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JUEVES – SEMANA X DEL TIEMPO ORDINARIO


Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote
(Is 52, 13 – 53, 12 / Sal 39 / Lc 22, 14-20)

El jueves posterior a Pentecostés, en muchas Diócesis se celebra la fiesta de Jesucristo, como Sumo y eterno Sacerdote; en otras se celebra este mismo día la jornada de oración por los sacerdotes. Es pues una fiesta en la que celebramos el sacerdocio de Jesús y recordamos a sus ministros que perpetúan su Sacerdocio.

Los sumos sacerdotes de la antigua alianza, sacrificaba un animal por los pecados del pueblo y por sus propios pecados: la víctima se presentaba a Dios; se imponían las manos sobre ella en señal de entrega a Dios y de sustitución; su sangre se rociaba en el altar entregando a Dios con ello la vida del animal y del oferente; por último, mientras los sacerdotes intercedían el oferente, la víctima o parte de ella, era quemada.

No debemos olvidar que nuestro Señor Jesucristo ha querido hacer esto por cada uno de nosotros, y no por medio de un animal, sino de su propio cuerpo. Quiso ser al mismo tiempo Sacerdote y Víctima. Además quiso que su sacrificio se perpetuara en la Eucaristía, para que entráramos en comunión en todo el misterio de redención. “Tomando después un pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía.”

Pidámosle a Dios que acreciente en nosotros el amor por la Eucaristía, que no desperdiciemos este don que nos ha dado, en el cual conmemoramos que “Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo tuvimos por leproso, herido por Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Él soportó el castigo que nos trae la paz. Por sus llagas hemos sido curados.”

(P. JLSS)

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