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MARTES – SEMANA VI DE PASCUA


(Hch 16, 22-34 / Sal 137 / Jn 16, 5-11)

Pablo y Silas, después de haber sido arrestados, desnudados, azotados, encerrados en el calabozo de más adentro de la prisión y amarrados sus pies a un cepo, a eso de la media noche “estaban en oración, cantando himnos al Señor, y los otros presos los escuchaban”. ¿Por qué no cayeron en desánimo? Porque estaban convencidos de que quien confía en Dios no queda desamparado.

Quien se deja mover por el Espíritu Santo, afrontará la realidad, sufrirá lo que se tenga que sufrir, no buscará salidas rápidas o “fáciles”, y es esto precisamente lo que impacta más al carcelero, que a pesar de haberse podido escapar, permanecen en su celda alabando a Dios.

En el Evangelio escuchamos otro fragmento de este discurso de despedida, en esta ocasión Jesús confronta a los discípulos si han dejado que su corazón se llene de tristeza por su despedida, en lugar de preguntarle a dónde iba, dónde podrían localizarlo. De allí viene su consuelo: “sin embargo, es cierto lo que les digo: les conviene que me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito; en cambio, si me voy, yo se lo enviaré.”

Pongamos en manos de Dios todo lo que estemos padeciendo en estos momentos, pidámosle que por la fuerza del Espíritu Santo, que habita en nuestros corazones, podamos aceptar estas situaciones y sanarlas; no permitamos que nada ni a nadie nos haga dudar de quien es nuestro defensor. No nos dejemos distraer, quien a Dios tiene nada le falta.

(P. JLSS)

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