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MIÉRCOLES – SEMANA V DE PASCUA


(Hch 15, 1-6 / Sal 121 / Jn 15, 1-8)

El domingo meditamos a Jesús como la piedra angular, que todo lo sostiene; el lunes, pedíamos a Dios aferrarnos siempre a él y a su mano; ayer recordábamos que debemos poner nuestra atención en el amor de Jesucristo cuando algo quiera hacernos dudar de contar con Él; ahora se nos pide algo muy simple, permanecer en Jesús. ¿Qué es esto?

Permanecer es, según el diccionario, «1. Mantenerse sin mutación en un mismo lugar, estado o calidad; 2. Estar en algún sitio durante cierto tiempo.» de allí que debamos cuestionarnos qué significa para nosotros pertenecer a Jesús, «estar en él», para poder tener claridad en aquello que nos hace alejarnos de él y preferir otras cosas.

La permanencia en Jesús, tiene dos dimensiones: la personal y la comunitaria. En la primer dimensión, el llamado se da a no devaluar lo inmensamente amados que somos con distractores que se realizan y eligen por miedo; en la dimensión comunitaria, es la vivencia de los valores Cristianos, por ello no se pueden tomar decisiones claras sin el auxilio del Espíritu Santo y el colegio apostólico (magisterio), ante una duda acude a Jerusalén para buscar una solución a la división que habían sembrado los cristianos judaizantes en la comunidad.

Señor Jesús tu que nos has dicho hoy en el Evangelio, “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto.” Te pedimos que nos auxilies para saber reconocer la dignidad que nos has dado desde nuestro bautismo, para poder reconocer al otro con el valor que le da también ser amado por ti, que nunca seamos motivo de división para nadie, incluyendo los miembros de nuestras familias, que nuestro mayor interés sea permanecer en ti y dejar que al otro también permanecer.

(P. JLSS)

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