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JUEVES – SEMANA XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO


(1Cor 8, 1-13 / Sal 138 / Lc 6, 27-38)

Ayer decíamos en nuestra meditación diaria que la caridad es un movimiento que procede del Amor de Dios, no de ideologías. Sólo quien ha experimentado la misericordia de Dios podrá ser misericordioso, porque acepta que el amor que Dios le tiene no se debe a ningún mérito personal, sino a una decisión de parte de Dios.

El mandamiento que nos da nuestro Señor Jesucristo nos pide demostrar con nuestra vida y nuestras acciones, la experiencia que hemos tenido del amor de Dios. “Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes; porque si aman sólo a los que los aman, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores aman a quienes los aman.” Quien es movido por la gracia de Dios debe hacerle presente siempre.

San Pablo a los corintios, también les pide discernir sus acciones de acuerdo, no sólo a no hacer lo malo, sino que pide tener en cuenta la salvación de los hermanos, actuar con la precaución de que nuestras acciones no pongan en riesgo la fe o espiritualidad de nuestros hermanos.

Padre bueno, concédenos la capacidad de dejarnos amar por ti, que sepamos reconocer tu misericordia en nuestras vidas y vivir de acuerdo con ella. Queremos movernos por impulso de tu amor y no sólo por limitaciones rubricistas. Que no olvidemos las palabras del Señor: “Porque con la misma medida con que midan, serán medidos…”

(P. JLSS)

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