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SÁBADO – SEMANA XVII DEL TIEMPO ORDINARIO


(Jer 26, 11-16. 24 / Sal 68 / Mt 14, 1-12)

Ayer reconocíamos cómo la falta de fe nos puede llevar a cerrarnos a la acción de Dios, y no sólo la falta de fe, sino también el hacerle demasiado caso al miedo, a la incertidumbre, a la soledad. Hoy en la palabra podemos reconocer lo que esta cerrazón puede provocar en nosotros.

El Papa Francisco desde los inicios de su pontificado ha venido diciendo: «en la Iglesia, todos somos pecadores, corruptos, no», ¿cómo saber si uno está corrompiéndose? El Papa explicaba en un documento: «Una de las características del corrupto frente a la profecía es un cierto complejo de incuestionabilidad. Ante cualquier crítica se pone mal, descalifica a la persona o institución que la hace, procura descabezar toda autoridad moral que pueda cuestionarlo, recurre al sofisma y al equilibrismo nominalista-ideológico para justificarse, desvaloriza a los demás y arremete con el insulto a quienes piensan distinto (cf. Jn 9,34).» (“Corrupción y Pecado: algunas reflexiones en torno al tema de la corrupción”) ¿te pasa algo similar?

En el Evangelio escuchamos que Herodes, aún cuando sabía que Juan el Bautista era un hombre de Dios, que no tenía miedo de confrontarle, prefiere guardar su imagen y «por no quedar mal con los demás», aún con tristeza manda matarle. A Jeremías por poco le pasa así también, sólo que Ajicam se dejó interpelar por la palabra del profeta y le defendió de la injusticia.

Padre, te pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que extiendas tu brazo sobre nosotros y por la fuerza del Espíritu Santo, nos libres de todo pecado al que ya nos hayamos acostumbrado e inclusive, ya lo justifiquemos en nosotros, líbranos de todo mal hábito. Queremos ser siempre dóciles a tus inspiraciones y vivir la libertad que Cristo nos dio, líbranos de toda corrupción.

(P. JLSS)

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