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MARTES – SEMANA XVII DEL TIEMPO ORDINARIO


(Jer 14, 17-22 / Sal 78 / Mt 13, 36-43)

Sabernos hijos de Dios debería crear en nuestro interior una seguridad y una paz que nada debería superar, por ello es importante que ahora intentemos responder ¿qué es aquello que más nos está haciendo dudar o temer en estos momentos? Quien no tiene claro cómo es la protección de Dios por sus hijos, se puede dejar atemorizar por todo.

En la primera lectura escuchamos un cántico elegiaco, en el cual se narran las desgracias del pueblo, en el cual podemos descubrir los mismos elementos que nos pueden llegar a suceder en los momentos difíciles: se contempla la magnitud de la situación, después se le cuestiona a Dios, luego debe venir el reconocimiento de las consecuencias de los actos y después la súplica a Dios.

Dejemos que la buena semilla de Cristo germine en nuestro interior: aceptemos el amor inmenso que nos tiene, desde la conciencia de ser amados contemplemos nuestro alrededor, reconozcamos qué situaciones son producto de nuestras decisiones equivocadas para dejar de culpar a los demás, sólo así sabremos cuáles son nuestras verdaderas necesidades.

Así, conscientes de su grande amor supliquémosle a nuestro Padre junto al salmista, “No recuerdes, Señor, contra nosotros, las culpas de nuestros padres. Que tu amor venga pronto a socorrernos, porque estamos totalmente abatidos.” conscientes de tu inmenso amor, te rogamos Padre que afiances en nosotros la certeza de tu paternidad, para que nada, absolutamente nada, haga que nos sintamos huérfanos ni desprotegidos.

(P. JLSS)

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