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SÁBADO – SEMANA XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO


(1Cor 10, 14-22 / Sal 115 / Lc 6, 43-49)

Ayer escuchábamos al Señor decir que con la misma medida que utilicemos para medir a los demás, seremos medidos nosotros; hoy nos dice: “El que me ama, cumplirá mi palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a él.” Quien se sabe amado y ama a alguien busca corresponder al amor, actuar conforme al mismo.

Estos días de confinamiento, de incertidumbre y, para muchos, de perdida debemos cuestionarnos nuevamente en quién tenemos puesta nuestra confianza, porque si profesamos que contamos con Jesús y su compañía todos los días hasta el fin del mundo ¿qué puede hacernos temblar? Necesitamos pedirle que afirme en nuestra esperanza.

Quien confía en el Señor “se parece a un hombre, que al construir su casa, hizo una excavación profunda, para echar los cimientos sobre la roca. Vino la creciente y chocó el río contra aquella casa, pero no la pudo derribar, porque estaba sólidamente construida.” Por ello, debemos poner en sus manos todo lo que nos esté distrayendo y aferrarnos únicamente a su amor y gracia. Que ninguna corriente ajena nos derribe…

En un artículo publicado el año pasado, S.S. Benedicto XVI titulado “Klerusblatt” nos dice que «La fuerza del mal proviene de nuestro rechazo del amor de Dios (….) Aprender a amar a Dios es, por lo tanto, el camino hacia la redención de los hombres» y que muchos males en la Iglesia (y en nuestro interior) se acabarían si volviéramos a valorar más la Eucaristía ¿tienes miedo, ansiedad o tristeza? ¿Te sientes vacío(a)? ¡Él ha decidido quedarse sacramentalmente entre nosotros para fortalecernos! “El cáliz de la bendición con el que damos gracias, ¿no nos une a Cristo por medio de su sangre? Y el pan que partimos, ¿no nos une a Cristo por medio de su cuerpo?”

(P. JLSS)

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