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DOMINGO – SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


(Prov 8, 22-31 / Sal 8 / Rom 5, 1-5 / Jn 16, 12-15)

“El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la jerarquía de las verdades de fe. Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela a los hombres, los aparta del pecado y los reconcilia y une consigo” (CCE 234).

No se puede confesar uno cristiano si no tiene presente que Dios es Padre, que ha creado todo para que nos reconozcamos plenamente amados; y que por su Hijo Jesucristo “hemos obtenido, con la fe, la entrada al mundo de la gracia, en el cual nos encontramos; por él, podemos gloriarnos de tener la esperanza de participar en la gloria de Dios”; y que por medio del Espíritu Santo ha infundido su amor en nuestros corazones confirmándonos que la esperanza no defrauda.

A los principios de la Iglesia, cuando los discípulos leían cómo se hablaba de la sabiduría de Dios en los libros sapienciales, haciendo una interpretación alegórica, la asemejaban a Cristo, si releemos este pasaje ¿no parece que se habla del Hijo? El vínculo de amor entre Padre e Hijo es el Espíritu Santo, el mismo que se nos ha comunicado.

Dios, se nos presenta como una comunidad de amor en la cual se nos ha permitido participar gracias a la Encarnación y redención. Pidámosle al Espíritu Santo que nos auxilie para aceptar este misterio y que nos abandonemos a ese inmenso amor que Dios nos da, hasta decir llenos de gozo: “¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, ese pobre ser humano, para que de él te preocupes?”

(P. JLSS)

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