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MIÉRCOLES – SEMANA XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO


(1Cor 7, 25-31 / Sal 44 / Lc 6, 20-26)

San Pablo es un enamorado de Dios, desde su encuentro con personal con él hasta su muerte se esforzó por ser dócil al Señor y actuar conforme al amor y la misericordia que había experimentado en su encuentro con Jesús, le quedó claro que «este mundo que vemos es pasajero».

Se esforzó más por dejarse amar por Dios, que por hacer lo que «debía hacer», llegará a expresarlo más adelante, «porque evangelizar no es gloria para mi, sino una necesidad. ¡Ay de mí si no evangelizara!» (cf. 1Cor 9,16) Eso es a lo que la gracia y su experiencia de la misericordia de Dios le llevó. A ti ¿hacia dónde te conduce el amor de Dios? ¿Le permites que te renueve?

Nuestro esfuerzo entonces debe de ponerse en acrecentar nuestra docilidad al amor de Dios, dejarle que rompa todos nuestros esquemas mentales y nos renueve. Sólo así aceptaremos que el mandamiento del amor al prójimo es primordial, seremos capaces de reconocer la dignidad del otro y buscaremos cuidar de él. En la lectura, Pablo pide a los corintios que si máxima preocupación sea estar cada vez más cerca de Cristo, ya que «el tiempo apremia».

En la misma línea nuestro Señor en el Evangelio, nos invita a reconocer el amor y el cuidado de Dios, a no dejarnos distraer ni por el sufrimiento, él hambre… después arremete contra aquellos que prefieren almacenar antes que compartir con un hermano que lo necesita. Que Dios nos permita experimentar profundamente su amor, de tal manera que nos duela que existan personas que no se puedan experimentar amadas porque tienen demasiadas preocupaciones injustas y pongamos de nuestra parte para remediarlas. La caridad es un movimiento que procede del Amor de Dios, no de ideologías.

(P. JLSS)

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