordatorio de hasta dónde había llegado por ignorancia, no se torturaba con ello, sino que le impulsaba a no querer volver a atrás y a reconocer el inmenso amor de Dios. Padre te pedimos que nos des la fuerza para ser más dóciles a tu gracia, que podamos reconocer que tras el encuentro con tu Hijo, todo es nuevo. Continúa renovando nuestras mentes y corazones.

(P. JLSS)

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