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MIÉRCOLES – XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO


(1Cor 12, 31-13, 13 / Sal 32 / Lc 7, 31-35)

¿Que será aquello que necesitas para abandonarte por completo al amor de Dios? Muchas veces, por estar pensando mucho en nuestras limitaciones y pecados, surge en nosotros una falsa idea, que hace que nos cueste trabajo aceptar que Dios toma la iniciativa y nos ama. Es cuestión de enfoque, pensar en nosotros o pensar en Él…

Debemos evitar que en nuestro interior crezcan este tipo de pensamientos, debemos reconocer que «Dios nos amó primero» (cf. 1Jn 4, 19) y dejar que este amor nos invada, aceptando que no podremos comprenderlo del todo; que no se diga de nosotros “¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se parecen a esos niños que se sientan a jugar en la plaza y se gritan los unos a los otros: ‘Tocamos la flauta y no han bailado, cantamos canciones tristes y no han llorado’.”

El Amor es el mayor motor que existe, jamás debemos acostumbrarnos a ser amados, nunca estaremos tan llenos de amor que ya no lo vayamos a necesitar… ese es el don de Dios más excelente. Si no tenemos amor, aún cuando materialmente tuviéramos todo y estuviéramos rodeados de éxito, jamás experimentaremos plenitud.

Revisemos nuestro interior y pidámosle a Dios que nos deje experimentar los frutos de su amor, queremos tener la verdadera libertad. Teniendo en cuenta que “El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no es presumido ni se envanece; no es grosero ni egoísta; no se irrita ni guarda rencor; no se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad. El amor disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites.” Pidamos al Señor que es manso y humilde de corazón, que nos dé un corazón semejante al suyo.

(P. JLSS)

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