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DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO


(1 Re 3, 5-13 / Sal 118 / Rm 8, 28-30 / Mt 13, 44-52)

Si Dios te preguntara como a Salomón qué necesitas ¿tienes clara cuál sería tu respuesta? El rey antes de responder, reconoce lo que el Señor le ha dado, después, acepta cuáles son sus necesidades y limitaciones, hasta después responde: “Por eso te pido que me concedas sabiduría de corazón para que sepa gobernar a tu pueblo y distinguir entre el bien y el mal.”

Reconocer lo que Dios nos ha dado… todos los que creemos en Jesucristo, sabemos que «de su plenitud hemos recibido gracia sobre gracia» (cf. Jn 1, 16), pero quizás nos haga falta meditarlo con mayor ahínco. Bien podríamos decir cómo decían algunos maestros en su primer día de clases «ya tienen el diez, sólo falta que lo mantengan»… por nuestra justificación.

A eso se refiere San Pablo cuando dice: “a quienes conoce de antemano, los predestina para que reproduzcan en sí mismos la imagen de su propio Hijo, a fin de que él sea el primogénito entre muchos hermanos.” Unidos a Jesucristo nuestro destino es la gloria, y ningún sufrimiento ni turbación no se comparan en nada con ella (cf. Rm 8, 18). ¿Qué significa para ti ser amado(a) por Cristo y pertenecerle?

En el Evangelio se nos ha hablado de «el tesoro escondido», «la perla de gran valor», «la red que los pescadores echan en el mar», en estos tres ejemplos el Señor deja en claro que cuando se le encuentra se debe soltar aquello que no embona, como el padre “que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas.” ¿Qué es aquello que no te has atrevido a dejar? Señor Jesucristo, nos ponemos a tu disposición, te entregamos todo esto que nos estorba, haz con ello lo que quieras, a nosotros danos tu amor y gracia, y que ella nos baste. Queremos vivir como lo que somos, tus hijos.

(P. JLSS)

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